Epistolario

Cartas de amor escritas por Juan Rulfo, Rosario Castellanos y Napoleón Bonaparte.

Cartas de amor escritas por Juan Rulfo, Rosario Castellanos y Napoleón Bonaparte.

Te presentamos tres fragmentos de cartas de amor escritas por Juan Rulfo, Rosario Castellanos y Napoleón Bonaparte.

El amor de Juan Rulfo

En 1941 Juan Rulfo conoció a Clara Aparicio; él tenía 24 años y ella sólo 13. Comenzaron una relación epistolar que siete años después culminó en matrimonio. Reproducimos una de las cartas en las que se evidencia el idílico enamoramiento del escritor.

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México, D.F., 26 de mayo de 1947

Querida Chachinita:

¿Nunca te he contado el cuento de que me caes re bien? Pues si
 ése ya lo sabes te voy a contar otro. Ahí tienes que había una vez un muchacho más loco, que toda la vida se la había pasado sueñe y sueñe. Y sus sueños eran, como todos los sueños puras cosas imaginarias
 [...] Bueno, la historia es muy larga y voy a dar un brinco. Vinieron los años buenos en que comenzó a ver acercarse un sueño. El mejor de todos. Grande y enormemente hermoso. Era una muchachita rete horripilante que levantaba la ceja para mirar a los seres despreciables que iban a su lado. Así era de lejos. Pero más cerca, cuando se veía todo lo que ella era claramente, cuando uno se asomaba a sus ojos, el cariño cegaba todas las demás cosas y uno ya jamás quería separarse de su lado. Ese sueño que eres tú todavía dura. Durará
 siempre, porque siento como que 
estás dentro de mi sangre y pasas por
 mi corazón a cada rato. [...]
De verdad, cuídate mucho, come y duerme bien y sueña con los angelitos y no con esta cosa maligna que soy yo.

Pero no me olvides.
Y que siempre seas igual, Chachinita adorada.

Juan

Querer que nunca termina

El amor de Rosario Castellanos

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La poeta mexicana Rosario Castellanos (1925-1974) tuvo una existencia atormentada, marcada por sucesos trágicos, largas temporadas de depresión y un amor mal correspondido. Reproducimos un fragmento de la compilación póstuma de sus cartas a Ricardo Guerra, en la que, con un poco de humor, asume las infidelidades de su amado.1 Tomado de Cartas a Ricardo; México: Conaculta, 1994.

Madrid, 6 de noviembre de 1950

Me entregué a usted: nunca me he puesto a considerar si fue
 sólo un momento. Sé que antes de conocerlo era yo una persona completamente distinta de la que soy ahora y que tal como me 
ha hecho le pertenezco. El que usted me sea fiel o no, no me hace variar de actitud. Yo le seré fiel siempre, a toda costa. No me interesa coquetear con nadie. Lo amo a usted. Si usted me falla,
 si por cualquier motivo nuestro amor no puede realizarse, yo no quiero volver a saber nada de amor con nadie, yo quiero vivir completamente sola y sin que nadie me hable de estas cosas. A usted no puedo substituirlo con nadie. Lo amo a usted, con exclusión del resto del mundo. Lo amo a usted aunque tenga niñitas y aunque las ame a ellas y aunque no me ame a mí. Lo amo y lo amo. Y estoy furiosa. Grrrr. Claro que si usted me dice que no quiere saber nada de mí no voy a andar detrás de usted dándole lata.

Rosario Castellanos

Napoleón enamorado

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En 1796 Napoleón Bonaparte se casó con Josefina Tascher. Pocos días después de la boda el emperador partió a una de sus campañas en Italia. En la siguiente carta podemos ver el amor obsesivo, celoso y dependiente que sentía por su esposa, de quien se divorciaría 13 años después.

Verona, 23 de noviembre de 1796

Ya no te amo más; al contario, te detesto. Eres una villana, una torpe, una tonta, una desgraciada. Tú no me escribes nada, tú no amas a tu marido; sabiendo el placer que le provocan tus cartas, no le escribes ni seis líneas, ni por casualidad.

¿Qué hace entonces madame todo el día? ¿Qué asuntos tan importantes le quitan el tiempo para escribir a su bien amado? ¿Qué sentimiento asfixia y deja de lado el amor tierno y constante que usted me prometió? ¿Quién podrá ser ese maravilloso, ese nuevo amante que absorbe todos sus instantes, tiraniza su día entero e impide que usted se ocupe de su marido? Josefina, ten cuidado, una de estas noches tras la puerta cerrada estaré.

En verdad, estoy inquieto, mi buena amiga, de no recibir noticias tuyas; escríbeme pronto cuatro páginas de esas amables cosas que llenan mi corazón de sentimiento y placer.
Espero poder antes tenerte entre mis brazos y cubrirte de un millón de besos ardientes como el Ecuador.

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