Desde el palco

El abrazo de la serpiente

La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas la colocó entre las cinco mejores películas extranjeras. No ganó, pero hizo historia en los Oscar. 

En su libro El Antropólogo Inocente, el célebre etnógrafo Nigel Barley demostraba, haciendo gala de un sofisticado humorismo, que no existe, y probablemente no existirá, un método preciso y objetivo para acercarse a una cultura completamente ajena.

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Es esta inocencia, o más bien venturosa ingenuidad, la que mueve a dos científicos en dos momentos distintos –un etnógrafo alemán que busca curarse de una terrible enfermedad y un botánico estadounidense– a adentrarse en el Amazonas para buscar la planta sagrada yakuruna, apoyándose en la guía y sabiduría del voluble Karamakate, miembro solitario de la comunidad amazónica.

De esta experiencia trata el más reciente filme del cineasta colombiano Ciro Guerra: El abrazo de la serpiente (2015), parcialmente basada en los diarios de Theodor Koch-Grunberg.

El extraño siempre será extraño, aún cuando se deje inundar por lo local, su herencia es inamovible y su visión del mundo profundamente arraigada.

Después de mostrar el épicamente intimo viaje del acordeonista colombiano Ignacio Carrillo en el filme Los viajes del viento (2009), en el que ya desplegaba un agudo sentido visual fuertemente influenciado por la obra de fotógrafos como Sebastiao Salgado, lo afina aún más para conformar impresionantes y prístinas imágenes del Amazonas. Una película aséptica, si se quiere decir, en comparación al rudo naturalismo que mostró Werner Herzog en Fitzcarraldo (1982), la obra cumbre sobre la obsesión y la locura.

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Guerra toma inspiración también sin duda de la obra cumbre del escritor Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas, al tiempo que logra mantener un delicado equilibrio entre lo sombrío y lo cotidiano, sin abusar ni explotar cualquier tipo de exotismo etnocéntrico, ni siendo abrumadoramente solemne.

La participación de las comunidades indígenas del Amazonas es primordial en este filme que pretende mostrar su idiosincrasia.

El cineasta colombiano se apoya un sólido desarrollo de personajes y una narrativa elegantemente ejecutada, armada en un ágil montaje a dos tiempos –40 años de distancia–. La fotografía, toda su extática propuesta visual en la que destaca un viaje psicodélicamente simbólico causado por la planta yakuruna, se acompaña de un ensamble actoral con fascinante carisma.

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El título proviene de la cosmogonía amazónica sobre un relato de cómo una enorme serpiente descendió de los cielos durante la creación del mundo, llevando en su escamosa piel todo el conocimiento, tradición y recónditos secretos que las comunidades amazónicas poseen, y que el hombre blanco, desde hace siglos anhela poseer; pero domar una serpiente que aun en toda su efusividad es letal, se convierte en una constrictora y atractiva tentación.

Checa aquí el tráiler:

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