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Desde la redacción

Pandemias de la Antigüedad

No es casualidad que al buscar «enfermedad» en la Biblia —al menos en la de Jerusalén— ésta nos remita a «castigo».

No es casualidad que al buscar «enfermedad» en la Biblia —al menos en la de Jerusalén— ésta nos remita a «castigo».

La primera reacción ante una enfermedad inexplicable, contagiosa y mortal, ha sido la del pánico colectivo que se vuelve incluso más peligroso que la enfermedad misma, pues la gente huye de sus lugares de origen y eso disemina el mal de forma más rápida hacia otras poblaciones. Claro, eso lo sabemos ahora que se tiene cierta noción de qué son los microbios —aunque el imaginario colectivo confunda bacterias con virus—, pero en el Mundo Antiguo, cuando algo invisible e inexplicable empezaba a enfermar a una cantidad considerable de personas y los remedios convencionales —rezos, infusiones, cataplasmas, extractos de animales y plantas— no surtían efecto, sólo había una explicación: castigo divino.

Esto no es exclusivo de la cultura judeocristiana, pues de acuerdo a textos cuneiformes asirios, la enfermedad era un pecado, una impureza moral. Los asirios concebían la libertad del individuo, pero esa íntima libertad se hallaba religada a la divinidad por una densa y compleja malla de obligaciones morales.

«Para hacer habitar a los dioses en una morada que alegre su corazón, Marduk creó a la humanidad», reza una tabla asiria; pero si el ser humano olvidaba el último fin de su creación o transgredía una ley moral, su castigo se expresaba en forma de contrariedad o dolencia. Con la palabra shêrtu, los asirios y babilonios designaban de igual modo al pecado, cólera divina y enfermedad. Bajo esta perspectiva, el enfermo era sometido a un examen de conciencia antes que consultado por sus padecimientos físicos.

La epidemia de Atenas

Una de las primeras epidemias documentadas ocurrió en la Atenas de Pericles (495-429 a.C), luego de que en el 431 a.C. se embarcó en una guerra fratricida que se prolongó durante más de un cuarto de siglo y que ensombreció el esplendor del Imperio Ateniense, que se destacaba por el régimen democrático, la arquitectura de la Acrópolis, las obras de Sófocles y Eurípides, la filosofía de Sócrates, entre otras manifestaciones de su cultura.
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Los atenienses sabían que era imposible ganarle a los espartanos en tierra, pero en el mar ellos tenían ventaja. Por ello, Pericles decidió que durante los combates los campesinos se refugiaran dentro de la ciudad, que estaba rodeada de una muralla de 6.5 kilómetros de largo por 165 metros de ancho: un corredor defensivo que comunicaba Atenas con el puerto del Pireo.

Según el plan de combate, mientras los ejércitos espartanos ocupaban la despoblada región del Ática, la flota ateniense arrasaría las costas del Peloponeso. Pero todos los campesinos que se alojaron en Atenas atestaron las casas de amigos y familiares, y los que no encontraron alojamiento, construyeron barracas a campo raso. Así se prepararon para resistir el tiempo que durara la invasión ateniense.

Mientras los espartanos, encabezados por el rey Arquidamo y sus aliados comenzaron a devastar los alrededores de Atenas, Pericles partió hacia la ciudad de Epidauro, aliada de Esparta en la costa del Peloponeso; mas no contaba con que, a unos días de la llegada de los espartanos al Ática, una epidemia —que los investigadores suponen provino de Etiopía y había pasado por Egipto, Libia y Persia— arremetió, con una rapidez nunca antes vista, en Atenas que se encontraba sobrepoblada por el cerco militar.

¿Castigo de los dioses?

En una crónica que durante siglos se consideró un modelo de informe médico, Tucídides (460-395 a. C.) describió a detalle los síntomas de la enfermedad:

«Muchas personas comenzaron a sentir que la cabeza les ardía, que sus ojos se inflamaban, que la garganta y la lengua les sangraban; su aliento se volvía desagradable; sufrían estornudos y ronquera; un dolor les atacaba el pecho y sufrían de tos. Después sentían aquejado el estómago y vomitaban toda clase de humores que hayan recibido nombre en la profesión médica [...] Casi todos los enfermos tenían accesos de náusea sin vómito, que les producían violentos espasmos [...] la piel se ponía rojiza y amoratada y crecían pequeñas pústulas y úlceras».1 Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, Madrid: Alianza editorial, 1989.

Según Tucídides, los contagiados morían al séptimo u octavo día; quienes sobrevivían a este tiempo morían por la debilidad, causada por «ulceraciones violentas y por una diarrea incontenible». Quienes sobrevivieron a la epidemia, quedaron inmunes, pero no libres de secuelas: la peste afectaba a los órganos genitales y los dedos de las manos y los pies; muchos de los que se recuperaron perdieron el uso de estos miembros. Algunos sobrevivientes quedaron ciegos y otros sufrieron amnesia temporal.

Los de complexión fuerte no estaban en mejores condiciones de soportar la enfermedad, que exterminaba a todos por igual, incluso a los que eran atendidos y alimentados con el mayor cuidado. No había tratamiento eficaz contra esa peste: lo que a unos les beneficiaba, a otros perjudicaba.

A pesar de la explícita y detallada descripción de Tucídides, la ciencia moderna no ha podido descubrir cuál fue la enfermedad que asoló Atenas.

Con los ejércitos enemigos fuera de la muralla y la epidemia por dentro, Atenas se convirtió en un infierno en el que los más afectados fueron los campesinos que acampaban en las calles, pues con el calor del verano y la falta de higiene, eran los primeros en morir.

Después de su incursión por el Peloponeso y sin haber logrado tomar Epidauro, Pericles regresó a su patria y encontró Atenas azotada por la peste. El temor al contagio hizo que los espartanos cancelaran su ofensiva en el 429 a.C., pero regresaron al año siguiente, cuando la epidemia pareció aminorar un poco. Fue un respiro demasiado breve, pues la peste volvió a brotar en el invierno del 427 a.C. y duró otro año hasta que al fin desapareció. Según Tucídides, murieron 4400 hoplitas —soldados de infantería— de los 15 500 que había en el ejército ateniense; de los mil soldados de caballería murieron 300.

La debacle social

La peste tuvo un desquiciante efecto en la sociedad ateniense. Al principio, corrió el rumor de que los espartanos habían envenenado los depósitos de agua del Pireo, pero como el número de muertos fue mayor en Atenas —supuestamente aislada del enemigo por la muralla—, pronto descartaron esa idea. Al no encontrar causas humanas, se culpó a los dioses y coincidió con una antigua profecía que advertía que una guerra con el Peloponeso acarrearía con una peste.

Si la tasa de mortalidad de entre 28 y 30% que padeció el ejército se aplica a la población del Ática —calculada en unas 315 000 personas—, la peste debió matar a unas 90 000 personas en Atenas

Para los atenienses, la intervención divina explicaba por qué los espartanos habían escapado casi indemnes a la peste; pero cuando la epidemia se encontraba en su peor momento, atribuirla a los dioses tampoco les ayudaba a librarse de ella. Ante los cadáveres amontonados dentro de la ciudad sitiada, la desesperación se apoderó de la ciudad y sus habitantes se volvieron indiferentes a las reglas de la ley y la religión. Las ceremonias fúnebres fueron pasadas por alto y, en un estado de caos sin precedente, la norma de vida pronto se convirtió en la búsqueda del placer y el desenfreno.

Coléricos y desmoralizados, los atenienses se volvieron contra la autoridad de Pericles e incluso intentaron pedir la paz sin su consentimiento. Esto fue el principio del fin para Atenas; la ciudad que había sido modelo de la democracia y la cultura, entró en un periodo de corrupción y mal gobierno que aceleró su derrota ante los espartanos en el 404 a.C.

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Antes de que pandemias mediáticas, medidas sanitarias y demás bichos impredecibles se pusieran de moda, el autor de esta nota ya era un obsesivo de la limpieza —mas no del orden—. De entre todos los virus y bacterias del mundo, espera que el postrero sea tan fulminante y breve como las pestes de la Antigüedad. Con gusto recibirá sus comentarios en Twitter. Sígalo como @alguienomas

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