Desde la redacción

El acertijo de la bolsa

El otro día estaba leyendo una nota en la revista Vogue sobre una bolsa de Hermes, una llamada «The Birkin Bag», la cual prácticamente me dejó estupefacta, es decir la nota, no la bolsa. Y para que ustedes se asombren igual, más o menos que yo, ahí les va la historia.

El otro día estaba leyendo una nota en la revista Vogue sobre una bolsa de Hermes, una llamada «The Birkin Bag», la cual prácticamente me dejó estupefacta, es decir la nota, no la bolsa. Y para que ustedes se asombren igual, más o menos que yo, ahí les va la historia.

Resulta que esta bolsa, famosa para muchos, es la más cara de las caras entre todas esas de marca que cuestan unos dinerales como las de Gucci, Prada, Louis Vuitton o lo que sea, y se llama así en honor de la actriz británica Jane Birkin —una de las mujeres más bellas del cine, de verdad no duden en «googlearla» para que vean que no exagero—. La bolsa salió al mercado en 1984, ganando seguidoras y adeptas —que querían parecerse a Jane o por lo menos tener algo parecido a ella— muy pronto. Y hoy por hoy, de acuerdo con la gente de la moda —que por cierto es la peor de todas, la más superficial, la que se quedó en eso porque no supo hacer otra cosa, la más mercantilista y materialista del mundo, aún cuando estos dos últimos términos les puedan sonar anacrónicos— es «uno de los sucesos más importantes del fashion world» y toda mujer de mundo, cosmopolita, urbana, y moderna —dicen ellos— «debe tener una».

Pues sí, resulta que esa bolsita es realmente como el Santo Grial para las mujeres de moda, alias fashionistas, —de verdad qué palabra más pinche, wannabe, y mamona— por que, según ellas, tiene un «corte sofisticado y clásico, a la vez que rebasa fronteras y generaciones» [sic] y es algo así como la etiqueta para demostrar prosperidad y avance social. Y de hecho se tiene que hacer cola, entrar en una lista de espera o mover cielo tierra y marea para conseguir una vintage —o sea usada— no sin antes desembolsar sus módicos $7 mil dólares por la Birkin más baratita, es decir, de las chiquitas porque por ejemplo, la Violet Suede Veau Doblis —o sea de gamuza— cuesta como $10 mil dólares; y la de piel de cocodrilo negra acaba de ser vendida en nada menos y nada más que $64,800 dólares en un subasta en Doyle en Nueva York, sin embargo —aguanten la respiración— no es la más cara. La más cara hasta ahora, es la conocida como Pink Diamond Crocodile Birkin bag, o sea de piel de cocodrilo rosa con diamantitos, que cuesta lo mismo que un departamento y no precisamente de interés social, o sea $140,000 dólares.

Más o menos de eso iba la nota que les cuento y que me trajo toda una reflexión, a más de dejarme perpleja y hacerme sentir lo fuera que estoy de ese mundillo, de que ya pagadas la mano de obra, el material y todo ¿dónde le caben los otros $139,500 dólares a la bolsita y más aún qué diablos hace una con una bolsa de ese tipo y cómo para qué la usa. Y es que me pasa lo mismo cuando veo en el HOLA y revistas así a mujeres con unas bolsitas delgaditas —por cierto denominadas «clutches»— en las que no cabe nada, apenas un lipstick y un condón, y me pregunto entonces, ¿esas mujeres qué harán? ¿A qué se dedicarán? ¿Cómo será su vida diaria? ¿Qué les pasará por la cabeza para ir con una bolsa así por el mundo?

Porque desde mi punto de vista, —¿cuál más?— cualquier mujer que se respete, es decir que tenga una vida, un trabajo, una familia, que venga y vaya, que suba y baje y que lleve a cabo distintas actividades diarias, tiene muchas cosas en su cabeza y por tanto las tendrá en su bolsa, es decir la bolsa, el bolso, pues le sirve, es algo útil, que «le acarrea» cosas, le carga media vida. No sé, desde la cartera, hasta el celular, los cosméticos, las llaves, la pluma, vaya, lo que sea.

Si usted es una de esas mujeres que va por ahí con una bolsa de marca, o con una chiquita de mano o que la combina con lo que trae, o que la cambia de acuerdo con su guardarropa, de seguro ya se enojó y puede dejar de leer esto porque la cosa se pone peor, y es que —pienso— ¿por qué hay qué combinarla? y más aún ¿para qué?, y luego, ¿cómo puede ser tan caro un mero utensilio?

Porque un reloj vaya y pasa, para cuidarlo y mimarlo —«no te regalan un reloj para tu cumpleaños, tú eres el regalado para el cumpleaños del reloj» diría Cortázar, el gran cronopio— si es que te gustan las joyitas cronométricas pero, ¿una bolsa? Una bolsa que va a acabar llena de Tic Tacs perdidos, chicles que se salieron de la cajita; kleenex arrugados que no sabes si usaste o no; un pastillero con pastillas grandes y otro con chiquitas; un cicloferón por si los fuegos; chapsticks y lipsticks con tapa o sin ella; pedacitos de tabaco que surgieron de tus cigarros, de tu cajetilla, de tu cigarrera o de la nada —por que hace un año que dejaste de fumar—; tampones y kotex —aunque no estés precisamente en tus días—, monedas de a peso o de dos o hasta nickels y pennies del último viaje que hiciste —que fue hace más de seis meses—; pases de abordar de ese mismo viaje; llaves de hotel de esas de tarjetita, de esa vez que fuiste con tu mamá por Tequisquiapan y de otros hoteles más que ya ni quieres acordarte; lentes que se salieron de su funda, un cheque sin fondos que nunca devolviste; el Spiderman de juguete de tu hijo, las ligas o coleteros de tu hija; un cepillo de dientes de los que usas en la oficina y una pasta que un día se abrió y ensució todo; una o varias llaves sueltas sin llavero y un llavero sin llaves; una tarjeta de crédito escondida debajo del forro que ya habías reportado como robada y el estado de cuenta de la misma todo arrugado y magullado; un condón —obvio sin usar, no es pa´tanto—; una aspirina —también obvio sin usar—; una bolsa de cosméticos que hace dos años que no cambias; tres cupones de sabediosqué que nunca usaste; varios boletos de cine, uno con un teléfono escrito atrás cuyo dueño desconoces por que no le entiendes a tu letra, y otro de ellos hecho rollito con un chicle adentro. Además de tu iPhone que nunca encuentras porque siempre crees ponerlo en un lugar y está en otro y sobre todo, sobre todo, sin un boleto de estacionamiento que buscas insistentemente.

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