#100 Algarabía Del mes

La ciudad más…

La ciudad más interesante, la que de verdad nunca duerme, tema de novelas, cuentos, pinturas y esculturas; inspiración de poetas, sueño de muchos, pesadilla de otros tantos: eso es México, la ciudad más… ¿más qué? Más todo.

No nos une el amor sino el espanto, será por eso que la quiero tanto.

«Buenos Aires», Jorge Luis Borges

México de mis recuerdos, México de mis amores, México nuevo y viejo, México tradicional y de vanguardia, México de hoy y de mañana, México de día y de noche, el del tráfico y el tránsito, el de la nota roja, el del augurio y la crónica, el del metro y el carrazo, el del Tenampa y Lagunilla mi barrio, el de Los olvidados. México de Tlaxcoaque, La Villa, Xochimilco y Azcapotzalco, pero también el de Santa Fe, Las Lomas, Polanco y San Ángel. El México que alberga un Palacio negro —Lecumberri—, pero también un Palacio de Bellas Artes; un Bordo de Xochiaca y una Torre Latinoamericana; así como una Candelaria de los Patos, pero también la plaza de toros más grande del mundo.

La ciudad más prolífica, la más interesante, la que de verdad nunca duerme, tema de novelas, cuentos, pinturas y esculturas; material para miles de noticias, escenario y guión de cine, inspiración de poetas, sueño de muchos, pesadilla de otros tantos; ciudad de clases y castas, de confluencia y centralismo, de amor y desamor: eso es México, la ciudad más... ¿más qué? Más todo.

Nací en la Ciudad de México y mis padres también. He pasado toda mi vida en ella y cada día me gusta más. Obviamente esa ciudad en la que yo crecí era muy distinta a la que hoy en día vemos: una ciudad de los años 70, que había visto épocas de gran esplendor unas décadas antes y que recién había vivido su cenit con los Juegos Olímpicos y el Mundial de Futbol que vieron surgir una ciudad preciosa, entrando a la modernidad, un lugar que, si bien ya no era la región más transparente del aire de la que habla el barón von Humboldt, todavía era vivible y transitable.

Crecí en la colonia Del Valle, a una cuadra de las oficinas de esta noble editorial. Me acuerdo de las calles vacías donde jugábamos futbol y bote pateado, de los anchos camellones con palmeras, de las caminatas a la paletería San José; de las idas a Chapultepec, a Coyoacán o al Centro con mi papá para ir a comer al Prendes o al Danubio. Me acuerdo del restaurante Torino —que era campestre aún— en plena calle de Xola, de los domigos silentes, de la Avalancha1 que bajaba por las calles sin coches, de poder andar en bici por aquí y por allá durante horas, y de los parques vacíos.

Me acuerdo de la colonia Condesa, que también era una colonia de clase media, donde vivían mis abuelos maternos; un barrio que ahora, 20 años después, ha cambiado radicalmente y está lleno de restaurantes, bares y antros —que ocupan el lugar donde antes se erigían grandes casas del tipo español californiano, construidas entre los años 30 y 40 del siglo pasado—, y que no es ni la sombra de la colonia tranquila que fue. Y de la colonia en donde vivían mis abuelos paternos: la Guadalupe Inn, en donde incluso jugábamos beisbol en la calle, porque no pasaba ni un alma; era una colonia hermosa —aún guarda un poquito de aquello— en la que todos se conocían.

Es cierto, la ciudad ha cambiado, nos ha rebasado, el crecimiento ha sido totalmente desorbitado y ha llegado a unos niveles casi absurdos: mucha gente, mucho tráfico, poco transporte público, demasiados puestos en la calle. Por eso cuando digo que la amo y soy feliz de vivir en ella, la gente me voltea a ver con cara de «¿qué te pasa?», y piensa que soy una loca, una masoquista o, con suerte, una idealista que no sabe lo que dice, porque el lugar común es quejarse de la contaminación, de la cantidad de coches que circulan por sus calles sucias, del horrendo paisaje urbano, de la falta de planeación, de los logros —como Santa Fe— que despuecito se convierten en fracasos. El lugar común es quejarse de la ciudad en general.

Es un hecho que la que fuera un día la Gran Tenochtitlan y la Ciudad de los Palacios, es hoy una de las ciudades más grandes y sobrepobladas del mundo; una mancha urbana gigantesca, amorfa y acéfala formada por colonias en decadencia —Juárez, Santa María la Ribera, Lindavista—, cinturones de miseria, oleadas de autoconstrucción e interés social por un lado y, por otro, barrios wannabe, suburbios de nuevo rico que emulan a los gringos —como si fueran dignos de emularse— y bastiones encarcelados, llenos de altos edificios y condominios horizontales «muy nice», en donde se resguarda la clase advenediza que intenta no mezclarse con lo que hay a su alrededor.

Todo lo que se dice del Distrito Federal es cierto, y muchos podrían decir que es la ciudad más fea del mundo, que se parece a El Cairo o a Nueva Delhi, y quizá tienen parte de razón; pero no es ni tanto ni tan poquito, porque el hecho de que tenga más de 22 millones de habitantes no es sólo producto de la casualidad, sino el resultado de que todo el mundo quiere o tiene que estar aquí. Por algo será, ¿no?

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