Desde la redacción

De disolutas a mojigatas

Hay palabras que se van difuminando en la noche de los tiempos, y justo los adjetivos que llaman mi atención en esta ocasión son unas de ellas.

Hay palabras que se van difuminando en la noche de los tiempos, y justo los adjetivos que llaman mi atención en esta ocasión son unas de ellas.

El primero: disoluta generalmente salía de los labios de una mujer para atribuírselo a otra, pero ésas mujeres son ya de la edad de una abuelita o bisabuelita —que hubieron nacido en las primeras décadas del siglo pasado—, y siempre eran dichas en tono despectivo, con cierta jiribilla y acompañadas de un gesto de desaprobación: «esa mujer es una disoluta». Pero, a decir verdad es que se trata de un vocablo tan antiguo, que ya se usaba en latín y con el mismito significado.

Este precioso adjetivo calcado de la voz latina dissolutus, a, um, viene del participio del verbo dissolvere, que quiere decir justamente «disolver», en el sentido estricto de «disipar», como se disuelve el azúcar en el agua y las ideas en el devenir histórico. Y, creo que es más atinado que otra cosa, es casi icónico, transparente, por que, piense usted, si una persona es o está «distraída», «diseminada», ya se podrán ustedes imaginar lo poco que le importa lo que digan de ella. Es decir está disipada, en lo suyo, y a la vez disuelta en su entorno, por lo tanto ligera y sin espuelas como la Sabina de La insoportable levedad del ser de Kundera.

Y así y por extensión, se puede pensar, que aquel —y sobre todo aquella, por eso del sexismo y la falocracia— que es disoluto es licencioso y se entrega libremente a los vicios,  tal como nos lo dice el diccionario porque, en lugar de recatarse, se «disuelve» en ellos y, de esta manera, se va rindiendo fácilmente a todo, aún y cuando sea «contrario a la moral».

Y al respecto, recuerdo una canción que oí muchas veces en mi adolescencia que decía: «por andar de disoluta, otra vez andas de…». No recuerdo lo que seguía, pero sí que se trataba de una retahíla de adjetivos altisonantes y despectivos que le hacía un hombre dolido a una mujer ligera, impropia y de malos pasos y no precisamente porque lo fuera sino porque «le había pagado mal» o lo que es lo mismo, «lo había dejado por otro» y, por lo tanto, era merecedora de tales ignominias. Y es que cuando un hombre deja a una mujer es un «canalla», pero, si es la mujer la que abandona, lo hace porque es ligera de cascos, pérfida, disipada y, obviamente, «disoluta».

Y es que es seguro que todos hemos conocido a alguna mujer así, o más aún muchas hemos sido eso para algún hombre y para alguna que otra mujer, disolutas y casquivanas, éste último otro adjetivo que el drae define claramente: producto de la unión de casco y vano —de cascar, ‘romper’, y vano, ‘vacío’—, la palabra casquivana nos remite a una mujer de cascos ligeros que, además, «no tiene formalidad en su trato con el sexo opuesto». Y que también solía aplicarse de forma sexista.

Del otro lado de la brújula de la moral y la decencia están aquellas que son justamente lo contrario: recatadas, conservadoras, decentes, mochas y, por tanto, mojigatas.De acuerdo, otra vez, con el drae, un mojigato o mojigata es aquel «que afecta humildad o cobardía para lograr su intento en la ocasión, beato hazañero que hace escrúpulo de todo». Esta palabra viene de mojo, «voz para llamar al gato», y gato propiamente... O sea que equivale a sospechoso o sospechosa, a esos que lo hacen todo por debajo del agua y que me recuerdan a varias primas lejanas, de las que es mejor no acordarme, porque son como ratones o roedores.

Habrá quien piense que mojigata no es un arcaísmo, pero la verdad es que, aunque los jóvenes conocen la palabra, porque la han escuchado alguna vez, no la usan.

Y es que ¿se ha dado cuenta de que de alguien es muy recatado y lo hace todo con recelo mejor habría que desconfiar? Porque ya lo dice Álvaro Carrillo en su célebre bolero «Si vieras que terribles resultan las gentes demasiado buenas, como no comprenden parece que perdonan, pero en el fondo…»

María Moliner, por su parte, dice que mojigato «se aplica a las personas que se escandalizan con excesiva facilidad por la inmoralidad de las cosas, que muestran recato, moralidad o virtud exagerados o afectados», y para muestra pone algunos sinónimos muy emblemáticos y útiles —si los usamos como insulto–, tipo: monjil, pazguato, pudibundo, remilgoso, timorato, mustio y hasta melindroso e hipócrita.

Mojigatas conocemos todos —siempre hay una tía, una amiga, una conocida o una suegra— y la verdad es que hay que huirles como a la rabia porque, además de ser moralistas en su propia conducta, lo son en la de los demás y siempre están diciendo cosas como: «¿Ya viste que Fulanita…?» o «¿Te habías dado cuenta de que…?». ¡Qué cosa! Y además quién sabe que mal vicio esconderán tras de tanto recato y recelo. Yo, por eso, a una mojigata no la quiero tener ni cerca ni lejos. Pues la que es mojigata —a diferencia de la disoluta— es melindrosa y no «se disuelve» con la vida y sus placeres, sino que los rechaza y les «hace el fuchi» amargándose y amargando a los que la rodean.

Desdeñosas, cuellivueltas y cejijuntas, las mojigatas les llamaban disolutas así a las mujeres que consideraban livianas, tornadizas, frívolas, volubles, de cascos ligeros e ideas vanas. Esas coquetas a las que reprobaban pero en el fondo envidiaban, porque, ¡ay, cómo se la pasan bien!

Hoy en día sigue habiendo mojigatas —aunque ya menos— pero ya nadie oye exclamar que fulana es de «costumbres disolutas», o que perengana lleva «una vida disoluta», y menos aún que «zutanita es una disoluta», porque, en los últimos tiempos, en lugar de este adjetivo, suele aplicarse otro más corto, pero que rima con él.

Mas que si de escoger se trata, yo prefiero mil veces ser una disoluta que una mojigata, y creo que por el ejemplo se empieza.

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