Desde la redacción

Mil años de matrimonio

Una de las formas que tiene el ser humano de preservar la especie y de adaptarse al medio es el matrimonio. El matrimonio ha existido desde hace mucho tiempo, y su objetivo siempre ha sido el mismo.

Una de las formas que tiene el ser humano de preservar la especie y de adaptarse al medio es el matrimonio. El matrimonio ha existido desde hace mucho tiempo, y su objetivo siempre ha sido el mismo.

Cuando pensamos en el matrimonio, todos —y especialmente las mujeres— lo relacionamos con el amor, el romance, el mutuo entendimiento y la unión de dos almas gemelas que se encuentran —¡por fin!— para vivir juntas y felices toda la vida. Bueno, esto puede darse y puede ser —aunque pasa pocas veces— y no tiene nada que ver con el matrimonio en sí. Eso de «se casaron y fueron muy felices» sólo ocurre en los cuentos de hadas y en la mente de las niñas de escuela de monjas; la realidad del matrimonio, su función y el papel que juega en la sociedad son muy diferentes.

Pero vayamos a los orígenes. Todo empezó antes de que el hombre fuera hombre. De acuerdo con el zoólogo Desmond Morris,1 Desmond Morris, El mono desnudo, México: Plaza & Janés, 1975. en una primera fase, el homo sapiens —tal y como lo hacen muchas de las otras especies animales— vivía en manada y copulaba con todas las hembras de la misma. Sin embargo, cuando se hizo sedentario y empezó a generar excedentes —riqueza— tuvo que desarrollar una tendencia a la formación de pareja y a la fidelidad, con el objeto de determinar a ciencia cierta que los hijos de esa hembra eran suyos, y que lo que había acumulado no se iba perder, sino que se podía preservar a través de las generaciones.

Este detalle, aunque parece pequeño, es fundamental, ya que dio lugar a cambios y evoluciones importantísimos a nivel psicobiológico, muchos de los cuales sobreviven hasta nuestros días. Estos cambios son tanto de tipo genético como cultural y como ejemplo tenemos que el ser humano es la única especie animal en donde hay sexo cara a cara, en donde la hembra tiene orgasmos. Y a nivel cultural, se crearon reglas que permiten consolidar la relación de pareja y la economía de la tribu, como es la prohibición del incesto y la relación de pareja instituida o matrimonio, propiamente dicho.

Lévi Strauss, Freud y otros marcan el tabú al incesto como el inicio de la civilización. Y esto no es de extrañar, considerando que esta regla —que básicamente obliga a los hombres y a las mujeres a buscar fuera de su familia, tribu o grupo social, su pareja o compañero sexual— busca la interacción, la sociabilidad y el comercio.

En este sentido, muchas sociedades toleran la cópula, pero niegan el derecho al matrimonio entre miembros de la misma familia. Esto pretende lograr la repartición de la riqueza, que la tribu o familia sobreviva en forma sustentable al relacionarse con sus similares y que la riqueza crezca —gracias al comercio— y perdure —a través de los hijos.

Aunque hay algunas culturas —muy pocas— en donde existe la poligamia,2 Los sistemas poligámicos permiten tanto la poliginia, es decir, el matrimonio de un hombre con varias mujeres, como la poliandria, que es menos común y es cuando una mujer se comparte entre varios hombres, usualmente un grupo de hermanos. Culturas centroafricanas y de los Himalayas presentan algunos de estos rasgos. en todos los casos los vástagos se consideran de la misma familia, y en los muchos y muy diversos tipos de relaciones hereditarias reside el poder de la familia y la persistencia a través de los siglos de esta institución.

Por ejemplo, en el matrimonio romano no existía un contrato matrimonial, sino únicamente un contrato de dote. No había que presentarse ante ningún equivalente a un alcalde o párroco, ya que era un acto no escrito. Así, para cualquier aclaración legal, como la herencia, el juez se basaba en algún indicio matrimonial como la dote o los testigos; aunque muchas veces sólo los cónyuges podían saber si estaban casados o no. Pero el matrimonio era una institución que no dejaba de surtir efectos jurídicos: los niños nacidos de semejante unión eran legítimos; recibían el nombre del padre y continuaban con la línea familiar; a la muerte del progenitor, éstos le sucedían en la propiedad del patrimonio. El matrimonio era un deber cívico y un beneficio patrimonial, todo lo que la moral antigua exigía a los esposos era que desempeñaran una tarea definida: tener hijos y hacer que la casa funcionara. Por su parte, el amor conyugal era un «privilegio dichoso», pero de ninguna manera era el fundamento del matrimonio ni la condición de la pareja.

El matrimonio en la Edad Media, nos dice Georges Duby,3 Duby, Georges, «El matrimonio en la sociedad de la Alta Edad Media» en Beatriz Rojas, Obras selectas de Georges Duby, México, Fondo de Cultura Económica, 1999. estaba regido por dos poderes o modelos distintos: el modelo laico encargado de preservar a lo largo de las generaciones un modo de producción; y el modelo eclesiástico, cuyo objetivo consistía en refrenar las pulsiones de la carne, es decir, reprimir el mal, encauzando los desbordamientos de la sexualidad dentro de un límite muy estricto.

Dentro del modelo laico, el objetivo de la institución era mantener de generación en generación el «estado»4 El Diccionario de la Real Academia Española señala algunas definiciones para el término estado: «situación en la que están las personas o las cosas»; «orden, clase, jerarquía y calidad de las personas que componen un reino»; y «clase o condición a la cual está sujeta la vida de cada uno». de una casa; recordemos que es en esta época cuando las tradiciones romanas y las tradiciones bárbaras se combinan en el concepto de herencia. El papel del matrimonio consiste en asegurar la transmisión de un capital de bienes, de gloria, de honor, y garantizar a la descendencia una condición, un «rango» por lo menos igual al que gozaron los antepasados.

Y he aquí lo interesante, la mujer entra en la nueva casa, la del marido, en donde deja de depender de su padre, de sus hermanos y de sus tíos para estar sometida a él y a sus familiares, y para ser siempre una extraña y sospechosa de traición; pero aun así deberá cumplir su función primordial: dar niños al grupo de hombres que la acoge, la domina y la vigila. En esos niños se une lo que ella ha aportado y lo que ellos han recibido de su padre; es decir, dos sucesiones, dos linajes, de los que se toman los nombres y que determinarán la posición que ocuparán en el mundo y las posibilidades que tendrán —a su vez— de casarse bien.

La ceremonia de matrimonio no era muy distinta a la que se practica hoy en día. Comenzaba con el acto público que hace lícita la unión, un ritual en donde hay promesas verbales, mímica de desnudamiento —el velo— y de tomar posesión, entrega de prendas, anillo, arras, y por último, el contrato que la costumbre impone. Y continuaba con «las bodas», es decir, el ritual de la instalación de la pareja en su hogar: «el pan y el vino compartidos por los contrayentes y el banquete numeroso que necesariamente rodea la primera comida conyugal». Posteriormente, en su nueva residencia —en la noche, en la habitación oscura— se da la desfloración; y después, por la mañana, un regalo 5 Duby, Georges, op. cit. p.282. que expresa la gratitud y la esperanza de que desde esa primera noche ya la mujer haya quedado embarazada.

Por su lado, el modelo católico o religioso medieval desprecia y condena, en primera instancia, el matrimonio, ya que lo considera culpable, impuro y sobre todo, un obstáculo a la contemplación. Pero, a la vez, lo considera necesario para preservar la especie: para reproducirse, el hombre, desgraciadamente, tiene que copular, y como «entre las trampas que tiende el demonio no hay ninguna peor que el uso inmoderado de los órganos sexuales»,6 Loc. cit. la iglesia tiene que admitir el matrimonio como un mal menor y adoptarlo con la condición de que sirva para disciplinar la sexualidad, para luchar contra la fornicación.

Por ello, la Iglesia propone ante todo la buena conyugalidad, ésa que está libre del placer carnal y de la pasión sexual. Los cónyuges, cuando se unen, no deberían tener otra idea en la cabeza que la de procrear. Ni el hombre ni la mujer —y sobre todo ella— deben tener pensamientos impuros.

No cabe duda que en mil años las cosas han cambiado, pero aunque hoy se puede hablar de igualdad absoluta y división perfecta y equitativa de tareas entre una pareja, y el matrimonio busque otras cosas como la compañía y la complicidad, puesto que su duración es mayor —hasta 40 o 50 años más—, su objetivo básico y primordial sigue siendo el mismo: definir el estatus de lo masculino y lo femenino, repartir el poder y las funciones entre los dos sexos, sustituir la filiación materna —única evidente— por la paterna, y distinguir los acoplamientos legítimos —los únicos que pueden asegurar en forma conveniente la herencia y la supervivencia de una familia o grupo social— de los que no lo son, así como organizar —más allá de la conjunción de dos personas— dos células sociales a fin de generar una nueva célula de forma similar, que sea igualmente eficiente en términos económicos y sociales. Más simple de lo que suena.

Bibliografía
•Duby, Georges, «El matrimonio en la sociedad de la Alta Edad Media» en Beatriz Rojas, Obras selectas de Georges Duby, México: Fondo de Cultura Económica, 1999. Pp. 278-292.
•Freud, Sigmund, «Tótem y tabú» en Obras completas de Sigmund Freud, Madrid: Biblioteca Nueva, tomo II, 4a. edición, 1981.
•Morris, Desmond, El mono desnudo, México: Plaza & Janés, 1975.
Enciclopedia del milenio, Médico moderno, tomo II, octubre 1997.

Conoce más del tema en Algarabía 3, disponible en versión digital.

María del Pilar Montes de Oca Sicilia es lingüista de profesión; se ha dedicado desde hace más de 10 años a los temas de comunicación y lenguaje y es directora de Algarabía.

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