Desde la redacción

Alexander Graham Bell, ladrón de inventos

Pues qué les cuento, chicos y chicas, me encuentro en una ciudad súper moderrrrna y muy industriosa, donde justamente está ocurriendo un escandalazo de esos que me encanta platicarles.

Pues qué les cuento, chicos y chicas, me encuentro en una ciudad súper moderrrrna y muy industriosa, donde justamente está ocurriendo un escandalazo de esos que me encanta platicarles. Los neoyorkinos estuvieron muy pendientes de cierto juicio que duró varios meses y, al parecer, por fin ha terminado, sólo que muy pocos han quedado satisfechos con el final de esta especie de telenovela.

Resulta que —para empezar por el principio— el 28 de diciembre de 1871, un inventor de origen italiano llamado Antonio Meucci registró un objeto llamado teletrófono, que era, según él, un telégrafo parlante. A este hombre de 63 años y larga barba blanca se le había ocurrido hacer el aparato porque su esposa padecía reuma y no se podía mover, así que por medio del dichoso teletrófono podría llamar a su marido hasta la parte de la casa donde se encontrara. Ay, pero qué romántico y práctico salió don Antonio, ¿no es así?

Pues bien, Meucci renovó su patente por dos años, pero al tercero, por problemas económicos —le faltaban solamente ¡diez dólares! para completar la cifra—, no pudo hacerlo. Llegamos entonces al año 1876, cuando el muy renombrado inventor y empresario Alexander Graham Bell registró la patente del teléfono que, curiosamente, tenía mucho parecido con el teletrófono de Meucci.

El teléfono de Bell se hizo famosísimo y le hizo ganar fama y fortuna. Pero cuando Meucci se enteró de esto, consideró que Graham Bell le había robado su invento, así que montó en cólera y lo demandó en 1886. Pero don Alexander es muy poderoso y tiene unos abogados buenísimos que «misteriosamente» lograron que la patente del teletrófono de Meucci desapareciera, así como así, de modo que el pobre hombre no tenía manera de comprobar que el potentado Bell lo había estafado.

Aunque un juez ha terminado por declarar que posiblemente Meucci sea el verdadero inventor de este aparato que está tan de moda, oséase, el teléfono, la duda queda en el aire y los corrillos en Nueva York se la pasan chismeando: que si Graham Bell es un ratero de inventos, que si Meucci es un viejo loco que se puso con Sansón a las patadas y otras cosillas por el estilo.

Yo no sé si Bell habrá robado a Meucci, pero lo cierto es que esta demanda no es la única. Un montón de inventores han reclamado ser los verdaderos creadores del aparato telefónico, ¿quién fue el primero? A estas alturas del partido nadie lo sabe, pero este invento sí que es muy útil, sobre todo, cuando de echar chisme se trata.

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