Desde la redacción

«Para oírte mejor…»: prótesis y el cuerpo posthumano II

En 1741 los aditamentos artificiales adquieren otra dimensión. El francés Nicholas Andry introduce el concepto de ortopedia, una técnica que emplea aparatos y soportes de diversos materiales para corregir malformaciones y deficiencias desde la infancia.

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—segunda de dos partes—

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En 1741 los aditamentos artificiales adquieren otra dimensión. El francés Nicholas Andry introduce el concepto de ortopedia, una técnica que emplea aparatos y soportes de diversos materiales para corregir malformaciones y deficiencias desde la infancia, y que parte del concepto de enmendar «malas posturas». Para hacer más comprensible su propuesta, en su libro Andry ilustra un árbol torcido amarrado a un poste recto para enmendar su crecimiento.

Sin embargo, es hasta el siglo XIX que la ortopedia se convierte en una especialidad reconocida. La idea básica de la prevención de los daños posturales adquiere impulso con la gimnasia de Friedrich Ludwig Jahn —Deutsche Turnkunst, 1816— y la gimnasia curativa del sueco Gustaf Sander. Así, en 1836, el cirujano londinense William John Little es el primero en operar con éxito un pie zambo. Esto delimitaría las competencias de la ortopedia respecto de la cirugía.

Después de este acontecimiento, las prótesis se perfeccionaron en sus diseños y materiales para obtener mayor funcionalidad, en especial a raíz de las dos guerras mundiales, pues el número de discapacitados creció como jamás había ocurrido en la historia y eso tuvo consecuencias graves, no sólo en la calidad de vida de las personas, sino en la economía global.

En 1950 dos cirujanos franceses, los hermanos Jean y Robert Louis Judet, dan a conocer una prótesis de plexiglás que implantaron en la cabeza del fémur de un paciente. Este procedimiento brindó un nuevo tratamiento a la artrosis de la articulación de cadera y también significó una revolución en el uso de las prótesis, pues dejaron de ser algo externo para convertirse en parte del cuerpo.

En 1958, ocurrieron varios descubrimientos relevantes: se fabricaron los primeros lentes de contacto bifocales que permiten ver de cerca y lejos, se mejoró el tratamiento de huesos rotos por medio de tornillos y, en Estocolmo, Suecia, se implantó el primer marcapasos cardiaco.

A partir de entonces, la cultura del cuerpo sufrió modificaciones que fueron más allá de la funcionalidad física, pues también se desarrollaron prótesis con fines estéticos —como los implantes de senos y glúteos—, y los artistas plásticos de vanguardia comenzaron a experimentar con el uso de tecnologías para hacer notar que los humanos nos hemos convertido en extensiones de las máquinas.

Se dice que el almirante ruso Iósif Stalin, una vez que su dentista logró reemplazarle toda la dentadura para que ésta fuera estética y funcional, ordenó desaparecerlo, pues nadie debía enterarse que usaba una prótesis.

La resistencia, es inútil

Actualmente existen prótesis tan sofisticadas como el implante coclear, que permite escuchar a quienes carecen de la audición o exoesqueletos para dotar de movimiento a cuadraplégicos. Esta dependencia tecnológica, que ya no sólo se remite a suplir funciones corporales, es materia de estudio para antropólogos, historiadores, psicólogos e investigadores sociales, como Linda Kaufman1, quien señala que cualquier candidato a una prótesis —funcional o estética— que implique la manipulación corporal puede considerarse poshumano: la mezcla entre lo orgánico y lo inorgánico.

Los avances tecnológicos confirman esta idea: músculos cibernéticos que ya empiezan a construirse con fines militares; prótesis que brindan sentido del tacto: todo cuanto parecía imposible y sólo se mostraba en ficciones como El hombre nuclear y La mujer biónica —cuya versión mexicana en pleno «cine de ficheras» fue El macho biónico (1981); de sobra está explicar cuál fue la parte robótica implantada—, ahora se encuentra en etapa experimental.

Ya se acaricia la idea de que el teléfono móvil pueda implantarse por medio de chips dentro del cuerpo, así como proyectar imágenes directamente en la córnea del ojo —por medio de lentes de contacto y manipularse con sólo el movimiento de las manos— para suplantar el uso de las pantallas. Teóricos como McLuhan y Baudrillard disertaron sobre la tecnología como parte y extensión del cuerpo, dando lugar a una nueva criatura híbrida: el cyborg.

Tal vez no lleguemos al extremo de los borg —personajes extraterrestres de la serie Star Trek, cuyo objetivo es «asimilar toda especie e implantarle aditamentos cibernéticos», luego de emitir la frase de «la resistencia es inútil»— pero, si alguien nos pregunta qué llevamos en las orejas —el teléfono móvil con tecnología Bluetooth—, nadie dudará en responder: «Es para oírte mejor».

El autor de este artículo recibirá con gusto sus observaciones, comentarios (incluso quejas) en su cuenta de Twitter. Síganlo como @alguienomas


1. En Malas y perversos. Fantasías en la cultura y el arte contemporáneo, Barcelona: Ediciones Siruela, 2003.


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