#100 Algarabía Del mes

El comercio en la Ciudad de México durante el siglo XIX

Ante la repentina necesidad de comprar un artículo específico, los capitalinos sabemos que en el Centro histórico podemos encontrar ese objeto preciso.

Ante la repentina necesidad de comprar un artículo específico, los capitalinos sabemos que en el Centro histórico —en sus calles, mercados, plazas y locales, mientras nos cansamos, nos «engentamos» y somos atropellados por los vendedores ambulantes listos a esconderse de las redadas— podemos encontrar ese objeto preciso: desde un vestido de novia hasta un broche para el pelo, desde lo más cotidiano hasta artículos que no sabíamos que podían existir. Éste es un breve recorrido por algunos de sus comercios emblemáticos.

El parián y el volador

Durante el siglo xviii y principios del xix, justo en la esquina del portal de Mercaderes y Diputación, que daba a la plancha que ahora conocemos como el Zócalo, se asentó el mercado el Parián —llamado así por su semejanza con un barrio cerrado que existía en Manila—, donde se podían adquirir todo tipo de mercancías. Construido a partir del año 1695 por el regidor Pedro Jiménez de los Cobos, consistía en dos edificios de dos niveles inscritos uno dentro del otro, y contaba con aproximadamente 130 establecimientos.

Los llamados «cajones», o locales de ropa del Parián, ponían a la venta los productos traídos desde China y Filipinas por la Nao de China —que desembarcaba en el puerto de Acapulco trayendo verdaderos tesoros: telas, encajes, perfumería, porcelana y diversas especias—, así como las mercancías que llegaban a Jalapa provenientes de Europa —principalmente de España— y que hacían las delicias de la alta sociedad novohispana.

Aunque el Parián representaba la mayor concentración de locales comerciales, y de las mercancías más finas, en el primer cuadro de la ciudad estaban diseminados negocios de diversa índole, con una oferta variada para una clientela heterogénea: todas las castas novohispanas convivían en estos comercios, que también fungían como lugares de convivencia y esparcimiento.

A pocas cuadras del Parián —en la esquina de las actuales calles de Venustiano Carranza y Pino Suárez—, en una plaza que tenía larga historia como lugar de comercio e intercambio desde antes de la Conquista, se montaba el tianguis El Volador, que podía levantarse en su totalidad para que el terreno tuviera otros usos. En ese mismo predio, Santa Anna comisionó al arquitecto español Lorenzo de la Hidalga para construir el nuevo mercado El Volador. Era el año de 1841.

De la Hidalga fue un egresado de la Academia de San Fernando y terminó de formarse en París como un arquitecto versado en las nuevas corrientes arquitectónicas que se basaban en el orden, la higiene y los adelantos tecnológicos. Gracias a estos estudios, conocía muy bien las nuevas tendencias de construcción que debían satisfacer las necesidades de la creciente población urbana: esparcimiento, comercio, salud y orden social. De esta forma, De la Hidalga erigió un edificio de trazado simétrico y ornamentación neoclásica, con 160 cajones que se distribuían a lo largo de dos ejes en intersección a modo de cruz; esta disposición hacía mas fácil la ventilación, limpieza y circulación.

Paralelamente, el Parián fue decayendo hasta que fue demolido en julio de 1843 por órdenes de Antonio López de Santa Anna, ya que representaba «un foco de contaminación e insalubridad», y estas condiciones no eran permisibles en una ciudad que entraba al progreso.

Encuentra la historia completa en Algarabía 100, dedicada a la Ciudad de México.

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