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Desde el palco

El libro de la selva (2016)

Después de 50 años del estreno de la adaptación de Rudyard Kipling en cines, esta vez vuelve con imágenes generadas por computadora e increíbles efectos especiales.

La casa Disney, titán en el mundo del entretenimiento, ha generado una rentabilidad impresionante rescatando su vasto catálogo de «Clásicos», haciendo alusión a todas esas películas animadas que pretenden reestrenar en cines, reciclando personajes para una jugosa franquicia de videojuegos –Infinity–, o actualizándolas en versiones live action para nuevas audiencias.

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Esta estrategia, que comenzó con Alicia en el país de las maravillas (2010) y Maléfica (2014), ha alcanzado una cima visual con el presente logro de Jon Favreau (Iron Man, 2008) en el reciente estreno de El libro de la selva, la cual presume de apegarse aún más a la novela homónima de Rudyard Kipling que en el filme animado de 1967.

El relato presenta al pequeño Mowgli (Neel Sethi), un cachorro humano que ha sido criado por una manada de lobos y que debe enfrentarse a la amenaza de un resentido y feroz tigre llamado Shere Khan (Idris Elba), con la ayuda de Bagheera (Ben Kingsley), una noble pantera, y Baloo (Bill Murray), un carismático y cábula oso.

Al momento de dar vida al personaje de Rey Loui, el orangután con gusto por el Jazz, se dieron cuenta que esta especie –Gigantophitecus– se extinguió hace más de 100 mil años.

Favreau es un consumado artesano y hábil narrador del cine. En este trabajo nos presenta una versión que retoma la densidad de los temas de la obra de Kipling, al tiempo que juega con guiños y referencias al primer filme que Disney presentó de esta historia. Aquí vienen involucrados los acostumbrado temas de la familia, el sacrificio del hijo anómalo, así como la colectividad y cooperación de los habitantes de la selva –al son de «Busca lo más vital» o «Quiero ser como tú»–, envueltos en una panacea de sofisticado realismo fotográfico.

Con envidiable solvencia, Favreau ofrece un filme que abarca varios géneros sin saturarlo, a través de imágenes impresionantes que en su mayoría fueron creadas digitalmente, y que nunca caen en la tentación de ser exageradas –como creo que ha ocurrido en otros blockbusters como Transformers, o Batman V Superman–; por lo cual quizá rebasan la fantasía utópica de James Cameron en Avatar (2009), que a pesar de su colosal éxito, ha sido incapaz de trascender en la cultura popular.

Para la filmación de esta película se empleó una técnica similar a la de Avatar, con la captura de movimiento de los actores en diferentes momentos de la historia.

Sin duda, un gran atractivo para las audiencias globales, así como las locales, recae en el desempeño de los actores que prestan sus voces. En su versión en inglés destacan la intimidante presencia de Idris Elba como Shere Kahn, el letalmente seductor tesón de Scarlett Johansson como Kaa, y la tétrica simpatía de Christopher Walken como El Rey Louie. En su doblaje al idioma español destacan la presencial voz de Enrique Rocha como Bagheera, Regina Orozco, salvajemente maternal como Raksha. Héctor Bonilla hace su mejor esfuerzo, pero Tin Tan como Baloo es simplemente indeleble.

Sin embargo, el éxito del filme deja ciertas cuestiones que merecen discutirse, particularmente en torno a lo que percibimos como «real». La jungla digital de Favreau es tan emocionante como afectuosa, entretenida como pensante y tan real como ilusoria. Busca lo más vital en lo más artificial.

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