Desde la redacción

SEXOescándalos de Roma

La Antigua Roma fue célebre por sus excesos en los placeres de comer, beber y amar. A pesar de ello, algunos acontecimientos fueron todo un escándalo, aun para los romanos…

La Antigua Roma fue célebre por sus excesos en los placeres de comer, beber y amar. A pesar de ello, algunos acontecimientos fueron todo un escándalo, aun para los romanos, quienes tenían un sentido muy práctico para disfrutar de la vida y no se entrometían en la vida de nadie... a menos que se tratara de personajes públicos cuya «moral» debía «servir de ejemplo».

Ésta es una visión «moderna» de cómo fueron documentados esos escándalos en un ejercicio literario que combina documentos históricos con el estilo periodístico alarmista que surgió en los años 70.

Julio César es cachado, literalmente, «en la movida»

«Ciudadanos, cuidad a vuestras mujeres: un adúltero calvo anda suelto», advierte Suetonio.

Roma, 48 a.C., después del desayuno

Las paredes de Roma amanecieron con imágenes de Julio César y la patricia Servilia Cepionis en plena fornicación. Esto no es ninguna novedad, pues Julio César ha tenido sobrada fama de «sancho» entre la alta sociedad romana.

Suetonio, nuestro reportero estrella, ha confirmado los amores de Julio César con: Postumia —esposa del jurista Servio Sulpicio Rufo—, Lollia —esposa del político Aulo Gabinio—, Tertulla —esposa del general y millonario Marco Luncinio Craso— e incluso con Eunoë —esposa del rey de Mauritania.

Pero, en esta ocasión, la «balconeada» a Julio César tuvo otras consecuencias, pues mientras él se paseaba con su esposa, Calpurnia Pisonis, por las calles de Roma, toda la población comenzó a burlarse de ella, por los dibujos de su marido fornicando con su amante.

La respuesta de Julio César no se hizo esperar: se dice que terminó su «relación» con Servilia Cepionis, al tiempo que se prepara para viajar a Egipto, en busca de Pompeyo, quien lo acusó de criminal ante el Senado y quien huyó de la ciudad con sus tropas en cuanto César regresó a Roma.

Fuentes extraoficiales afirman que, en realidad, Julio César quiere comprobar, «en carne propia», lo que se dice de las dotes sexuales de la reina de Egipto —pero esto último es mera especulación.

* * *

A Tiberio le clavaron algo más que un puñal

«En su quinta de Capri tenía una habitación destinada a sus desórdenes más secretos», atestiguó Suetonio.

Marzo, 37 d.C., Miseno

Anoche fue asesinado —por fin— el perverso emperador Tiberio, quien, durante sus últimos años, se olvidó de gobernar Roma y se recluyó en Miseno con jovencitos, prostitutas y una colección de engendros, para dedicarse sólo a juegos sexuales depravados.

Nuestro reportero estrella, Suetonio, fue testigo de cómo Tiberio, «luego de haber recorrido la Campania, marchó a Capri y de ahí se refugió en su isla; antes dejó Hispania y Siria en legados consulares y permitió que los partos ocupasen la Armenia, que los dacios y sármatas devastasen la Mesia y que los germanos invadiesen la Galia, sin cuidarse para nada del deshonor ni del peligro que entrañaba ello para el Imperio».

Continúa Suetonio: «Un grupo elegido de muchachas, de jóvenes y de disolutos, inventores de placeres monstruosos, y a los que llamaba sus maestros de voluptuosidad —spintrias—, formaban allí entre sí una triple cadena, y, entrelazados de este modo, se prostituían en su presencia para despertar, por medio de este espectáculo, sus estragados deseos».

Se dice que, asqueado de sus costumbres lujuriosas, su nieto Calígula —de visita en Miseno— decidió darle muerte para liberar a Roma de la depravación y así restituir la dignidad y el orden del Imperio.
Esperamos que, con la llegada de Calígula al poder, esos comportamientos perversos sean erradicados de nuestros gobernantes romanos.

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Heliogábalo se disfraza de mujer y se prostituye en tabernas y prostíbulos

Ofrece una fortuna a quien le pueda dotar de genitales femeninos

Marzo, 222, Roma

El emperador Vario Avito Bassiano, aunque prefiere que le llamen «Heliogábalo», presentó a un joven esclavo —originario de Caria, llamado Hierocles—como su marido. La presentación no fue ninguna sorpresa para el pueblo romano, pues el joven emperador, de apenas 17 años, ya se había casado antes con cinco mujeres —una de las cuales había sido una virgen vestal— y otro hombre.

Tampoco sorprenden sus excentricidades de convocar a los hombres más obesos del reino a competir para ver quién puede comer más en una sola noche.

Lo que sí tiene indignada a la guardia pretoriana son sus manías de maquillarse y ponerse pelucas, para luego prostituirse en los barrios bajos de Roma e incluso dentro del palacio imperial, donde ya ordenó que le ambientaran una habitación con el mismo estilo de los prostíbulos.

La gota que derramó el vaso fue su más reciente anuncio de dotar de millones de sestercios al médico que pueda cambiar sus genitales por los de una mujer.

Se rumora que los soldados romanos empiezan a tener simpatía por Alejandro Severo, primo de Heliogábalo, y que estarían gustosos en ser gobernados por él.

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