Sin embargo, poco nos acordamos de aquello que ha rodeado a los padecimientos femeninos a través de siglos de tradición empírica, como la labor de las parteras, las prácticas para evitar la concepción, las creencias alrededor de la maternidad —la mayor parte de las veces erróneas—, y las fiebres puerperales 1 Infección desencadenada en el posparto o en los abortos, tanto espontáneos como provocados, debido al desconocimiento de la asepsia. o las infecciones, como sífilis y gonorrea.

Todo ello engloba la visión en la que profundiza Norma Blázquez: «[Las mujeres, consideradas brujas] eran parteras, alquimistas, perfumistas, nodrizas o cocineras que tenían conocimiento en campos como la anatomía, la botánica, la sexualidad, el amor o la reproducción». Y de esto hay mucho que decir, pero con unos datos basta:

  • en el siglo iv a.C., Platón afirmaba que el «llamado vientre o matriz» era un animal deseoso de procrear hijos y que, cuando no lo hacía, se enojaba y vagaba por todo el cuerpo.
  • Aristóteles afirmaba, en su Tratado de la reproducción, que la mujer era, anatómicamente, «como un varón deforme» y creía que la menstruación era «semen en estado impuro» que carecía de un constituyente: el principio del alma.
  • en el siglo ii, Galeno sostenía que la mujer era un «hombre al revés» y que los ovarios eran testículos imperfectos.
  • en las leyes visigodas del siglo vii se establecía que una mujer dejaba de ser fértil después de los 40 años.
  • en el siglo xvi, la sífilis, que se había propagado desde Italia hasta el norte de Europa, era considerada —por algunas autoridades eclesiásticas y por los hombres— como una enfermedad que sólo portaban las mujeres.
  • en ese mismo siglo, no menstruar significaba tener un útero enfermo. Se creía que esto se debía a que estaba ahogado en algo como «excremento femenino».
  • las mujeres tenían métodos para evitar la concepción, los cuales se transmitían por tradición oral. Creían en las irrigaciones y en las purgaciones, y en espermicidas como la sal, la miel, el aceite, la brea, el jugo de menta y la semilla de col, entre otras sustancias.
  • el plomo y el cornezuelo de centeno se usaban para provocar abortos, pero eran tan peligrosos que, si una mujer ingería suficiente plomo, podía quedar estéril para siempre.
  • en Alemania existían los casquetes uterinos y los bloqueadores vaginales —especie de diafragmas— hechos de cera de abeja o lino.
  • las mujeres campesinas del siglo xviii creían que podían evitar la concepción con actos como beber líquidos fríos, aguantar la respiración, saltar de un lado a otro o permanecer pasivas durante el coito.
  • en el siglo xviii —y todavía en el xix—, el principal peligro del parto entre las campesinas de los pueblos franceses e ingleses eran las laceraciones en la vagina, que se producían debido a que ésta era incapaz de dilatarse gradualmente para acomodar la cabeza del niño, lo que podía provocar desgarramientos y, como consecuencia, infecciones.
  • para salvar a una mujer en los partos complicados, y antes de que sufriera daños mayores, el niño era sacrificado. Si no había un barbero cirujano en el pueblo, la partera empleaba ganchos y martillos para aplastar el cráneo del bebé. La costumbre dictaba que, si la madre moría antes de ese procedimiento, se le abriera el abdomen y se le retirara al niño, y ésa fue la «incisión cesárea original».

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Julia Bazán tiene estudios de sociología y antropología social e hizo este artículo —para el cual se basó en Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser, Historia de las mujeres, Barcelona: Crítica, 2007—, porque es una apasionada de las historias que cuentan las bisabuelas, las abuelas y las madres. Por otra parte, agradece a su ginecólogo que siempre entibie su instrumental.