Desde la redacción

Debacle

El mundo tiembla al escuchar esta palabra que nos remite a una desgracia enorme, un suceso infeliz y lamentable que por lo regular se vincula a un quiebre de la economía que nos afecta a todos —aunque se afirme que no nos dañará ni con el roce de un dólar—.

El mundo tiembla al escuchar esta palabra que nos remite a una desgracia enorme, un suceso infeliz y lamentable que por lo regular se vincula a un quiebre de la economía que nos afecta a todos —aunque se afirme que no nos dañará ni con el roce de un dólar.

Proviene del francés débâcle, que significa derrumbe o hundimiento. En 1983, cuando la Real Academia de la Lengua la incluyó en su célebre diccionario, le adjudicó los significados de «ruina» y «hecatombe», vinculados a la economía. Ahora, en su vigésima segunda edición, simplemente lo remite al «desastre».

En la lengua inglesa se registró el término desde 1802 y se usa para definir un gran fraude; pero también significa el estruendoso sonido que produce el quiebre del hielo, como el que ocurre en la película The Sweet Hereafter —Dulcer porvenir— (1997) de Atom Egoyan, cuando un autobús escolar —con niños en su interior— se sale de la carretera y derrapa sobre un río congelado.

Este galicismo proviene de débâcler, «deshielo» o «deshelar», y derivó del francés medieval desbacler «desbloquear». En latín vulgar bacculare significa «atracar una puerta», que en francés se dice: bâcler une porte. Bacculare es una derivación de baculum, «bastón» o «cetro», pues una de las formas más antiguas para asegurar una puerta consiste en atrancarla, es decir: atravesar por dentro un palo o tranca. Por eso al anochecer hasta la fecha se llega a escuchar: «Hay que atrancar puertas y ventanas para que no entre el “chiflón”».

En la época en que Rabelais escribió sus cinco novelas de Gargantúa y Pantagruel —que debido a la censura firmó bajo el seudónimo de Alcofribas Nasier, un anagrama de su nombre—, débâcler significaba «saltarse la tranca», ya fuera en sentido estricto o figurado.
Al llegar la primavera, todavía los franceses hablan de une rivière débâcle, cuando se rompe estruendosamente el hielo de un río y es la señal que marca el fin del invierno.

Es una lástima que en español, cuando se habla de debacles, no se mencionen puertas por abrir ni ríos gélidos a punto de quiebre, sino las consecuencias que la especulación financiera —y sus excesos— tendrá en la calidad de vida de todos.

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