Desde la redacción

Boris y sus cuernos

¡Queriditos! Una vez más me encuentro en la «Ciudad-Chisme»… perdón, en la «Ciudad Luz», donde los escándalos jamás se agotan.

¡Queriditos! Una vez más me encuentro en la «Ciudad-Chisme»... perdón, en la «Ciudad Luz», donde los escándalos jamás se agotan.

París, Francia, invierno de 1947.

Me proporcionaron la más reciente novela del patafísico escritor Boris Vian, y está realmente rarita, así como surrealista. Fíjense que a uno de los personajes le salen nenúfares en los pulmones... ay, Boris, quién sabe qué estabas fumando mientras escribías La espuma de los días, lo que sí es verdad, es que te encontrabas bastante triste.

Y no me extraña nada, pues lo que le hicieron a este músico, actor y escritor de 27 años... mis amores, eso se llama traición. Fíjense, les cuento desde el principio: hace poco más de un año, Boris y su esposa, Michelle L'Eglise, conocieron a la pareja de intelectuales existencialistas de moda: Jean-Paul Sarte —autor de la novela La náusea— y Simone de Beauvoir. Desde el primer encuentro se cayeron todos muy bien, así que empezaron a salir juntos a reuniones, a tomar café y a visitar los antros más underground del intelectual y artístico barrio de Saint-Germain-Des-Prés.

Reconociendo su talento, Sartre y Simone invitaron a Boris a colaborar en su revista Les Temps Modernes. Con lo que no contaban, es que Vian no está interesado en afiliarse a ningún partido ni respeta preferencias políticas, no es ni existencialista ni marxista, y prefiere ir por su propio camino, así que en sus «Crónicas de un mentiroso» agarraba parejo y hasta ¡criticaba las tendencias de izquierda de la revista! Ni modo, Sarte tuvo que dejar de publicarle.

El caso es que entre tanta convivencia e intimidad, fue surgiendo algo más que una amistad entre Sartre y Michelle: terminaron enredados en un affaire tal que, cuando Boris se dio cuenta de que su mujer le ponía el cuerno con su «amigo», tuvo varias reacciones —no me pregunten en qué orden, pero las tuvo—: se entristeció, se encoraginó, se fue a revolcar con algunas bailarinas de ciertos lugares poco recomendables y se puso a escribir un libro, justamente La espuma de los días, donde se burla con saña de un filósofo llamado Jean-Sol Partre —¿les suena?—, autor de un libro llamado El vómito —¿les suena?— a quien idolatran como un ídolo, pero que en realidad es un fraude.

Lo que yo de veras no entiendo es qué le ven a Jean-Paul Sartre las chicas: es chaparro como un tapón, rara vez se baña, un ojito se le va de lado, usa lentes de fondo de botella y encima... ¡es rojillo y ateo! Pero, qué bárbaro, tiene tanto pegue que hasta hizo un trato con la Beauvoir —su compañera de vida—, de que cada uno puede acostarse con quien se le pegue la gana y, el otro, no sólo se hace de la vista gorda, sino que hasta convive felizmente con los amantes del otro. ¡Háganme favor! Ellos les dicen «amores contingentes», yo los llamo «gente que no tiene vergüenza».

El caso es que, por ahora, así están las cosas, muy al estilo francés. Todos se siguen llevando muy bien: mientras que Jean-Paul y Michelle se entregan a su pasión, Boris y Simone andan muy amiguis, pero eso sí, Michelle y Boris se la viven de pleito y no me extrañaría nadita que cualquier día se pidan el divorcio el uno al otro. Después de todo, el gran amor de Boris nunca ha sido una mujer, sino algo más intangible y perdurable: siempre ha sido el jazz.

Au revoir!

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