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Almacenes desiertos

El planteamiento inicial de este escrito está regido por la pregunta: ¿por qué la gente no va a las librerías? Y, para responderla, es necesario que partamos del hecho evidente de que no hay negocios más solitarios y olvidados en nuestro país —salvo contadas excepciones— que estos recintos.

Pero antes de tratar de explicar las causas que nos han llevado a esta realidad tan poco alentadora, debo decir que, en México, el panorama no siempre ha sido tan desolador como en la actualidad.

Lectores por derecho propio

El beneficio de la lectura fue evolucionando al paso de la sociedad hasta convertirse en un derecho implícito en el artículo tercero de nuestra Constitución, relativo a la educación de los mexicanos, convertidos, entonces sí, en ciudadanos.

La educación y la lectura se desarrollaron en forma desigual, puesto que las estadísticas nos muestran que hoy tenemos apenas 10% de analfabetas, mientras que únicamente 50% de la población que sabe leer se dice lectora de libros; es decir, su escala es mucho menor. Esto significa que hay un rezago en amplias capas de la población que, a pesar de estar alfabetizadas, en materia de lectura siguen siendo «analfabetas funcionales», expresión que se utiliza para designar a quienes no poseen la capacidad de comprender lo que leen, a pesar de tener varios años de estudio y, en no pocos casos, grado de licenciatura. Hasta hoy no existe una estadística que nos diga con precisión cuál es el porcentaje de la población que, sabiendo leer, es analfabeta funcional; pero hay una1 La elaborada más recientemente por Conaculta a través de una encuesta de
lectura que, por cierto, no pocos han puesto en tela de juicio.
que afirma que la población más lectora de libros y periódicos ronda las edades de 18 a 22 años, contrario a lo que ocurre en países desarrollados, donde quienes leen más son los habitantes mayores de 50.2 v. Algarabía 27, julio 2006, GRAFOS Y GRAFÍAS: «El libro, la lectio y la página web», pp. 36-39.

94% de los municipios de nuestro país no cuenta con una sola librería.

Pasado caudaloso

Pese a todo, la década de los años 50 del siglo pasado fue una época de esplendor para los libros en México. Grandes editores llegaron de España huyendo de la censura franquista para instalarse en México y Argentina, desde donde podían editar lo que querían y enviar luego, de contrabando, las publicaciones a la Península Ibérica a través del principado de Andorra, el cual recibía grandes embarques que después se convertían en paquetes pequeños que ingresaban al país en forma clandestina. Las librerías de Barcelona y otras ciudades españolas ofrecían dos exhibiciones: la abierta a todo público, con libros autorizados para su venta por el régimen, y la trastienda, que custodiaba aquellos libros prohibidos. Entonces, México se convirtió en un gran centro editor, y el negocio se derramó al mercado interno.

Empresarios como Juan Grijalbo y Rafael Giménez Siles fundaron casas editoriales. Este último, en particular, estableció la famosa Librería de Cristal, una pérgola hermosa y bien iluminada en el corazón de la Alameda Central, que se jactaba de abrir todos los días del año, de 8 de la mañana a 12 de la noche.

Desaparición acelerada

¿Qué provocó la desaparición acelerada de nuestros establecimientos y la degradación de imponentes librerías en pequeños expendios cada vez más desolados? Es lugar común, y una verdad a medias, afirmar que las recurrentes crisis económicas han impactado en forma directa la capacidad de consumo de libros de la población, por lo que hay que considerar algunas otras razones.

No es casualidad que la desaparición de librerías haya comenzado a partir de la década de los años 60, cuando se implementó el programa de libros de texto gratuitos, cuyo efecto inmediato fue la desaparición de editoriales y librerías que se dedicaban a la producción y venta de libros escolares.

El programa de libros de texto gratuitos se limitó al nivel primaria hasta finales de la década de los años 80, pero, a partir del decenio pasado, la competencia política fue haciendo que los libros de secundaria también se empezaran a regalar en las escuelas públicas a través de programas de compra de libros a las editoriales privadas, mediante procedimientos de selección que siempre han sido discutidos. Además, no podemos pasar por alto el estrepitoso incremento en las alternativas de entretenimiento que han surgido desde aquella década hasta ahora.

La televisión, la radio y el ya innumerable abastecimiento de revistas que hay en los estanquillos de cada esquina han provocado que muchos potenciales lectores recurran a estas maneras de divertimento antes de considerar la compra y lectura de un libro.

La bochornosa realidad

Las librerías tradicionales son cada vez menos visitadas, pues, como en toda
formación de hábitos, la recurrencia en la infancia es un elemento clave, y muchos jóvenes no tuvieron que ir nunca a una cuando fueron niños, porque los libros les llegaban a sus aulas sin necesidad de asistir a ninguna tienda. Por esta razón, son poco creíbles las encuestas de lectura que concluyen que los jóvenes de 18 a 22 años son más lectores que los adultos de 50 en adelante, pues son esos jóvenes los que crecieron sin conocer librerías.

Mientras las cosas sigan así, unos cuantos almacenes serán visitados, y el resto mantendrá su estatus de olvido, alejándose, cada vez más, de aquel glorioso tiempo en que México era admirado por sus librerías.

Hay-on-Wye, en Gales, Reino Unido, es el pueblo con más librerías por habitante en el mundo: tiene, aproximadamente, una librería por cada 50 habitantes.

Lee más sobre estos almacenes desiertos en Algarabía 35.

Porfirio Romo Lizárraga decidió hacer de los libros su forma de vida. De lector pasó a comprador compulsivo de libros, bajo el pretexto de que está armando
un proyecto amplio de lectura; pero, principalmente, gasta su tiempo en la
dirección de la editorial y distribuidora de libros Lectorum y en el cuidado
acucioso de mantener con vida las librerías El Alma Zen.

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