Desde la redacción

Un nazi se enamora

¡Ay, queridísimos! El chisme que les traigo hoy es de «oh-my-god», pues lo protagoniza uno de los personajes más distinguidos de la élite militar y política de este país, nada más y nada menos que ¡el ministro de Propaganda del gobierno de Adolf Hitler: Joseph Goebbels!

¡Ay, queridísimos! El chisme que les traigo hoy es de «oh-my-god», pues lo protagoniza uno de los personajes más distinguidos de la élite militar y política de este país, nada más y nada menos que ¡el ministro de Propaganda del gobierno de Adolf Hitler: Joseph Goebbels!

Berlín, Alemania, 20 de octubre de 1938

Me cuentan que, por unos asuntillos del corazón, este nazi de hueso colorado anda tristeando de tal manera que, ¡hasta intentó suicidarse hace unos días! Además, no duerme ni come, por lo que está más flaco que de costumbre, de plano hecho un esqueleto, y ni el aceite de hígado de bacalao que le recetaron en cantidades industriales le despierta el apetito, ¿cómo ven?

La cosa estuvo así: hace poco más de dos años, Goebbels era prácticamente una fiera sexual, con todo y que está casado y tiene seis hijitos muy lindos. Pero una de sus responsabilidades como ministro de propaganda es inspeccionar, aprobar y patrocinar las películas que se filman bajo el régimen nazi, lo que le permite estar muy cerca de un montón de actrices, maquillistas y secretarias que, atraídas por su voz profunda y su aura de poder, lo tientan con sus encantos.

Obviamente, el señor ministro se dio vuelo, y se cuenta que tuvo sus affaires con más de treinta mujeres. Tanto así que lo apodaron «el macho cabrío de Babelsberg», que es el lugar donde se ubican los estudios de cine. Don Joseph, que no es muy guapo pero tiene muy buen verbo, arrasó con todo el elemento femenil del área, hasta que llegó una nueva chica: la bellísima actriz checoslovaca Lida Baarova.

¿Qué les cuento? El ministro se quedó hecho un idiota en cuanto la vio y de inmediato empezó a desplegar sus artes de conquistador frente a ella, con todo y que venía con su amante, el actor Gustav Fröhlich. Finalmente se hicieron «novios»; Gustav les armó un escandalito y abandonó a Lida, con lo que pudieron vivir su romance muy a gusto. Joseph dejó el resto de sus conquistas y se dedicó por completo a Lida: hasta se fueron a vivir juntos.

La relación se hizo cada vez más seria, tanto así que Goebbels decidió divorciarse e incluso dejar su cargo para irse a vivir al extranjero con su amorcito. A todo esto, ustedes se preguntarán, ¿y la esposa? Pues Magda Goebbels está más o menos acostumbrada a las infidelidades de Joseph. Ella es muy amiga del Führer y su ideología es tan nazi como la del marido. Por otra parte, ella también tiene su «detallito», se trata de Karl Hanke, ministro de Estado y ¡secretario de Goebbels!

Magda se dijo: «Joseph quiere a Lida, yo quiero a Hank, nos divorciamos, nos juntamos con nuestros respectivos amantes y todo arreglado». Así, se dirigió a hablar con Hitler, pero no se esperaba su reacción: el Führer montó en cólera, mandó llamar a Joseph y después de mesarse los cabellos, les puso a los dos una regañada épica. Les dijo que como altos miembros del gobierno no debían armar escandalitos y tenían que poner el ejemplo y ser una familia unida. Les ordenó dejar a sus respectivos amantes y los conminó a asumir patrióticamente sus responsabilidades al frente del partido nazi.

El matrimonio agachó la cabeza. Joseph —ante testigos— le llamó por teléfono a Lida, le dijo que su lugar estaba junto a Hitler, y dio por terminada la relación. Magda también rompió con Hank y parece que él será removido de su cargo para no darle más tentaciones a la señora Goebbels. Fin de la historia.

Esto pasó hace dos meses, y como decía más arriba, el que más resintió la separación fue Joseph, quien anda por la calle de la amargura: flaco, ojeroso y cumpliendo con su deber de llevar a todo el pueblo alemán la ideología de su partido. ¡Ay, ojón!

Au revoir!

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