Desde la redacción

Egipto: la derrota más victoriosa de Napoleón

Ahora es muy fácil tomar cualquier libro de historia y remontarse a los orígenes de la civilización que surgió en los alrededores del Nilo; pero, ¿cómo se recuperó esa memoria histórica que parecía sepultada para siempre bajo la arena?

Ahora es muy fácil tomar cualquier libro de historia y remontarse a los orígenes de la civilización que surgió en los alrededores del Nilo; pero, ¿cómo se recuperó esa memoria histórica que parecía sepultada para siempre bajo la arena? ¿Por qué una fallida campaña militar fue fundamental para que se desatara el interés por la arqueología?

Una de las claves para que Napoleón ascendiera tan rápido en el poder y se convirtiera en «emperador de Europa», fueron las personas de las que se rodeó para emancipar su imagen. Una de ellas fue el barón Dominique Vivant Denon, quien había sido diplomático durante los reinados de Luis xv y Luis xvi, y supo ponerse bajo la protección del pintor Jacques-Louis David durante el periodo revolucionario.
Vivant, gracias a su amplia cultura y a sus vínculos diplomáticos, hizo amistad con Joséphine de Beauharnais, quien tenía poco de haberse divorciado y ya mantenía una relación con Napoleón Bonaparte. Como Vivant, varios «sobrevivientes» a la monarquía —entre los que se encontraba Talleyrand,1 Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord (1754-1838) fue un religioso, político y diplomático francés cuya influencia en la política internacional fue primordial durante el siglo XIX. principal artífice de la política napoleónica— vieron en Bonaparte la oportunidad para recuperar el poder que alguna vez detentaron y por ello lo catapultaron a los círculos más exclusivos de la milicia.

Debilitar a Inglaterra

Las ambiciones de Napoleón —quien venía de una exitosa campaña en Italia— inquietaron al Directorio que gobernaba Francia, pero también lo consideraron una oportunidad única contra los ingleses. Por ello, le propusieron que planeara la invasión de Inglaterra: en el remoto caso de que Napoleón triunfara, la victoria sería para el Directorio; si era derrotado, sería la ocasión ideal para deshacerse de alguien que les significaba un riesgo.

«La batalla más difícil la tengo todos los días conmigo mismo»
Napoleón

Napoleón y sus asesores consideraron que era imposible superar las fuerzas navales de los anglosajones, pero propusieron un plan para debilitarlos: cortar el paso de las materias primas que llegaban de sus colonias en la India si lograban dominar el territorio egipcio.

La Corona británica, que tenía pocos años de perder sus colonias en América, estaba preparada para una campaña como la que fraguaban los franceses y, por ello, tenían espías por toda Europa, al pendiente de cualquier amenaza.

La invasión de Egipto

El 19 de mayo de 1798, Napoleón zarpó del puerto de Tolón con más de 300 barcos, en los que llevaba 16,000 marinos, un ejército de 38,000 soldados, mil cañones y más de 700 caballos. Los primeros reportes de los espías advertían que el objetivo de los franceses sería Irlanda; pero, en cuanto Bonaparte tomó Malta, el almirante británico Horatio Nelson movilizó la flota británica en el Mediterráneo en su búsqueda. Los franceses ya habían desembarcado en Alejandría.

Con lo que no contaban los franceses —además de las inclemencias del desierto y el sol abrasador— fue pelear contra los mamelucos, la casta guerrera al servicio del Imperio otomano: 40,000 soldados bloquearon a los franceses a unos cuantos kilómetros de llegar a El Cairo.
Napoleón repelió a los árabes con 21,000 soldados. Los mamelucos, aunque eran excelentes jinetes y arqueros, nada pudieron hacer contra los mosquetes y los cañones. Luego de una hora de cargas de caballería árabe contra potencia de fuego europea, los franceses ganaron la batalla con sólo 300 bajas. Los mamelucos se retiraron dejando en el campo a 5,000 de sus soldados —entre muertos, heridos y prisioneros.

«Desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan».
Napoleón a sus soldados en Egipto

«Modernizar» la nación árabe

Napoleón llegó a Egipto con la idea de establecer una nación moderna que fuera ejemplo de lo que cultura europea podía sembrar en otras regiones. Para ganarse la simpatía de los egipcios, alabó los preceptos islámicos y se quiso presentar a sí mismo como un «liberador» del poder mameluco, que llevaba siete siglos de influencia en la zona.

Bonaparte promulgó leyes para acabar con la esclavitud, con el feudalismo y para preservar los derechos de los «ciudadanos» con la aprobación del Diwan, la asamblea de notables que gobernaba El Cairo. La guerra parecía ganada: en menos de un mes, Napoleón controlaba Egipto.

Labor científica

Entre el millar de civiles que se sumaron al contingente militar, había 154 científicos que eran expertos en diversas disciplinas: biología, geografía, ingeniería, historia y, por supuesto, arqueología.

Conformaron la Comisión de las Ciencias y de las Artes del Ejército de Oriente. Todos, bajo la dirección de Vivant Denon, realizaron trabajos de ingeniería, urbanismo e introdujeron mejoras de estructura en el territorio que ocupó el ejército francés. Estudiaron la posibilidad de construir un canal entre el Mediterráneo y el mar Rojo desde Suez2 El proyecto del Canal de Suez se materializó años más tarde durante el reinado de Napoleón III y bajo la supervisión de Ferdinand de Lesseps. —una idea que se remontaba a los textos de Goethe.
Los científicos recorrieron Egipto durante dos años, tiempo durante el cual copiaron inscripciones de ruinas y monumentos. También realizaron estudios etnológicos, de geología, zoológicos y botánicos. Toda esta información se recopiló en Description de l’Égipte, publicado en 20 tomos entre 1809 y 1822. Durante décadas, fue la máxima referencia de la civilización egipcia.

Fracaso de la campaña militar

Los egipcios jamás dejaron de considerar a los europeos como invasores y un riesgo para sus costumbres y su religión. Los problemas con la población se agravaron cuando los franceses establecieron impuestos y multas por no acatar sus leyes.

En agosto de 1798, como Napoleón lo temía, el almirante Nelson sorprendió a la flota francesa en Abukir, mientras los marinos estaban en tierra. Las tres horas que duró el ataque tuvo pérdidas irreparables para Francia: 1,700 muertos, 600 heridos y 3,000 prisioneros. Al mes, el Imperio otomano se alió con Gran Bretaña para expulsar a los franceses y, en octubre de ese mismo año, en El Cairo se organizó una sublevación contra la administración gala.

En febrero de 1799, Napoleón ordenó a sus generales que mantuvieran el control de las ciudades aledañas al Nilo, pero, al no disponer de la flota, los franceses estaban aislados para recibir suministros. Napoleón no quería rendirse tan pronto; fiel a su plan original, partió con 13,000 soldados hacia Siria para contrarrestar al ejército árabe y para bloquear los suministros de Inglaterra antes de la primavera de 1800.

El desierto del Sinaí, sucesivas batallas y una epidemia de cólera diezmaron las fuerzas francesas al grado de que Napoleón decidió dejar al mando al general Kléber para regresar a Francia y allá, el 18 brumario —según el calendario revolucionario— dar el golpe de Estado que puso fin al Directorio e imponerse como Jefe militar.

La gran Esfinge de Gizeh no fue mutilada durante la campaña militar de Napoleón: ya le faltaba la nariz desde muchos siglos antes.

La piedra de Rosetta

El 19 de julio de 1799, en Al-Rashid —que los europeos llamaban Rosetta— mientras soldados franceses cavaban trincheras para prevenir un desembarco británico, dieron con una gran piedra de basalto con tres tipos de escritura: jeroglíficos egipcios, demótico3 Escritura del antiguo Egipto cuya forma simplificada hierática era propia de la casta sacerdotal. y griego.

Bouchard, el oficial al mando, se encargó de llevar la piedra a El Cairo, donde los científicos empezaron a realizar copias y a enviarlas a Francia. Ante la imposibilidad de descifrar las lenguas muertas egipcias, los eruditos se concentraron en la inscripción en griego.

Las primeras traducciones revelaron que se trataba de un decreto promulgado en Menfis el 27 de marzo de 196 a.C., para conmemorar el primer año de mandato del faraón Ptolomeo v Epífanes. El texto no aportaba nada nuevo en cuanto acontecimientos históricos, pero sí la posibilidad de desentrañar los jeroglíficos egipcios que, hasta entonces, eran un misterio.

En 1802 el orientalista sueco Jahn David Akerblad publicó un estudio sobre la piedra de Rosetta, de la que descifraba 29 signos. Pero el primer gran avance en la traducción lo hizo el lingüista británico Thomas Young, al demostrar que el demótico era una variante de los jeroglíficos y que los nombres de los reyes estaban recopilados en cartuchos. Aunque las atribuciones fonéticas de Young entre el demótico y el griego no fueron muy acertadas —dejó las traducciones para realizar otras investigaciones vinculadas con la naturaleza de la luz que darían como resultado uno de los experimentos más relevantes de la física—, fueron esenciales para los siguientes traductores.

En 1822, un joven orientalista francés llamado Jean-François Champollion, con base en las investigaciones existentes y gracias a su dominio de la lengua copta —que pudo confirmar como una derivación moderna de la antigua lengua egipcia—, expuso la novedosa y acertada idea de que los jeroglíficos contenían un valor fonético y a la vez ideográfico, es decir, que también expresaban un concepto.

La otra herencia napoleónica

La campaña militar de Napoleón permitió redescubrir la cultura milenaria de Egipto, al grado de que la decoración de interiores y la arquitectura se vieron influenciados por la egiptomanía.

Esto dio un impulso sin precedentes a la arqueología —cuyo furor no cesó hasta mediados del siglo xx— y a expediciones científicas en busca de civilizaciones perdidas por todo el mundo.

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El autor de esta nota no deja de maravillarse con las reliquias del Antiguo Egipto y espera, algún día, ir a conocerlas in situ —si es que otra revuelta social no termina por destruir el Museo de El Cairo y demás recintos—. Recibirá con gusto sus comentarios en Twitter. Síganlo como @alguienomas

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