#94 Del mes

Spam

Todo comenzó en 1937, poco tiempo antes de que empezara la II Guerra Mundial, cuando la empresa de cárnicos estadounidense Hormel Foods puso en venta la carne enlatada Spam —de la contracción de spiced ham—…

En 1994, tuvo lugar el primer caso de spam comercial: una pareja de abogados que usó el servicio de envío masivo de correos para promover sus servicios. A partir de entonces, a estas prácticas de «envío múltiple, excesivo e innecesario» se les llamó spamming, y a este tipo de correo se le llamó spam.

Pero, ¿cómo se llegó a esto? Todo comenzó en 1937, poco tiempo antes de que empezara la ii Guerra Mundial, cuando la empresa de cárnicos estadounidense Hormel Foods puso en venta la carne enlatada Spam —de la contracción de spiced ham—, una variedad de carne de cerdo a la que se agrega sal, agua, azúcar y nitrito de sodio.

Durante la guerra, este producto fue primordial para alimentar a los ejércitos estadounidense y soviético, porque su empaque práctico aseguraba su conservación; al principio los soldados los recibían emocionados, mientras gritaban a coro «¡Spam, Spam, Spam!».

Sin embargo, llegó el momento en que estaban «hartos de recibir Spam» en los contenedores de alimentos que arrojaban los aliados desde los aviones, al punto de que, al no tener más opción, decían «nos tocó puro Spam» para expresar su descontento. No obstante, el mismo Winston Churchill llegó a afirmar que, de no haber sido por el Spam, los ejércitos habrían muerto de hambre durante la guerra.

Durante los años 50, la marca Spam se comercializó en el mundo occidental. Así, para los años 60, el grupo cómico británico Monty Python aprovechó esta invasión del producto para burlarse de la carne enlatada: en una escena de su programa de televisión, una pareja desciende en una cafetería llena de vikingos y preguntan a la cocinera cuál es el menú. Ella responde «Huevos con tocino; huevos, salchicha y tocino; huevos con spam; huevos, salchicha, tocino y spam; spam, tocino, salchichas y spam; spam, huevos, spam, spam…». Además, a la menor provocación, los vikingos comenzaban a cantar a coro «Spam, spam, spam, querido spam, maravilloso spam».

Para los años 80, al inicio de la era de Internet, el término se adoptó para describir a un grupo de usuarios abusivos de servicios de boletines o videojuegos de rol en línea, que tecleaban la palabra spam hasta inundar la pantalla; más tarde, en los primeros chat rooms —sitios virtuales de conversación abierta en línea—, la abarrotaban con citas a la escena de Monty Pyhton y, más tarde, con imágenes en código que, en los años de las conexiones telefónicas al Internet, podían tomar horas en cargarse. Hoy nunca falta el bonito pariente, la bonita amistad, que nos satura el correo con la cadena o diapositivas del día del amor, de la madre, de «Dale clic si te gusta ser besado...» y un sinfín de correos estorbosos que, como en el corto de los Python, siempre aparecen en cualquier menú. Pero en fin, que viva el spam, porque si no, no tendríamos de qué hablar en esta ocasión.

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