Desde la redacción

La gran matanza de gatos


Desde su título, es muy probable que este artículo provoque rechazo —o cierto gusto morboso— pues los gatos siempre han suscitado admiración y respeto, pero también recelo y repulsión.

Desde su título, es muy probable que este artículo provoque rechazo —o cierto gusto morboso— pues los gatos siempre han suscitado admiración y respeto, pero también recelo y repulsión. Contra lo que parece, este texto aborda el ánimo que existía entre la población francesa durante el siglo xviii y sobre qué ideas se construyó la tan admirada revolución de la «libertad, igualdad y fraternidad».1 Este artículo es una síntesis del ensayo del historiador estadounidense Robert Darnton: La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa, México: FCE, 1987.

París, Francia. Década de 1730

Armados con mangos de escobas, varillas de las prensas y otros instrumentos de trabajo, un grupo de hombres persiguieron a todos los gatos que pudieron encontrar en los techos y en las cercanías de la imprenta donde laboraban.
Apalearon a cuanto felino les salió al paso y, a los que no mataron durante la persecución, los metieron en sacos para luego «someterlos a un juicio público» con guardias, un confesor y un verdugo. Después de declarar culpables a los animales y darles los «últimos sacramentos», los remataron en patíbulos improvisados.

Lo más relevante de todo esto no fue la crueldad ni la saña de quienes perpetraron esta matanza, sino el ánimo con que la realizaron: ahogados en risas y en un ambiente festivo que, meses más tarde, cuando en el taller querían divertirse un rato —o burlarse de sus patrones—, hacían representaciones paródicas de ese momento.

Por supuesto, a nosotros, lectores del siglo xxi, este relato podrá producirnos todo, menos risa.
Los antropólogos han descubierto que, en las interpretaciones más oscuras que una sociedad le pueda dar a un acontecimiento —chiste, proverbio, ceremonia—, están los elementos para comprender o acercarse un poco al pensamiento de esa cultura.

Aquí hay gato encerrado

En otro tiempo estás. Eres el dueño 
de un ámbito cerrado como un sueño. 
«A un gato».
—Jorge Luis Borges

Desde las primeras civilizaciones, los gatos han originado las más contradictorias pasiones. Cuando un gato moría en el Antiguo Egipto, sus «dueños» —la autosuficiencia de los gatos y su instinto de cazadores les impide ser mascotas de nadie— se rasuraban las cejas en señal de luto. No es casualidad que esta veneración de los egipcios fuera censurada por el pueblo hebreo; de ahí que los perros sean mencionados más de 40 veces en la Biblia, mientras los gatos sólo dos y con referencias negativas.

Siempre se han atribuido rasgos o cualidades humanas a los animales; esta ambigua postura ontológica le ha dado a, por ejemplo, puercos, perros, bueyes, gatos... un poder oculto asociado al tabú. De esto hablaremos en otra ocasión con mayor detalle, así como del papel que han tenido los gatos en la historia.

Animales del demonio

En la Francia del siglo xviii, los gatos tenían bien definido su lugar; desde la Edad Media eran señal de brujería sin importar su color, raza u hora del día en que salieran al paso: un gato blanco podía ser tan maléfico como uno negro. Para protegerse de sus infernales intenciones había un «remedio» antiquísimo: mutilarlos. Por eso era frecuente que los gatos fueran apaleados o quemados por campesinos y, si se descubría que alguna mujer aparecía con golpes o moretones inexplicables, de inmediato era sospechosa de ser bruja, pues esos golpes eran «prueba irrefutable» de que se podía transformar en gato.

Además de sus asociaciones demoniacas, los felinos también eran responsables de infinidad de desgracias: impedir que la masa creciera cuando entraban a una panadería; de matar a los bebés mientras éstos dormían; podían echar a perder la pesca si los pescadores se topaban con uno en su camino... Pero si se enterraba un gato vivo en un prado, éste podía librarse de la mala hierba.

Paradójicamente, aunque la percepción popular de los gatos era abominable, también tenían la función de proteger casas, de ahí que en la mayoría de los muros de la época medieval se encuentren esqueletos felinos en su interior.

A los habitantes de París les gustaba meter gatos en sacos y arrojarlos al fuego: un «ritual mágico» para invocar a la buena fortuna

Tortura hacia los animales

Registros de matanzas —y juicios— hacia animales pueden hallarse en la literatura —desde el Quijote, en el siglo xvii, hasta Germinal, a finales del xix— como una práctica común e incluso «divertida». En tiempos de Rabelais era de lo más cotidiano que los niños se entretuvieran atando gatos a un palo y luego los asaran en una hoguera. De ahí una expresión popular que todavía hace medio siglo se usaba en Europa: «paciente como un gato con las patas quemadas».

Durante los carnavales, la Cuaresma o festivales como el Mardi Gras, se torturaban y asesinaban gatos para evitar que éstos organizaran aquelarres de brujos. En Borgoña, mientras se hacía burla a un cornudo —algo parecido al bulling actual— los jóvenes se pasaban de mano en mano un gato al que le arrancaban mechones de pelo para que maullara de forma dolorosa. A esto le llamaban faire le chat: «tocar el gato». La chatte, en la jerga francesa, significa lo mismo que pussy —genitales femeninos— en inglés: parte de la simbología sexual que se le ha atribuido siempre a los felinos.

Empleados de imprenta

Durante la segunda mitad del siglo xvii, las grandes imprentas apoyadas por el gobierno eliminaron la mayoría de los talleres pequeños y una oligarquía de patrones controló la industria. Con esto, se deterioró la situación de los obreros, pues muchos deseaban aprender o practicar el oficio de impresor, pero cada vez menos lugares dónde encontrar trabajo.

Las condiciones de los aprendices eran infames: se levantaban antes del amanecer, todo el día los traían atareados mientras intentaban eludir los maltratos de los demás empleados y los insultos del dueño y sólo recibían como paga las sobras de la comida, que consistía en carne vieja y casi podrida, que hasta los gatos del patrón rechazaban con asco.
La situación del resto de los obreros no era muy distinta: eran despedidos con mucha frecuencia y sin remordimiento, sin importar que hubieran trabajado de forma diligente, tuvieran familia que mantener o se enfermaran: el exceso de empleados permitía que los patrones pudieran renovarlos con una frecuencia de hasta una semana. Llamaban ancien —anciano— a quien cumplía un año en el trabajo.

Tampoco esto era gratuito: los empleados, apenas cobrado su sueldo, muchas veces desaparecían sin regresar siquiera por sus cosas, pues ya habían encontrado otro oficio, o preferían seguir probando suerte en otras ciudades.

Antes de la matanza

Según cuenta Nicolas Contant —autor del testimonio original—, los trabajadores, luego de una jornada agotadora y de una comida repugnante, lo único que esperaban con ansia era la hora del sueño. Sin embargo, sobre el sucio cobertizo en el que intentaban dormir todas las noches, se juntaba tal cantidad de gatos, cuyos maullidos y peleas los mantenían en vela.

Llegaron a la conclusión que su situación era injusta y buscaron una forma de que el patrón y su familia padecieran las mismas molestias. Entonces se les ocurrió que Jerome —uno de los aprendices que podía imitar a la perfección gestos de personas y sonidos de animales— caminara hasta el techo dónde dormían los patrones e imitara el escándalo de los gatos para no dejarlos dormir.

Después de varias noches de «concierto gatuno», los patrones pensaron que los gatos estaban embrujados y ordenaron a los empleados que se deshicieran de todos los que encontraran, salvo de Grise, la gata preferida de la esposa del patrón, y a quien le daban de comer aves asadas. Por supuesto, lo primero que hicieron los empleados fue buscar a Grise, matarla y esconderla bien, pues eso sí les podía acarrear problemas.

En Francia, durante el siglo xviii, se pensaba que para aliviar los cólicos se debía tomar vino con excremento de gato

La rebelión «simbólica»

En el momento de mayor festejo, mientras los empleados se regocijaban con la muerte y tortura de los animales, apareció la patrona, quien lanzó un grito aterrador, no porque le importara mucho la escena, sino porque pensó que su apreciada Grise se encontraba en el montículo de cadáveres.

De inmediato cuestionó a los empleados por su mascota y éstos, serios como la muerte, respondieron: «No, eso sería ofender a la casa, y la respetamos mucho». Por la magnitud del escándalo, no tardó en aparecer el dueño de la imprenta. Éste tampoco se escandalizó por la matanza, sino porque los empleados abandonaran sus puestos de trabajo.

Antes de que los propietarios siguieran con sus quejas y regaños, se dieron cuenta que estaban ante una rebelión «simbólica»: la matanza era un mensaje para ellos, una forma «sutil» de manifestar su descontento por el trato que recibían; pero sobre todo, una burla a la que no podían poner objeciones, porque, ¿no estaban ejecutando sus propias órdenes? Impotentes, los patrones dejaron que los empleados concluyeran su fiesta sangrienta.

Los impresores saben reír

Los obreros usaron los símbolos de su época para burlarse del dueño sin que éste pudiera tomar represalias: al matar a la gata preferida de la mujer, la «acusaron de bruja»; al «representar un juicio», demostraron conocer cómo funcionaba la ley y, al ejecutar la matanza, confirmaron que sólo era cuestión de tiempo para que la inconformidad social pasara de matar animales a personas.

En el testimonio original, se lee: «Los impresores saben reír, es su única diversión». Y la risa de los empleados al cometer la matanza venía de una cultura carnavalesca a la que, sutilmente, podemos acercarnos por medio de los relatos de Rabelais, cuyos personajes también se divertían de forma agresiva y burda, y cuyo desparpajo no es sino el espíritu de un pueblo cuyo «escape» se convirtió en motín; como ocurrió en 1789, cuando París fue el principal escenario de una rebelión sin precedentes y en la que el pueblo se sintió más confiado que nunca para cambiar sus condiciones de vida por medio de un ritual de renovación, como lo es el sacrificio.❧

Carlos Bautista Rojas lleva más de 20 años de gato y espera nunca ser objeto de sacrificio para la buena fortuna ni mutilado para probar que no tiene intenciones satánicas. Pueden seguirlo  —o reclamarle cualquier cosa — en twitter como: @alguienomas

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