#99 Del mes

¿Por qué no puedo cumplir mis propósitos?

Enero es el mes de los propósitos: los gimnasios están repletos por una semana, la gente se pone a dieta o se inscribe en programas de control de peso, y algunos limpian a fondo su casa por primera vez en años.

Enero es el mes de los propósitos: los gimnasios están repletos por una semana, la gente se pone a dieta o se inscribe en programas de control de peso, y algunos limpian a fondo su casa por primera vez en años. En este mes nos comprometemos a convertirnos en quienes deseamos ser: esbeltos, limpios y puntuales.

Por desgracia, no pasa mucho tiempo antes de que las escaladoras se queden una vez más abandonadas, las camisas sucias se amontonen en el rincón del clóset, nos demos atracones de pizza y cerveza, y ni hablar de la promesa de convertirnos en personas más dulces y amables.

En otras palabras, los hábitos humanos son difíciles de erradicar, lo cual ayuda a explicar por qué —según una encuesta realizada en el 2007 por el psicólogo británico Richard Wiseman— 88% de los propósitos terminan en el fracaso.

La razón por la cual nuestros buenos propósitos terminan de manera tan funesta es el hecho más importante acerca de la fuerza de voluntad: que es increíblemente débil.

Una cuestión de voluntad

Considere el siguiente experimento: Baba Shiv, economista conductual de la Universidad de Stanford, reclutó a varias docenas de pasantes y los dividió en dos grupos; al grupo a se le pidió que recordara un número de dos dígitos, y al grupo b, uno de siete; después, condujeron a los pasantes por un pasillo para que seleccionaran una de dos opciones para comer: una rebanada de pastel de chocolate o un tazón con ensalada de frutas.

Y entonces es cuando las cosas se ponen raras: los estudiantes que debían recordar siete dígitos fueron casi dos veces más propensos que los otros a elegir el pastel. Según Shiv, la razón radica en que los números adicionales ocupan un valioso espacio adicional en el cerebro —son una «carga cognitiva»—, que hace mucho más difícil resistirse a un postre tentador. En otras palabras, la fuerza de voluntad es tan débil, y la mente consciente tan sobrecargada, que bastan cinco datos adicionales para que el cerebro no pueda resistirse a un pedazo de pastel.

Esto explica por qué, después de un largo día en la oficina, somos más propensos a consentirnos con un litro de helado. De hecho, en un estudio desarrollado en la Universidad de Michigan se descubrió que el simple acto de caminar por una calle transitada es suficiente para debilitar nuestro autocontrol. Un cerebro cansado, preocupado por sus problemas y derrotado por el mundo, no podrá resistirse mucho a un antojo, incluso cuando lo que quiere no sea realmente lo que necesita.

El problema es que el mero hecho de someterse a una dieta hace aún más difícil el resistirse a la tentación. Durante un experimento en 2007, el psicólogo Roy Baumeister sometió a sus alumnos a un ejercicio de atención: tenían que ver un aburrido video en el que aparecían unas frases en la parte inferior de la pantalla, y debían esforzarse en no leerlas; como parte del ejercicio, los alumnos bebían un vaso de limonada: la mitad con azúcar, y la otra con sustituto. Los resultados del control mostraron que los logros del grupo que ingirió sustituto de azúcar fueron consistentemente peores. La falta de azúcar en su corteza prefrontal, el «músculo neural» de la fuerza de voluntad, hizo aún más difícil el esfuerzo de atención.

Conoce más sobre los castigos y recompensas que acompañan a los propósitos de fin de año en Algarabía 99.

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