Ideas

Como niños chiquitos

En ocasiones, los niños nos muestran su particular forma de ver el mundo por medio de declaraciones espontáneas o juicios tan directos como sorprendentes.

Lo mejor de ser niño es la posibilidad de hacer casi cualquier cosa sin 
tener que pedir disculpas. Cualquier equivocación, impertinencia o travesura, se juzga inocente con unos ojitos de «yo no fui» o una sonrisa beatífica, de la que la mayoría de los niños gozan como facultad congénita. Y es que en la infancia todo se ve tan fácil...

Esa inocencia y particular forma de ver el mundo cuando se es infante provoca que los adultos reaccionemos con ternura, risa, sorpresa y hasta apuro. Luego los testigos se regodean narrando una y otra vez estas historias entre sus conocidos... y justo eso es lo que ahora te mostraremos:

Unos días antes de Navidad, un niño hacía un recuento de los regalos que pidió: un Xbox, un auto a control remoto, un camión de bomberos, una bici, una guitarra eléctrica...

—Oye, hijo, pero ya son muchas cosas, ¿no, crees? —inquirió el papá.
—¿Pero tú de qué te preocupas, papá? ¡Si me los va a traer Santa Claus!

Otro niño, Jorge, a la menor provocación pedía a sus papás que le compraran cualquier cosa de la tienda.

—Mamá, ¿me compras este juguete? —No, ahorita no —contestaba su mamá. —¡Ándale mamá! ¡Cómpramelo!
—No, hijo, no traigo dinero —replicaba.
—¿Pues sabes qué eres, mamá? —le reclamó un día que ya no pudo más: —Pues eres... eres... eres una...¡compranada!

Sobra decir que algunas de sus exclamaciones, aunque bienintencionadas o cariñosas, resultan completamente devastadoras.

Una vez, mientras Lucía y su papá veían la última película de Indiana Jones, ella se percató que la historia ocurría en un tiempo —la posguerra, para más señas— muy diferente al de ella, que nació al alba del año 2000. A media cinta, con el ceño fruncido comentó:

—Oye, papá, de veras que en esa época no tenían nada de tecnología: mira nada más los coches, la ropa, los teléfonos con «disquito», no tenían computadoras, ni celulares, no había Internet... ¡¿Pues qué eran los años... ocheeenta, o qué?!

O bien, lo que le pasó a Francisco —un cuasicuarentón con muchas preocupaciones— y sus dos hijas, quienes, mientras él manejaba, hurgaban su cabeza desde el asiento trasero del coche.

—¡Papá! —le anunció una de ellas al ver sus franjas de calvicie—. ¡Se te ve el cráneo!
Y como si aquella sentencia hubiese sido insuficiente, la menor se acercó para confirmar:
—¡Y por todos lados! 


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Otras veces, no hacen más que darnos falsas ilusiones:

—Papá, tus ojos son como soles —dijo la niña.
Al momento, el papá hinchado de emoción, pensó que hacía mucho que nadie halagaba el resplandor de sus ojos, y lo miró agradecido. Pero luego tuvo a bien terminar su frase:
—Sí, pá... tienes los ojos todos llenos de rayitas alrededor.

Con su franqueza infantil, ¿a qué papá no lo han echado de cabeza, y en la situación menos oportuna?

En el intercambio de Navidad, cuando una de las tías abrió frente a todos el regalo que le acababan de entregar, uno de los niños reconoció el regalo, y exclamó:
—¡Mamá!, esa blusa es igualita a la que te dio mi tía Lucha la Navidad pasada...

En otra ocasión, el veterinario tocó el timbre de la casa, y la hija de cuatro años abrió la puerta. Después de saludarlo, subió corriendo las escaleras para avisar a sus papás:

—¡Ya llegó el veterinario! —le dijo. —Sí, hija, dile que suba —le contestó.
Cuando la niña ya bajaba las escaleras, reflexionó un instante y gritó enfrente de él:
—Oye, papá... ¡qué gordo está el veterinario!

Además conocen con certeza lo que quieren para su futuro:

En la primaria, después de una kermés, donde había un registro civil ficticio, el papá le preguntó a su hijo Manolo, de 5 años, cómo le había ido:
—¿Te casaste con Regina?
 A lo que el hijo contestó muy seguro de sí mismo:
—Regina quería, pero le dije que lo iba a pensar. Lo pensé bien... y le dije que no.

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Pero entre amenazas y promesas, hay que tener cuidado con las mentirillas que uno le cuenta a los niños, porque luego las consecuencias son impredecibles:

Como a los diez años de edad, el niño llega llorando de la escuela. Sus papás lo miran alarmadísimos, y la mamá le pregunta:
—¿Qué pasó, m’hijita? ¿Qué tienes?
—¡Buaaah! ¡Es que en la escuela me dijeron que Santa Claus es mi papáaaaa...!
—Bueno, sí, hija, es verdad. Ya estás grandecita para saberlo; pero, ¿por qué lloras tanto?
—Porque si Santa Claus es mi papá, entonces —señala a su papá—: ¿quién es ese señor?

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Estas anécdotas, tan tiernas y simples, nos recuerdan de vez en cuando que la inocencia existió algún día dentro de nosotros.

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