Desde la redacción

Las penas del joven Goethe

¡Hijos de mi alma! Recién acabo de llegar a esta bella ciudad alemana y ya corren por mis oídos los rumores de un escándalo, de esos que, si no los cuento, exploto.

¡Hijos de mi alma! Recién acabo de llegar a esta bella ciudad alemana y ya corren por mis oídos los rumores de un escándalo, de esos que, si no los cuento, exploto.

Weimar, Alemania, septiembre de 1786

Fíjense nada más que, en una tertulia, me enteré de buena fuente que una noble dama de esta comunidad ha sido abandonada por su amante y, al parecer, la separación es definitiva. Los protagonistas de esta historia son, nada más y nada menos, que la linda esposa del caballerizo mayor de la Corte, Charlotte von Stein, y el ya afamado poeta y dramaturgo romántico Johann Wolfgang von Goethe. ¿Cómo la ven?

La historia de este amor comenzó hace once años, en 1775, cuando Goethe, entonces de 26, llegó a pasar una temporadita en Weimar. Charlotte, quien tenía 33 primaveras y siete hijos, se mostró interesada en conocerlo, ya que había leído Las cuitas del joven Werther y le había fascinado.

Bueno, pues, que la va viendo Goethe y que se enciende de pasión por ella. La anduvo cortejando discretamente durante un año, y en 1776, le declaró su amor y le escribió cartas muy hermosas, así que, por supuesto, ella cayó redondita. Lo que nadie sabe —y tal vez nadie sabrá— es si el poeta se llevó a Charlotte a la cama, porque muchos especulan que su amor fue ¡puramente platónico!

Yo no entiendo cómo estos dos pudieron aguantar diez años de enamoramiento sin… ya saben, entregarse a los placeres carnales. ¿Qué? ¿Son de hielo? Por supuesto, hubo habladurías, sobre todo de la «precocidad» de Goethe, porque ella no tenía ningún obstáculo, ni siquiera su marido, quien desde hace años no le hace caso y le tiene sin cuidado lo que haga su mujer.

En fin, que al parecer al poeta se le agotó la pasión ¡por fin!, después de escribirle mil 700 cartas y recaditos a Charlotte, donde la llamaba «su flor», «la única» y «su estrella matutina y vespertina». Vaya, que, según él, su amor era una cuestión psíquica ¡y se habían conocido desde muchas vidas atrás!

Ahora, Goethe se ha ido de viaje a Italia, de donde no planea regresar en mucho tiempo, y Charlotte ha quedado tristemente abandonada. Se me hace que eso de amarse sólo con el alma y nada con el cuerpo no da muy buenos resultados que digamos.

Au revoir!

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