Desde la redacción

¡Cuidado con Rembrandt!

¡Ay, chicos, cuidadito con despertar la ira de Rembrandt, porque les puede ir muy mal!

¡Ay, chicos, cuidadito con despertar la ira de Rembrandt, porque les puede ir muy mal! De paso por este bello país de los tulipanes me enteré de que el famoso pintor está en el ojo del huracán a causa de un escándalo en que se ha visto envuelto… con la nodriza de su pequeño hijo Titus.

Pues les cuento desde el principio. Este talentoso y manirroto artista —una de sus obras maestras es La ronda de noche (1642)— se casó muy enamorado en 1634 con una joven de buena familia llamada Saskia. El matrimonio vivió felizmente por varios años, durante los cuales, Saskia pudo darse cuenta de que a su maridito le encantaba la buena vida, comprar obras de arte demasiado caras e irse de parranda hasta gastarse casi todo lo que ganaba de las ventas de sus cuadros.

En 1641, Saskia dio a luz a Titus, el único hijo que se le logró al matrimonio. Como se sentía muy enferma, la previsora mujer elaboró un testamento en el que nombraba a Titus su único heredero. Rembrandt podía hacer uso del dinero para la manutención de ambos, pero si se volvía a casar, la herencia pasaría automáticamente al pequeño.

Total que Saskia murió al año siguiente. Rembrandt, dolido y solo, buscó consuelo en la viuda Geertje, nodriza de Titus, a quien, al parecer, le prometió muchas cosas que nunca le iba a cumplir, entre ellas, el matrimonio. Lo complicado del asunto vino cuando entró a trabajar de sirvienta en casa de Rembrandt una guapa chica de 23 años llamada Hendrickje y el pintor abandonó los brazos de la nodriza para viajar a los de la doméstica.

Geertje montó en cólera y demandó al artista por no cumplir la promesa de casarse con ella. En los tribunales él aceptó que había tenido relaciones con Geertje, pero habían sido muy de vez en cuando, ¿qué tal? Obviamente, Rembrandt perdió la demanda y se vio obligado a darle 200 florines anuales a la ofendida.

Ahora le tocó al pintor ponerse morado del coraje. Junto con Pieter, hermano de Geertje, se puso a reunir testimonios de vecinos y conocidos que ponían a la nodriza en muy mal lugar, acusándola de ser una chica fácil y casi casi de la vida galante, y los presentó en los tribunales. La estrategia de Rembrandt ha surtido efecto y un juez ya la declaró enferma de la mente.

Ahora la pobre de Geertje, que se creía muy lista, acaba de ingresar en una espantosa cárcel-manicomio, donde permanecerá por cinco años. Mientras que Rembrandt vive muy a gusto con su amada Hendrickje y se sigue pintando, porque, ah, cómo se autorretrata este hombre. Se ve que se ama bastante. Y se nota que lee la Biblia, porque bien que sabe aplicar aquello de «ojo por ojo, diente por diente».

Au revoir!

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