Desde la redacción

El sexto sentido: el sentido secreto

Lo del sexto sentido es un concepto neurológico y epistemológico. Tan sencillo como pensar en el hecho de que nos conocemos —y sabemos quiénes somos— porque nos hemos visto al espejo y, gracias a ello, tenemos conciencia de nuestros rasgos, tamaño y movimientos.

Lo del sexto sentido es un concepto neurológico y epistemológico. Tan sencillo como pensar en el hecho de que nos conocemos —y sabemos quiénes somos— porque nos hemos visto al espejo y, gracias a ello, tenemos conciencia de nuestros rasgos, tamaño y movimientos.

Esta característica es, para quienes gozamos del sentido de la vista, una ventaja que damos por hecho —como tantas cosas—. Pero, ¿qué pasaría si, a pesar de ello no tuviéramos la certeza de nuestro cuerpo? Si no tuviéramos control sobre él, si sólo fuéramos como una conciencia atada a nuestros músculos por una cuerda muy floja.

Hellen Keller tenía 19 meses cuando, a raíz de una fiebre, quedó ciega y sorda. Debido a su discapacidad, sus procesos mentales eran muy particulares; un ejemplo emblemático de su forma de aprendizaje, es el de aquella vez en la que comprendió que las letras a g u a, deletreadas por su maestra en la palma de su mano, se referían al nombre del líquido frío que salía del grifo.

Durante años nos han enseñado que el hombre tiene cinco sentidos: vista, oído, gusto, olfato y tacto. Sin embargo, existe otro más, relacionado con el sentido del cuerpo, que los neurólogos llaman propiocepción —el sexto sentido, el sentido secreto—, descubierto en la década de 1890 por el neurobiólogo S. Sherrington.

Gracias a la propiocepción, que trabaja junto con la visión y los órganos del equilibrio —el sistema vestibular—, uno puede tener un sentido integral de su cuerpo y sus movimientos, y realizar actividades básicas como tomar un tenedor con la presión necesaria, subirse a un autobús sin chocar con los pasajeros, o alcanzar una botella de agua con la mano, atinándole a la primera.

Por eso, entre los bailarines, se dice que saltar es una forma de pensamiento. Porque aunque parezca mentira, un ser humano afectado en este sentido es incapaz de conservar con naturalidad una sola postura, o modular su voz —su tono resulta histriónico y falso, o su volumen exagerado— y sus gestos —su cara es a veces histriónica; a veces, lisa e inexpresiva— y, en esencia, también hay un problema de identidad, que subyace a la incapacidad de controlar el propio cuerpo, aunque sí puedan verlo.1 Uno de estos casos, junto con la afectación social y personal que conlleva, lo describe el neurólogo inglés Oliver Sacks en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

Además de la propiocepción, existen otros sentidos que damos por hecho, y que nos acompañan, todos los días, sin que casi los tomemos en cuenta, entre ellos la nocicepción —percepción del dolor en la piel, las articulaciones y los órganos del cuerpo— y la equilibriocepción —lo que nos permite ubicar el espacio: arriba-abajo; derecha-izquierda y adelante-atrás. Aunque, siendo honestos, conozco a varios que utilizan —y no por gusto— el reloj en la muñeca izquierda.

Para contactar a Karla Covarrubias, síguela en Twitter como @karla_kobach.


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