Desde la redacción

Los préstamos lingüísticos

Anteriormente hemos ahondado un poco en los anglicismos y galicismos que entran al español con grafía íntegra. Entre barbarismos y castellanizaciones, decidimos profundizar en uno de los temas que hacen de una lengua un ser vivo: los préstamos.

Anteriormente hemos ahondado un poco en los anglicismos y galicismos que entran al español con grafía íntegra. Entre barbarismos y castellanizaciones, decidimos profundizar en uno de los temas que hacen de una lengua un ser vivo: los préstamos.

A través de los préstamos, las lenguas crecen y pueden reflejar la cultura de un momento determinado. Un «préstamo lingüístico» se refiere a una palabra o morfema de una lengua que fue tomada o prestada, con poca o ninguna adaptación, por otra lengua, ya sea por bilingüismo,1 por influencia cultural o porque a través de esa lengua se introdujo el objeto, el fenómeno o la situación a la que refiere.

En muchas lenguas —como el español— la influencia cultural está mal vista, al punto de que al préstamo lingüístico se le llama de muchas formas, todas ellas despectivas, como extranjerismo, barbarismo —de bárbaro, 'el que hablaba mal el latín'— o colonialismo cultural. Esto se debe a que por mucho tiempo se pensó que la lengua castellana debía permanecer pura y fija, sin que nada ni nadie la corrompiera; esa tradición —que viene desde los orígenes de la Real Academia Española, cuyo lema es «limpia, fija y da esplendor»—, dio lugar a una utopía: que las lenguas son estables, inamovibles y fijas, y que además no pueden evolucionar o cambiar porque eso significaría corromperse y dañarse, e incluso pudrirse.

Al llegar a América, los españoles «tomaron prestadas» palabras indígenas como hamaca, patata, maíz, huracán, cacique, hule o tabaco, para referirse a objetos que no conocían.

Nada más alejado de la verdad, porque hoy sabemos que las lenguas son organismos llenos de vida —tanta vida como la que tenga la comunidad que las habla—, y que al serlo están en constante movimiento, cambio, evolución y duda. Lo único que nunca para es el cambio —a la manera de Heráclito— y en las lenguas esto se cumple al pie de la letra. Las palabras cambian más que las construcciones, no cabe duda, porque son el nivel más superficial de la lengua: primero el léxico o semántico, después el fonético y morfológico y, por último, el sintáctico —la gramática.

Pulir y fijar una lengua es —y siempre ha sido— una empresa imposible, porque una vez que afianzamos una palabra o una forma, entra otra que la puede reemplazar; o bien, ya que fijamos una forma nos daremos cuenta de que los hablantes, en el uso, la modifican, cambian o importan una nueva de otra lengua que conocen o con la que tienen contacto.

¿Por qué no nos gustan los préstamos?

Del mundo antiguo al mundo moderno la colonización dio lugar a la imposición de muchas lenguas: el opresor o conquistador imponía la suya al conquistado, empezando por los romanos que impusieron el latín a todas las culturas que anexaron a su imperio —y por supuesto hoy en día los descendientes de esas culturas hablamos lenguas latinas o romances— y después, ahí tenemos al francés y al portugués y al chino; muchas lenguas que se han impuesto sobre otras.

Lo anterior nos ha hecho pensar que si utilizamos una palabra de otra lengua estamos siendo sojuzgados o sometidos a ella; pero justo esto no tiene nada que ver porque el inglés que es, hoy por hoy, el idioma —como segunda lengua— más hablado del mundo, la lengua del imperio actual, tiene un diccionario con más de un millón de palabras de las cuales, el mayor porcentaje, están conformadas por préstamos de muchísimas lenguas, sobre todo del griego y del latín.

Cada día son más los españolismos que se incorporan al Webster’s y al Oxford Dictionary. Ya bien lo dicen Rafael Martínez Enríquez y Laura Furlan Magaril: «El inglés, en el arte de la guerra y el desarrollo cultural, en particular en la componente científica, —en el siglo xvi— había dejado a España a la zaga, aprendiendo en el camino a responder, como G. Harvey, «¿por qué, en el nombre de Dios, no podemos nosotros, al igual que los griegos, poseer el reino de nuestro propio lenguaje?».2 La fuerza del nuevo inglés provenía, en gran medida, de su disposición para enriquecerse con el «aumento anual» de palabras vernáculas que superaba a lo que ocurría con otras lenguas, pues «a diario nuevas tutelas son inventadas».

Esto nos da realmente una perspectiva diferente de la introducción de palabras de otros idiomas a nuestra lengua, no debemos tenerles miedo, como dice Silvia Peña Alfaro: «Valdría la pena preguntarnos: ¿qué quiere decir pureza castellana? Debemos recordar que el castellano no es sino un latín evolucionado que fue recogiendo elementos ibéricos, visigóticos, árabes, griegos, franceses, ingleses y hasta indígenas de América. “Lo más parecido a la invasión actual de anglicismos —dice Antonio Alatorre— fue la irrupción de los arabismos durante los siglos en que se formó nuestra lengua, y el resultado es que los arabismos del español son una de sus bellezas”. Sobre la llamada pureza, afirma Rosenblat: “... es en última instancia una especie de proteccionismo aduanero, de chauvinismo lingüístico, limitado, mezquino y empobrecedor”».3

Como ven, eso de estarnos quejando de los préstamos es anacrónico, reaccionario y demodé. Por eso de más préstamos y sus tipos, profundizaremos en la próxima entrega.


1. Capacidad de una comunidad o individuo para utilizar, indistintamente, dos lenguas.
2. Rafael Martínez Enríquez y Laura Furlan Magaril, «Triunfo del inglés», Ciencias 75, julio-septiembre, México: UNAM, 2004.
3. v. «Mito 14. La lengua no debe cambiar —los anglicismos están acabando con el español—», en Mitos de la lengua. Reflexiones sobre el lenguaje y nosotros, sus hablantes, México: Editorial Lectorum y Editorial Otras Inquisiciones, 2011; pp. 171-179.


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