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De compras con mamá

A unas más y a otras menos, pero a todas las mujeres nos gustan las compras, y por compras me refiero a trapitos —es decir, ropa, zapatos, accesorios, pinturas y cosas así—. No se confundan: a ninguna nos gusta ir a comprar licuadoras, aspiradoras y esas cosas, que los hombres piensan que son un buen regalo para el 10 de mayo.

También unas más y otras menos, pero todas somos muy mañosas a la hora de comprar. A algunas les gusta ir acompañadas —hasta en grupo—, pero otras prefieren ir solas para meditar la compra, analizarse cada ángulo y, sobre todo, no exponerse a ser la más gorda del grupo.

Yo soy de las solitarias, pero algunas veces, por azares del destino, he tenido que ir acompañada de mi mamá. Ya sea porque estamos de viaje o porque fui a hacer alguna cosa con ella y, cuando menos me lo espero, me descubro a mí misma en alguna de mis tiendas favoritas, justo con mi progenitora al lado.

Y es que, al principio uno piensa: «Ahorita agarra su patín sola, empieza a chacharear y así yo veo ropa a mi gusto sin tener que cuidarme de sus comentarios». Pero no, ella decide ser «tu mejor amiga» y va viendo a tu lado todo lo que escoges. Un pasito a la derecha, otro a la izquierda, cambio de anaquel y ella sigue ahí junto, observando, sin juzgar y sin emitir ni un solo comentario.

Pero eso no durará toda la visita; conforme el tiempo pasa, va entrando en confianza y empieza a hacer algún gesto que tú —como todo lo que viene de ella— interpretas y maximizas. Y al verte agarrar un pantalón negro —casi igual al que ya traes en la mano—, dice: «¿Otrooo?» Respiras profundo, no respondes y te dices mentalmente: «No te enganches, no te enganches». Sigues tu camino rumbo a los probadores y te detienes a ver una blusa un tanto locochona y de fondo escuchas su dulce voz: «Eso tan horrible ¿te gusta?» —«Noooo, la agarré porque ¡me parece espantosa!» —piensas para tus adentros— pero sigues haciendo votos de paciencia y prudencia. No vas a montar un numerito ahí en plena tienda.

Sigues buscando algo que se te pegue antes de llegar al probador, con la paciencia ya en números rojos. Y ahora sí viene lo bueno: tu mamá decide sentarse en el banquito del probador para acompañarte en ese intimísimo momento de exponerte ante un hexágono de espejos que te revelará cada uno de tus puntos flacos y gordos, mismos que el espejo de tu casa no te avisa que tienes. Respiras y te dispones a probarte las prendas frente a ella.

Lo primero que te dice es: «¡Qué horror! No sé cómo les acomodan esos calzones así de chiquitos, ni les tapan, para eso mejor ya no se pongan nada». Tú le sonríes con esa cara de desaprobación que ella conoce perfecto, pero que igual de perfecto ignora. La invitas sutilmente a que se dé una vuelta a ver si ve algo que le guste, pero ella responde que no, que ahí está muy cómodamente sentada, que ya se cansó de caminar.

Entonces, tú sigues con tu proceso de selección, pero ya más bien hasta la madre de ser prudente y con pocas ganas de comprar con esa compañía. Sin embargo ya estás ahí y ya te desvestiste así que sigues. Te pruebas el primer pantalón negro que elegiste, lo ajustas, das unos brinquitos para que se acomode y llega el comentario que sabías no podía faltar: «¿Seguro es de tu talla? Se te ve muy apretado, es que últimamente como que has subido de peso, ¿no?» —«No, mamá, estoy igual que siempre», le respondes, ya con un tono cero amable.

Te lo quitas, se lo pones sobre las piernas y procedes a probarte el otro —según tú, lista para cualquier otro lindo comentario—. Entonces, ella finge que no te está viendo, dobla el pantalón para ponerlo en la percha y se encuentra «de casualidad» con la etiqueta, así que remata la preciosa cita de shopping con un: «¡Pero qué barbaridad! ¿Ya viste lo que cuesta esto? Es que yo no entiendo cómo les gustan estas tiendas, son la Cueva de Alibabá. ¡Cómo les gusta tirar el dinero!».

Tú, roja de coraje, te quitas de mal modo el segundo pantalón, te pones el tuyo, agarras tu bolsa y le dices: «Vámonos». Ella, con cara de sorpresa, te dice: «¿Cómo? ¿No te vas a llevar nada? Los primeros pantalones te quedaban monísimos».

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