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Desde el palco

Casa Roshell

Jugando entre la realidad y la ficción, Camila José Donoso explora a la comunidad transexual en su segunda producción, construida al compás de la música de arrabal.

Como una presencia indiscreta, la cámara se envuelve en el agitado vaivén de la utópica Casa Roshell. Una voz premonitoria al fondo canta «Y si acaso te hiere el dolor, ha de ser de no verme. Porque al fin tus ojos, me los llevo yo», asemejando el azaroso destino de todo aquel que visite este centro nocturno, que, además de los tragos y arrebatos de pasión, sirve como un refugio para la comunidad trans.

Sin intención de instalarse en el cine documental, Camila José Donoso incursiona por segunda vez en la pantalla grande con una entrega arriesgada que pretende cimentar un nuevo género cinematográfico: la trans-ficción que, en palabras de Roshell Terranova –protagonista de la cinta y administradora del lugar—, es un término que se ha acuñado para designar a las producciones que retratan a la comunidad transexual.

Al ritmo del bolero y el arrabal, en Casa Roshell los personajes sobresalen como miradas entre las sombras.

La cinta, que aborda lo prohibido y lo incómodo, se cobija en la ficción para introducir diálogos construidos y premeditados, pero no por eso menos auténticos o sinceros; más bien, expone aristas sensibles para la sociedad como la identidad sexual y los prejuicios que la rodean.

Casa R

De esta manera, la directora chilena experimenta con la periferia que separa a la realidad y la ficción: a cuadro, aparecen personas reales, de carne y hueso, miembros de la comunidad trans, cuyos sueños y anhelos quedan plasmados disimuladamente en los 71 minutos del metraje.

Las medias, los vestidos y las pelucas no son artífices, son una extensión de aquello que representa su identidad, dentro y fuera de la pantalla.

A través de diversos actos de performance y diálogos cargados de improvisación, el elenco del filme hace evidente que no se trata de una invención, sino de una radiografía de las vicisitudes a las que se enfrentan día a día. Pequeñas batallas que combaten con su entorno y, sobre todo, en la íntima cotidianidad que se ha convertido ya en una revolución.

Como si se tratara de una película del cine negro, Donoso inserta momentos de intimidad en donde la presencia de un espejo posee un papel medular, funciona como un juego constante entre la otredad y la identidad. Asimismo, esta articulación también funciona para simbolizar la doble moral que se encuentra innegablemente ceñida al machismo que permea la sociedad mexicana.

Al aplicarse el maquillaje, arreglarse el pelo, ponerse un par de medias, su reflejo se incrusta como un punzante recordatorio de lo pasajero, de que afuera de este oasis aquellos hombres que bailan al ritmo del Grupo Cañaveral tienen que regresar a su cotidianidad en donde fungen como padres, esposos, arquitectos o doctores.

Una de las vertientes más potentes en esta docu-ficción es la confrontación de estereotipos que se logra al explorar diversos mecanismos internos en la cotidianidad de los protagonistas: su relación conyugal, sus deseos de encontrar el amor, sus anhelos y miedos. Así, Donoso construye una obra que, a partir de una estructura visualmente sencilla, logra desmenuzar ciertos aspectos entrañables de esta comunidad.

En la Casa Roshell, hay “otro tipo de mujeres” –como se les define en la cinta—, pero también existe algo más allá de los superfluo, es un lugar que se aleja de las reglas impuestas por el deber ser, es un sitio donde la esencia de cada persona reluce y se celebra porque, aunque sea por un par de horas a la semana, los turistas de este refugio pueden transmitir la feminidad excitada por salir, esa delicadeza que esconden detrás de cada recubrimiento.

Casa Roshell forma parte del 37 Foro de la Cineteca Nacional.

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