Desde la redacción

Sissi

Chicuelos, me fui de viaje por la Viena de la emperatriz Isabel y me enteré de ciertas costumbres de la emperatriz, a quien de cariño llaman Sissi, que no son nada, pero lo que se dice nada sanas.

Chicuelos, me fui de viaje por la Viena de la emperatriz Isabel, la esposa de Francisco José I de Austria —por ahí de 1860— y me enteré de ciertas costumbres de la emperatriz, a quien de cariño llaman Sissi, que no son nada, pero lo que se dice nada sanas.

Para empezar, Sissi tiene un guardarropa espléndido, unos vestidos fabulosos y muy caros, como corresponde a su cargo público. Para lucirlos, como son de faldas muy amplias y corsés muy apretados, la emperatriz se la vive a dieta. Lo malo es que ya rebasó los límites de la delgadez y se ve ¡flaquísima!, tanto así que ya se rumora que tiene anorexia y una obsesión morbosa por el ejercicio. Su cinturita mide menos de 50 centímetros, no come bien y no para de moverse en todo el día. Sus damas de compañía se turnan para caminar con ella diez horas diarias, apenas le aguantan el ritmo.

Por si fuera poco, Sissi ha mandado instalar un gimnasio en sus habitaciones de palacio para seguir haciendo ejercicio… ¡después de la caminata!

Damas y caballeros, les presento a una de las primeras vigoréxicas de la nobleza. Con ustedes… ¡la emperatriz Isabel de Austria!


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