#100 Algarabía Del mes

Estampas defeñas

Una anécdota sobre El Caballito, obra de don Manuel Tolsá y otras estampas defeñas.

Por órdenes del rey Carlos iv de España, el 8 de noviembre de 1799, don Félix Berenguer de Marquina fue nombrado quincuagésimo quinto virrey de la Nueva España. Era un hombre honrado y valiente, con buena preparación, pero pocas aptitudes para los cargos de gobierno y —se decía— de corta inteligencia.

El suyo fue un virreinato fallido debido a las circunstancias políticas y al pésimo estado de la economía. Su única obra pública consistió en ordenar la construcción de una fuente... en un sitio en el que nunca hubo agua: su gran obra quedó reducida a baño público. Y esta actuación quedó para la posteridad en una inscripción en que la malicia popular añadió a la fuente: «Para perpetua memoria / nos dejó el virrey Marquina / una pila en que se orina / y aquí se acabó su historia».

El 9 de diciembre de 1803, después de siete años de trabajo, fue develada la estatua ecuestre de Carlos iv, obra de don Manuel Tolsá «el Fidias Valenciano» —conocida como El Caballito.

La multitud acudió al acto inaugural que fue encabezado por distinguidas personalidades: entre otros, el virrey Iturrigaray, el arzobispo Francisco de Lizana, y María Ignacia Rodríguez de Velasco —«la Güera» Rodríguez—, quien iba feliz del brazo del barón von Humboldt.

Después del júbilo y entusiasmo que se produjo con la develación, Humboldt alabó los méritos y la belleza de la obra. Ante un público fascinado, habló de las grandes estatuas ecuestres que había visto en sus andanzas por el mundo, en nada superiores a ésta del maestro Tolsá; alabó la sencillez armoniosa del pedestal que sustentaba el bronce heroico del monarca vestido —o mejor dicho, desvestido— a la romana y coronado por laureles.

Entonces, la perspicaz y suspicaz «Güera» Rodríguez vio en el caballo un defecto mayúsculo en el que nadie había reparado, ya que todo el mundo encontraba en el corcel, perfección en su punto y medida.

Con la mayor gracia del mundo dijo que «estaban a igual altura lo que los hombres, equinos y otros animales tienen a diferente nivel». Su experiencia personal le enseñó esto de los dídimos —gónadas o testículos—, detalle en el que no reparó el insigne Tolsá.

Cuando una obra vial o construcción de algún edificio, monumento o línea del metro provocaba una desviación entre terracería, baches y polvaredas, el abuelo de mi amigo Hugo, como un íntimo consuelo, siempre decía: «Qué bonito va a quedar México... ¡ahora que lo terminen!».

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