Desde la redacción

El libro: Invención de la memoria

Los chinos fueron primeros en tallar planchas de madera para imprimir caracteres hace más de dos mil años. Primero imprimían en telas o en seda; y, a partir del siglo II de nuestra era, en papel.

—Tercera de tres partes—

El «papel» de la imprenta

Los chinos fueron primeros en tallar planchas de madera para imprimir caracteres hace más de dos mil años. Primero imprimían en telas o en seda; y, a partir del siglo ii de nuestra era, en papel —fabricado a partir de seda, arroz, cáñamo e incluso algodón.

La fabricación de papel fue exclusiva de China durante más de 500 años, hasta que, en el 610, llegó a Japón y de ahí se extendió a toda Asia. El papel fue llevado a Europa en el siglo x por los árabes, pero sólo se comenzó a producir ahí a partir del siglo xii, como una curiosidad artesanal.

La imprenta se empezó a usar en Europa a mediados del siglo xv. Contra lo que se cree, su aparición no cambió las características de los libros ni la forma de producirlos, ni los autores nuevos se privilegiaron de ella: las prácticas de estudio y lectura privilegiaban el uso de los códices; de hecho, las primeras publicaciones impresas intentaban «imitar» el estilo de los libros manuscritos.

Con la imprenta, muchos humanistas temieron «una vulgarización de las letras» y pasaron varios años para que los círculos «intelectuales» aceptaran los primeros libros impresos. ¿Le suena familiar?

Johann Gensfleisch zum Gutenberg NO inventó la imprenta, ni el principio de los tipos móviles; lo que sí hizo fue inventar los moldes y el proceso para fabricar los tipos móviles fundidos en metal, que hasta entonces se habían pretendido fabricar en madera tallada.

La imprenta con caracteres móviles hizo que la edición de un libro aumentara de forma significativa —hasta en 1000 o 1500 ejemplares por título—, que hubiera mucho más títulos en circulación y que una copia fuera menos difícil de conseguir en menos tiempo: si un códice tardaba a veces años en elaborarse, el libro impreso sólo tardaba unos cuantos meses.

Con la producción de tipos móviles cada impresor empezó a crear sus propias tipografías y, en relativamente poco tiempo, lo que empezó como un oficio se convirtió en un arte.

Ediciones «modernas»

Convencidos de su poder de difusión, los reinados y la Iglesia fueron los primeros en recurrir a la imprenta para difundir sus mensajes a la población, al tiempo que empezaron a establecer un sistema de censura que no atacase a la fe o «las buenas costumbres» ni la reputación o los intereses de la monarquía.

Pronto cualquier impresor debía contar con una «licencia» que le autorizara producir libros. Durante varios siglos, la autoridad inquisitorial tuvo a su cargo la elaboración de «índices de libros prohibidos» y el Castigo Divino que uno recibiría con sólo leerlo.

Gran parte de la censura que se practicó desde entonces hasta el siglo xviii, no se debió precisamente a los gobiernos o a los poderes eclesiásticos, sino a los mismos impresores, que no querían perder sus licencias o que sus ingresos fueran sometidos a una investigación de sus ingresos.

Leyendas vivas

Entre las múltiples novedades que produjo la imprenta, se encuentra el autor moderno. Aunque libreros e impresores tenían la última palabra para decidir qué títulos imprimir y qué cantidad —muchas veces en contra de la voluntad de los autores—, en cuánto pagar las obras publicadas —si es que pagaban—, además de que durante varios siglos nada se pudo hacer contra los plagiarios o las ediciones no autorizadas, autores como Erasmo, Galileo, Descartes, Lope de Vega, Quevedo, Voltaire —entre muchos otros que son desconocidos para nuestra época—, se convirtieron en leyendas vivas gracias a que sus retratos y textos comenzaron a generar polémica o a ser solicitados por un público cada vez más creciente.

Desde finales de la Edad Media y hasta principios del siglo XX, las lecturas públicas eran algo muy común: se leía en voz alta los libros «de moda» o que eran causa de alguna polémica para quienes no sabían leer o no podían costear un libro. Muchas veces los organizadores de estas lecturas eran los mismos impresores, porque así generaban mayor interés de sus ediciones.

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Mucho queda por decir de cómo las leyendas orales pasaron a las ediciones impresas y originaron, entre muchas otras cosas, los libros para niños. De cómo los diarios suscitaron otro tipo de lectores y el oficio del periodismo; así también de cómo la Enciclopedia sentó las bases del intelectual moderno y de la revolución universitaria —que, a su vez, desató la alfabetización masiva a partir del siglo xix.

Como los objetos cotidianos que nos permiten preparar nuestros alimentos, evitar el frío, desplazarnos —etcétera—, la extensión del lenguaje escrito nos ha permitido ampliar nuestra memoria y, parafraseando a Quevedo, «hablar con los muertos».
Edmundo Valadés decía que cada persona escribe su propio libro aunque todos leamos el mismo volumen. La lectura no se remite a un ejercicio intelectual: es una prueba corporal, implica generar un espacio de intimidad y una forma de vincularse con el mundo.
Comprender cómo se ha leído en cada época equivale a asomarse un poco a cómo pensaron otros en su momento. ¿Cómo nos leerán a nosotros quienes mañana se asomen a los «balbuceos cotidianos» que hoy emitimos a diario?

La biblioteca de Babel

Jorge Luis Borges concibió una biblioteca infinita en la que no sólo estuvieran alojados todos los volúmenes de cuanto se ha escrito en la historia, sino todas las posibles combinaciones de letras y signos para que también estuvieran integradas todas aquellas obras que están por escribirse —incluso las que jamás se escribirán.

Sin estas pretensiones ecuménicas, las bibliotecas digitales pretenden que miles de libros, «esenciales para la humanidad», puedan consultarse en varios idiomas y desde cualquier computadora, con una finalidad educativa, pero también para «perpetuar» su uso en los formatos electrónicos.

El primer «libro digital» se realizó el 4 de julio de 1971, como parte del Proyecto Gutenberg, que, a la fecha, ya tiene más de 33 mil títulos de consulta gratuita y que se pueden «bajar» a cualquier dispositivo de lectura electrónica: http://www.gutenberg.org/

Argumentos a favor:

La industria editorial ya no puede producir tantos títulos: los costos del papel, almacenamiento, transporte y tiempo de venta hacen cada vez más incosteable un libro. Un libro electrónico reduce el tiempo y la posibilidad de conseguir un título, y el beneficio para el autor y la editorial es inmediato.

Argumentos en contra:

El uso de tablets implica una producción industrial masiva —sólo en 2011 se vendieron más de 30 millones— y todavía no se tienen datos concretos de cómo esto afectará más al ambiente que la producción de papel; sin contar que los dispositivos requieren energía eléctrica que, a su vez, también aumenta las emisiones de carbono y la quema de combustibles.

Carlos Bautista Rojas trabajó en Rincones de Lectura —primero con el maestro Felipe Garrido, como promotor de la lectura y tallerista— y, años más tarde, en las Bibliotecas de Aula y Escolares, en donde supervisó la edición de más de 2 mil títulos. Gracias a esta experiencia ahora recurre a las palabras de Jorge Luis Borges para afirmar: «Que otros se jacten de los libros que han escrito; a mí me enorgullecen los que he leído»... y editado —agrega.

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