Desde la redacción

¡Edward y Jo Hopper: ya no sean codependientes!

Un maltratado automóvil se detiene a la puerta de un restaurante. Los que pueden ver a través de las ventanas del local y algunos curiosos que pasan por la calle observan un forcejeo dentro del auto. Varios parroquianos los reconocen: se trata de los Hopper, que por enésima vez andan de la greña.

Un maltratado automóvil se detiene a la puerta de un restaurante. Los que pueden ver a través de las ventanas del local y algunos curiosos que pasan por la calle observan un forcejeo dentro del auto: un hombre muy alto y muy flaco se baja y a tirones trata de sacar a una mujer del vehículo.
Ella se agarra con todas sus fuerzas del volante, pero finalmente él gana y consigue sacarla. Ambos se recomponen lo mejor que pueden y con disimulo entran al restaurante. Varios parroquianos los reconocen: se trata de los Hopper, que por enésima vez andan de la greña.

Manhattan, Nueva York, invierno de 1943.

¡Ay, queriditos! Este chisme se los paso al costo tal como me lo contaron un par de testigos que se encontraban cenando en el restaurante al que entró esta pareja de pintores, quienes aparentan una vida tranquila e idílica en su departamento neoyorquino cuando en realidad su matrimonio es de lo más agitado.

Dejen les platico los avatares de la relación. Edward Hopper —nacido en 1882— y Josephine Nivison —nacida en 1883— se conocieron a principios de siglo en la escuela de arte de Nueva York, pero la verdad, en aquella época ni se pelaron. Pasaron algunos años, en los que Hopper viajó para Europa a ver arte y buscar inspiración. En 1923, se reencontraron por casualidad, empezaron a platicar y descubrieron que tenían muchas cosas en común, principalmente su pasión por la pintura, ya que para entonces —él de 40 años y ella de 39— Jo también tenía su carrera y poseía una cartera de fans de su arte.

El caso es que se hicieron novios y se casaron tras casi un año de noviazgo, en 1924. Y enseguida empezaron los problemas. El primero, fue que Jo era una mujer independiente que vivía de su trabajo, mientras que Edward fue criado en una cultura más bien machista, donde la esposa debe recluirse en su hogar y ser prácticamente la esclava de su amado maridito, a quien ha jurado obedecer hasta que uno de los dos se muera.

Por supuesto, Jo quería seguir pintando y Edward como que se oponía. Luego, él encontró su estilo y empezó a tener éxito con sus pinturas que reflejan tan bien el espíritu estadounidense. Enseguida, vino la actitud posesiva de Jo, quien se negó a que Edward contratara modelos para sus pinturas y se convirtió en la única mujer que podía posar para él.

Las broncas siguieron, él ninguneaba las obras de su esposa y ella les contaba orgullosa a sus amigas que… ¡se peleaba a golpes con Edward y le ganaba! En una ocasión se ufanó de dejarle las mejillas marcadas a base de rasguños. Y eso que ella no llega al metro sesenta, mientras que Ed rebasa el uno noventa.

Pues sí, queridos, la violencia doméstica se vive a cada rato en el depa de los Hopper y, en ocasiones, hasta fuera de él. Yo me inclino a creer que están en una relación codependiente porque, aunque se pelean dos días sí y uno no, se aman y no pueden vivir separados. Dicen por ahí que en los primeros tiempos de su matrimonio les costó congeniar en la intimidad, porque cuando se casaron ella era virgen y él… demasiado fogoso. ¡Ay, qué calor!

Es que de plano son muy distintos: ella es un cascabel, toda simpática, risueña y bromista, mientras que él es serio y seco como un palo. Igual y se complementan. Sólo espero que no se pasen de violentos en una golpiza, en una de ésas no se vayan a matar.
Ni hablar, estos artistas son tal para cual. Y eso que muchos creían que llevaban una vida muy plácida y sin sobresaltos…

Au revoir!

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