Desde el palco

El Porvenir

Nuestro presente es una construcción incesante al futuro, pero no percibimos su llegada como el cataclismo arrollador que esperamos, es más, ni siquiera reparamos en el momento que llega.

Es justo esa dinámica quietud la que invade L’ Avenir, el más reciente filme de la otrora crítica cinematográfica cahierista Mia Hansen Love quien retoma tintes de cálido humanismo tras el pegajoso beat de su película Eden (2014).

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En el filme, Nathalie, una maestra de filosofía –interpretada por una gran actriz llamada Isabelle Huppert– sufre una delicada crisis familiar y comienza a experimentar una serie de cambios de una magnitud que sólo el espectador puede apenas alcanzar a percibir sus dimensiones, mientras que Nathalie y quienes la rodean simplemente continúan con naturalidad frente a la cámara de Hansen Love.

El director construye un filme de sofisticada cadencia en el que los grandes cambios son minúsculos, planteando una distorsión de la perspectiva vital más amplia.

Influenciada sin duda por los trabajos del gran estudio Films du Losange, que albergó al gran Barbet Schroeder –Maitresse, 1978– y por supuesto al gran maestro galo Eric Rohmer, particularmente el de filmes más tardíos como Pauline en la playa (1983) o Le rayon vert (1987), Hansen Love pone a su protagonista al centro de una hecatombe controlada, tanto que es casi imperceptible.

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No haciendo uso del melodrama y sus habituales artimañas, la cineasta sortea inteligentemente la mundanidad con un rico contexto filosófico, que emula al prodigioso uso que Rohmer hace de Pascal en Ma nuit chez Maude (1969).

Haciéndose acreedora al Oso de Plata en la pasada edición de la Berlinale, el filme no tendría la misma fuerza sin la presencia de Isabelle Huppert, quien le da al personaje de Nathalie matices inesperados, más allá de la fuerte y reconocible presencia fílmica de la diva francesa. El orgullo de Nathalie es silente, potenciado por el gesto adusto de la Huppert, cuyos rasgos gradualmente se van suavizando a medida que el filme pasa y deja de lado la estimulante discusión filosófico para acceder a un nivel de práctica como la que lleva su alumno Fabien –Roman Kolinka.

Desde la muerte de su dependiente y galantemente rastrera madre Yvette –la leyenda Edith Scob– hasta la infidelidad marital, pasando por los cambios en el mundo editorial en el que se Nathalie se desenvuelve.

Hansen Love nos hace sentir el porvenir en cada cuadro de su delicado opus, pero no como un cisma sino como un pequeño salto, como aquel que da un gato negro en un arbusto antes de desaparecer completamente de la vista. Gentil y misterioso futuro.

 

 

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