#103 Algarabía Del mes

Historias de alcoba: el origen de la intimidad

Desde el parto hasta la muerte, las alcobas son el escenario en el que pasamos casi la mitad de nuestra vida.

Desde el parto hasta la muerte, las alcobas son el escenario en el que pasamos casi la mitad de nuestra vida. ¿Por qué se convirtieron en el espacio idóneo para el reposo, el amor, la enfermedad, el insomnio, y un sinfín de etcéteras que transitan del placer a la agonía? He aquí una aproximación a su historia y por qué en ellas surgió la intimidad.

Escribir una historia de los espacios sería, al mismo tiempo, una historia de los poderes.
Michel Foucault

mayo de 1682, Versalles, Francia

A más de 20 años de que Luis xiv ordenara construir el palacio más fastuoso de Europa, al fin ha decidido establecer aquí su residencia y, con ella, la capital de Francia.

Además de sus enormes dimensiones y de contar con el diseño más exquisito que se ha visto jamás, Versalles, a diferencia de otros palacios en el mundo, tiene algo inusual: todo parte desde la habitación del rey.1 La mayoría de las referencias históricas de este artículo están sustentadas en la investigación de Michelle Perrot, disponible en el libro: Historia de las alcobas, México: fce, 2011.

Luis xiv pidió que su dormitorio fuera el «centro» de su reinado —literalmente— para vigilar de cerca a su corte —casi 20 mil personas—, a la que de inmediato controló por medio de un complejo protocolo de moda y comportamiento.2 v. Algarabía 67, abril 2010, IDeas: «La opulencia, invento francés»; pp. 110-117.

Hasta entonces, todos los palacios y fortalezas tenían como punto central una capilla o un templo religioso. Que Versalles haya tenido como «eje» la recámara del rey, no sólo marcaba un cambio en los cánones arquitectónicos, sino que ubicaba al dormitorio como punto nodal de la vida.

Del individuo cívico al ser interior

Aunque las primeras evidencias de la «vida íntima» se remontan a la Edad Antigua, ésta era vista con cierto desprecio. Los helénicos llamaban «idiota» —del griego ἰδιώτης, idiótes— al «hombre privado que no se interesaba por los asuntos públicos». En la antigua Grecia, no había separación entre lo público y lo privado, por ello, los aspectos familiares y personales quedaban relegados por el Estado y sus leyes.

En el mundo romano el desarrollo de la vida privada adquirió más relevancia —de ahí el origen del Derecho romano, que indicaba cómo debían relacionarse los ciudadanos—, pero con énfasis en la protección de la propiedad privada —en la que se incluían por igual parcelas, animales y casas, hasta esclavos y gladiadores—, para asegurar el cumplimiento de la ley y el orden público.

Entre el fin del Imperio romano y el año 1000, el cristianismo transformó las leyes y la ideología del mundo occidental en función de la fe. Para entonces, la intimidad estaba vinculada con la sustancia del alma: «Cuando ores, entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora a tu padre que está en secreto», como dicta san Mateo (6:6) en su Evangelio.

La relación íntima entre el ser humano y el Ser Supremo determinó el pensamiento de la Edad Media: la filosofía escolástica determinó que los mayores bienes están dentro de cada persona —el alma, la conciencia— y que éstos son eternos y únicos, pero susceptibles de condenarse a una «eternidad de tormentos» —el Infierno— si se sucumbía al pecado. Para san Agustín, la vida íntima de las personas iba a la par de su desarrollo espiritual.

Antes de la Ilustración, el concepto de intimidad era desconocido para la mayoría; por ejemplo, los monarcas debían ser acompañados por alguien de su corte para dormir, tener sexo o incluso para sus necesidades fisiológicas

Con el auge del sistema feudal, los individuos vivían en una sociedad en la que los espacios íntimos eran casi inexistentes; por ejemplo, en los castillos no había dormitorios: el señor feudal y su familia dormían en una misma habitación llamada solana, situada junto al salón principal donde, luego de la cena, los criados retiraban las mesas y extendían colchones rellenos de paja para dormir. El resto de los sirvientes dormía en su mismo lugar de trabajo.3 v. Algarabía 89, febrero 2012, Ideas: «Castillos: emblema del poder medieval»; pp. 82-101.

La cámara real

En la Antigüedad, la «cámara» —del latín camăra, y éste del griego καμάρα, ‘bóveda’— era un área de reposo para los «camaradas» —grupo de soldados que comen y duermen juntos—, es decir, un cuartel militar. Herodoto describió la camera como un «carruaje cubierto que llevaba una especie de tienda de campaña o habitación cerrada en que los babilonios ricos se desplazaban». Con un sentido análogo, se llamaba camera a las «cabinas redondeadas y en forma de cuna, que se alzaban en la parte posterior de ciertas naves antiguas para transportar a personas distinguidas».

En el mundo latino, la cámara sirvió para definir a los techos abovedados. En cambio, para designar al lugar apropiado para el retiro, el reposo o el amor, los latinos usaban la palabra cubiculum.

En la Encyclopédie de Diderot y D’Alembert se lee: «Son muy pocos los términos que tengan tantas acepciones como la palabra habitación». Por ello, Diderot le pidió al arquitecto Jean-François Blondel que explicara sus variantes —la del trono, la cámara «adoselada», el salón del consejo, el comunal, etcétera—. De estas acepciones surgió el concepto de «dormitorio», que Blondel definió como: «pieza de la casa destinada al sueño; después se la denomina según la dignidad de las personas que la habitan y la decoración con se las haya dotado».

Descubre cómo fue que el concepto de intimidad surgió de las alcobas en Algarabía 103.

El autor de este artículo cree que no existe lugar más indispensable en el mundo que una habitación propia pues, no sólo sirve para reflexionar o desinhibirse, sino para forjarse una identidad. Sígalo en Twitter como @alguienomas

Presentamos una galería de imágenes sobre alcobas en el arte.



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