Desde la redacción

El libro: Invención de la memoria

Aunque ya existían códices desde el siglo II, no fue sino hasta el siglo V que su empleo se consolidó. El códice sentó las bases del formato que adoptarían los textos impresos: páginas separadas, unidas por una costura y encuadernadas.

—Segunda de tres partes—

Manuscritos medievales

Con la caída del Imperio Romano y el auge de la Iglesia católica, la lectura se volvió una práctica casi exclusiva del oficio litúrgico.

Sólo 5% de los manuscritos medievales fueron cuidadosamente decorados; son el arte medieval más conocido y mejor perpetuado.

Aunque ya existían códices desde el siglo ii, no fue sino hasta el siglo v que su empleo se consolidó. El códice —del latín códex, que significaba ‘tablilla de madera encerada para escribir’, y pronto cobró el significado de ‘libro’—, sentó las bases del formato que adoptarían los textos impresos: páginas separadas, unidas por una costura y encuadernadas.

Muchos pergaminos de la Antigüedad se rasparon para borrar lo que ahí se había escrito y se reciclaron para elaborar códices medievales. A estos libros se les llamó palimpsestos; hasta la fecha, se siguen rescatando textos antiguos —por medio de técnicas como los rayos X— de códices medievales.

En el siglo viii, Carlomagno, emperador del Sacro Imperio Romano, mandó llamar a Alcuino para sentar las bases de una rudimentaria universidad y enseñar a leer y escribir a toda su corte. Carlomagno se dio por vencido, pues las letras le resultaban muy complicadas de reproducir. Alcuino se dio entonces a la tarea de simplificar y unificar el trazo de las letras que se usaban en la época, hasta darle forma a las minúsculas carolingias, que resultaron tan legibles y fáciles de trazar que se siguen usando hasta la fecha.

Primer «formato de libro»

Las ventajas del códice ante el rollo fueron: páginas de dimensiones regulares, espacio para una mayor cantidad de texto y mayores posibilidades de distribución. Las imágenes dejaron de ser sólo decorativas: se convirtieron en parte de la narrativa.

Al estar protegido por cubiertas de cartoné, los pergaminos se conservaban mejor y, al no enrollarse, se deterioraban menos y se podía usar pigmentos más consistentes.

Sin embargo, como la forma llegó a estar por encima del contenido, los copistas daban más énfasis a la estética de las tipografías que a su legibilidad: no había espacios ni signos de puntuación que separaran unas palabras de otras, y la lectura, para que no fuera tan atropellada, debía ser en voz alta.
Además de la Biblia, los libros más frecuentes de esta época fueron de oración: salterios, libros de las horas, manuscritos musicales, vidas de santos y, aunque era parte de la Biblia, se realizaron múltiples ediciones ilustradas del Apocalipsis de San Juan. Paras las universidades se produjeron ediciones de los clásicos antiguos —Platón, Aristóteles, Ovidio, Virgilio, entre muchos otros—, además de libros de historia y crónicas, bestiarios, herbarios y, por supuesto, libros de caballería y literatura.

Los pergaminos se elaboraban con pieles de vacas, ovejas y cabras; de hecho, la forma «rectangular» de los libros surgió de aprovechar al máximo los cortes de piel. Los mejores pergaminos son aquellos que se realizaron sobre pieles casi transparentes: con animales nonatos.

Vida más allá del latín

A partir del siglo x, la Biblia comenzó a publicarse en otros idiomas, además del latín, como en la Inglaterra anglosajona. El latín dejó de ser la lengua imperante entre los siglos xiii y xiv, y los libros se empezaron a elaborar en sus lenguas locales.
Hasta el siglo xiv, escribir sobre pergamino había sido una tarea harto compleja: sólo la punta de la pluma podía tocar el soporte y esto resultaba fatigante. Pero una vez que se adoptó la letra cursiva «informal» para escribir sobre folios y cuadernillos, el acto físico de escribir se hizo menos laborioso y más compatible con la actividad intelectual. La simplicidad en la escritura dotó a los autores de intimidad y privacidad, pues ya no necesitaban de un copista que anotara cuanto le fuera dictado.
Además, las universidades definieron ciertas características en los libros para facilitar la localización de ciertos pasajes a los lectores: la página se dividió en dos columnas para reconocer su extensión de un solo vistazo; se alternó el uso de tintas roja y azul en la escritura de los calderones —marcas de párrafo— para individualizar secuencias textuales; se recurrió a las abreviaturas para leer con mayor rapidez. Éstas y otras formas de jerarquizar la información fueron cambiando la forma de los libros, así como el modo de escribirlos.

En el siglo xv se comenzaron a separar palabras con espacios, a usar mayúsculas y a introducir signos de puntuación, como puntos y comas.

Carlos Bautista Rojas trabajó en Rincones de Lectura —primero con el maestro Felipe Garrido, como promotor de la lectura y tallerista— y, años más tarde, en las Bibliotecas de Aula y Escolares, en donde supervisó la edición de más de 2 mil títulos. Gracias a esta experiencia ahora recurre a las palabras de Jorge Luis Borges para afirmar: «Que otros se jacten de los libros que han escrito; a mí me enorgullecen los que he leído»... y editado —agrega.

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