#97 Algarabía Del mes

¿Qué pasó con los taínos?

Desde hace muchos años se creía que la tribu indígena que recibió a Colón cuando llegó a América estaba extinta. Pero una investigación reciente ha revelado información sorprendente.

Desde hace muchos años se creía que la tribu indígena que recibió a Colón cuando llegó a América estaba extinta. Pero una investigación reciente ha revelado información sorprendente.

Si alguna vez ha remado en una canoa, tomado una siesta en una hamaca, fumado tabaco o rastreado el paso de un huracán en el océano Pacífico, entonces le ha rendido tributo a los taínos, los indígenas que crearon esas palabras mucho antes de que le dieran la bienvenida a Cristóbal Colón al Nuevo Mundo en 1492.

El mundo de los taínos tuvo sus orígenes entre las tribus arawak del delta del Orinoco, y se esparció gradualmente de Venezuela a las Antillas, iniciando su viaje y asentamiento en el año 400 a.C. Los taínos se mezclaron con los pueblos establecidos en el Caribe y desarrollaron comunidades autosuficientes en la isla de La Española —que hoy alberga a Haití y la República Dominicana—, en Jamaica, el este de Cuba, Puerto Rico, las Islas Vírgenes y las Bahamas. Cultivaron yuca, camote, maíz, frijol y otras cosechas mientras su cultura florecía, pero alcanzaron su máximo esplendor al momento de entrar en contacto con los europeos.

Una población organizada

Algunos expertos estiman que la población de taínos pudo llegar a los tres millones en La Española a finales del siglo xv, con pequeños asentamientos en otras partes del Caribe. La cantidad que haya sido, los asentamientos taínos descritos por cronistas españoles estaban densamente poblados, bien organizados y muy dispersos. Los taínos eran personas muy creativas que aprendieron a colar cianuro de la yuca, desarrollaron gas pimienta para aplicaciones bélicas, crearon una extensa farmacopea a partir de la naturaleza, construyeron canoas de más de 100 remos para navegar en mar abierto y jugaban con pelotas de goma, lo que fascinó a los europeos que veían este material por primera vez.

Aunque nunca desarrollaron un lenguaje escrito, hicieron cerámica exquisita, tejieron intrincados cinturones con algodón teñido y grabaron imágenes enigmáticas en madera, piedra, concha y hueso. Los taínos impresionaron a Colón con su generosidad, lo cual pudo haber contribuido a su perdición: «Te darán todo cuanto poseen a cambio de lo que sea que les des, intercambiando incluso pedazos de vajilla rota», anotó al conocerlos en su llegada a las Bahamas en 1492.

Al poco tiempo, Colón estableció la primera colonia americana en La Isabela, en la costa norte de La Española, en 1494. Después de un corto periodo de coexistencia, las relaciones entre los nativos y los recién llegados se deterioraron. Los españoles sacaron a los hombres de sus aldeas para ponerlos a trabajar en minas de oro y plantíos coloniales. Esto impidió a los taínos plantar los cultivos que los habían alimentado durante siglos. Empezaron a morir de hambre; varios miles cayeron presa del sarampión, la viruela y otras enfermedades europeas a las cuales no eran inmunes; algunos cometieron suicidio para evitar ser subyugados; cientos murieron luchando contra los españoles, mientras muchos más huyeron de las colonias a zonas más remotas.

Es posible que casi tres millones de almas —85% de la población taína— haya desaparecido para principios de 1500, de acuerdo con una polémica extrapolación de registros españoles. A medida que desaparecía la población indígena, también lo hacía el taíno como lengua viva. La confianza que le tenían los indígenas a íconos benéficos conocidos como cemís, dio paso al cristianismo, así como sus ceremonias cohoba inducidas por alucinógenos, que se creía ponían al chamánen contacto con el mundo espiritual. Sus jefaturas regionales, cada una dirigida por un líder conocido como cacique, se desmoronaron. Sus campos de pelota se convirtieron en maleza.

Conoce más sobre la presencia taína y su ubicación en Algarabía 97, dedicada a la invención del Nuevo Mundo.

Robert M. Poole es escritor, editor adjunto de la revista Smithsonian y colaborador del New York Times y el Washington Post. Durante 21 años fue editor ejecutivo de National Geographic.

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