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De la muy noble y leal Ciudad de México y sus cronistas

Los cronistas reinventan la Ciudad, la mantienen a base de contar su historia, de desentrañar los sucesos que la caracterizan desde su fundación…

Los cronistas reinventan la Ciudad, la mantienen a base de contar su historia, de desentrañar los sucesos que la caracterizan desde su fundación…

Los arquitectos, ingenieros, albañiles y artesanos construyen la ciudad desde sus cimientos hasta los detalles. Los ciudadanos la habitan, le dan vida y personalidad, idiosincrasia. Y los cronistas la reinventan, la mantienen a base de contar su historia, de desentrañar los sucesos que la caracterizan desde su fundación, pasando por sus diversas transformaciones, hasta lo que es hoy y lo que se espera de ella en el futuro.

«Tres sitios concentran la vida de la ciudad [...]. Uno es la casa de los dioses, otro el mercado, y el tercero el palacio del emperador.»
Alfonso Reyes, Visión de Anáhuac.

El viajero inglés Charles Joseph Latrobe llegó a la Ciudad de México en 1834. Hechizado por su magnificencia, la llamó «la Ciudad de los Palacios», debido a las impresionantes edificaciones del Centro Histórico, muchas de ellas concebidas por el arquitecto Francisco de Guerrero y Torres.

Antes y después de recibir este apelativo, la ciudad ha sido contada y recontada por mexicanos
 y extranjeros; guerreros, frailes y laicos; hombres y mujeres; poetas, narradores y ensayistas. Aquí presentamos una pequeña muestra de sus palabras:

Domingo Francisco de San Antón Muñón Chimalpáhin Quauhtlehuanitzin (1579-1660), noble chalca e historiador, documentó la historia, la vida y la filosofía de los pueblos indígenas. Desenterró el cimiento histórico de la ciudad: el mito fundacional de la Gran Tenochtitlan.

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«2 calli, 1325. He aquí cómo llegaron los mexicas chichimecas al medio de las cañas y de los tules, donde con grandes trabajos merecieron tierras y tomaron posesión [de ellas]. En este dicho año de 2 calli llegaron a Tenochtitlan, donde crecía un nopal sobre el cual estaba parada una águila comiendo, llegaron adonde ahora por eso se llama Tenochtitlan Cuauhtlitlacuayan.»1 Quinta Relación de Domingo Chimalpáhin, Las ocho relaciones y el memorial de Colhuacán I. México: conaculta, 1998.

Hernán Cortés (1485-1547) escribió al emperador Carlos v su odisea de conquistador de la Nueva España, le hizo ver el panorama de una impresionante ciudad que estaba a punto de transformarse. Además de los hechos de guerra, describió un escenario que suele asombrar a quienes por primera vez visitan México: el mercado.2 De su segunda Carta de relación —fechada el 30 de octubre de 1520.

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«Tiene esta ciudad muchas plazas, donde hay continuos mercados y trato de comprar y vender. Tiene otra
plaza, tan grande como dos veces [la plaza de] la ciudad de Salamanca, toda cercada de portales al derredor, donde hay cotidianamente arriba de sesenta mil ánimas comprando y vendiendo; donde hay todos los géneros de mercadurías que en todas las tierras se hallen. [...] Finalmente que en los dichos mercados se venden todas cuantas cosas se hallan en toda la tierra, que demás de las que he dicho, son tantas y de tantas cualidades, que por la prolijidad y por no me ocurrir tantas a la memoria, y aún por no saber poner los nombres, no las expreso.»

Fray Juan de Torquemada (1557-1624) Fue un misionero franciscano e historiador. Volcó en su obra cumbre Monarquía indiana (1615), todos sus estudios y observaciones acerca de la cultura en la ciudad tras
 la Conquista y la describió en sus más mínimos detalles.3 Extracto de «De cómo creció y se ensanchó esta ciudad de México, de sus edificios y número de gente cuando entraron en ella los españoles.»

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«[…] Las calles de esta ciudad eran de dos maneras: una era toda de agua, de tal manera que por esta no se podía pasar de una parte a otra sino en barquillas o canoas. [...] Otra calle había toda de tierra, pero no ancha, antes muy angosta y tanto, que apenas podían ir dos personas juntas —y hay hoy día de estas calles, en los barrios de los indios que son los arrabales de la ciudad de los españoles—, son finalmente unos callejones muy estrechos.»

Alexander von Humboldt (1769-1859) llegó del Viejo Continente a conocer y ensalzar territorios americanos. Su asombro por la Ciudad de México se vislumbra en su monumental Ensayo político sobre el reino de la Nueva España.4 Tomado de Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, volumen VIII, 1822.

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«Ciertamente no puede darse espectáculo más rico y variado que el que presenta el valle, cuando en una hermosa mañana de verano, estando el cielo claro y con aquél azul turquí propio del aire seco y enrarecido de las altas montañas, se asoma uno por cualquiera de las torres de la Catedral de México, o por lo alto de la colina de Chapoltepec. [...] La ciudad se presenta al espectador bañada por las aguas del lago de Tezcuco que, rodeado de pueblos y lugarcillos, le recuerda los más hermosos lagos de las montañas de Suiza.»

Madame Calderón de la Barca (1806-1882), como esposa de un funcionario, llegó a México por casualidad. Vertió su vocación de escritora y su fascinación por los detalles de la vida cotidiana en la ciudad en su crónica «Mi vida en México en 1839».

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«Nada más agradable que caminar por la Alameda, que es tan hermosa y en donde se goza de una agradable sombra. El paseo llamado de Bucareli, que toma su nombre de un virrey, es una larga y ancha avenida orlada con los árboles
que él mismo plantó, y en donde se halla una fuente grande de piedra, cuyas centelleantes aguas se asemejan frescas y deliciosas, y que remata una dorada estatua de la Victoria. Aquí, cada tarde, pero de preferencia los domingos y días de fiesta, se pueden ver dos largas filas de carruajes llenos de señoras, multitud de caballeros montando a caballo entre los espacios que dejan los coches, soldados, de trecho en trecho, que cuidan el orden y una muchedumbre de gente del pueblo»

Salvador Novo (1904-1974) fue cronista y poeta, integrante de los llamados «Contemporáneos». En 1947, parafraseó el nombre de un poema de 1604 —«Grandeza mexicana», escrito por Bernardo de Balbuena, una apología de la Ciudad de México— para describir en su propio estilo a la ciudad, en su «Nueva grandeza mexicana».5 Salvador Novo, Nueva grandeza mexicana, México: Populibros La Prensa, 1956.

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«“—Iremos en camión —propuso mi amigo—”, tú dirás cuál nos conviene tomar. Yo iba a disfrutar el privilegio de servir a mi amigo como guía de turistas. Y al propio tiempo, iba yo mismo a paladear la añoranza de la ciudad que recordaba desde hacía muchos años, con el favor inédito con que mi amigo descubriría —muchas veces al unísono conmigo— su desarrollo, su transformación, su crecimiento. [...] Nuestro camión ya había transcurrido muchas calles. Toda la vieja Calzada de Tlacopan, eslabonada de la Tlaxpana a San Cosme, el Puente
de Alvarado, la Avenida Hidalgo, Tacuba, Guatemala —y amenazaba conducirnos hasta Aviación—. [...]

El siglo xx avanza y la ciudad sigue cambiando. Nuevas ideologías y maneras de observarla se reflejan en las crónicas que de ella hace gente contestataria, como el «chavo de la Onda»

Lean estas narraciones y conozcan más de las imágenes frecuentes que se relatan de la capital en nuestra edición 100 de Algarabía. Así también, no dejen experimentar cada uno de los rincones de esta Ciudad, y preserven el testimonio de sus vivencias a través de sus propias crónicas.

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