Editorial 97

Editorial 97

De un mundo mejor, diferente, ignoto, desconocido y sobre todo virgen, recién estrenado, en el que no existan los vicios, las inconsistencias, las ataduras, las creencias ni el mal de la tierra conocida. Un mundo en el que podamos construir de cero, en el que podamos hacer borrón y cuenta aparte, olvidar lo pasado y empezar otra vez. Un mundo nuevo y mejor.

Ésa ha sido la utopía de las utopías: desde los griegos se pensaba en Selene, la Luna, cuyos habitantes, los selenitas, nos miraban de lejos; luego siguió poblando la imaginación del hombre durante la Edad Media, en la que se visualizó como el Cielo —o de perdida, como el Purgatorio—, pero no se vería colmado hasta el siglo xvi, cuando las expediciones alrededor del globo buscaron caminos más cortos para llegar a lo desconocido.

Y de pronto ahí estaba, frente a ellos, que sin saberlo ni presentirlo, habían topado con él. El tan anhelado Nuevo Mundo era real, sus habitantes se veían entre inocentes y salvajes, pero habría que tomar el riesgo y tratar de empezar en él una aventura diferente. No sería así; muy pronto, Colón se dio cuenta de que el Nuevo Mundo era una utopía y, como toda utopía, algo inalcanzable, que sus habitantes tenían ya una sociedad nada idílica y que los nuevos pobladores habían traído consigo su propio infierno terrenal.

Y es de ese Nuevo Mundo, que es ahora todo un continente de significados, sobre el que versa esta Algarabía: el baile de tango en el Río de la Plata, la Sinfonía del Nuevo Mundo de Antonín Dvořák; los sentidos Diarios de Colón; el Códice de la Cruz Badiano, con su botánica desconocida; el «rediezcubrimiento» de América, de Marco A. Almazán; las efemérides de 1492; el «washawasheo» de los españoles que dio lugar a mucha de la toponimia de estas tierras; la demografía y economía de Latinoamérica hoy día, así como la radiografía del pueblo taíno y del jitomate se reúnen en éste, nuestro número 97, para constituir un continente propio en el que también conviven los tartamudos más famosos, los aguardientes —bien clasificaditos—, las mirruñas y el microscopio, el ostroboscopio, el fenaquitoscopio y otros «-scopios» más, junto con los villamelones.

Este ejemplar lo llevará de viaje por toda América; le desmitificará eso de que en la Edad Media todos creían que la Tierra era plana; le explicará si está bien dicho «bien bueno», le hablará de Churchill, de la hamaca, de Rubén Blades y de la Doctrina Monroe, y además le dará anécdotas chistosas, frasezotas, dimes y decires para todo momento y lugar. Ojalá su mundo cambie y se renueve, aunque sea un poquito, después de leerlo.

María del Pilar Montes de Oca Sicilia

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