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El coleccionismo

por Antonio de Jesús Fuentes Ruiz El coleccionista tiene olfato de cazador, alma de policía, la objetividad de un historiador y la prudencia de un tratante en caballos. Maurice Rheims   Decía Ricardo Colina que la psiquiatría y la psicología denominaron «esquizofrenia convencional» al desdoblamiento forzoso de la personalidad; esto es, que todo ciudadano civilizado […]

por Antonio de Jesús Fuentes Ruiz

El coleccionista tiene olfato de cazador, alma de policía, la objetividad de un historiador y la prudencia de un tratante en caballos.

Maurice Rheims

 

Decía Ricardo Colina que la psiquiatría y la psicología denominaron «esquizofrenia convencional» al desdoblamiento forzoso de la personalidad; esto es, que todo ciudadano civilizado de cualquier país y régimen económico y social tiene dos yo: el del trabajo, de las relaciones sociales, obediente a los dictados de la conciencia, y el otro, el de la divina holganza, el creador, el rebelde, manipulado por el inconsciente: Dr. Jekyll y Mr. Hyde.[1] Este último es, sin duda, al que le da por coleccionar.

Al gusto de reunir objetos similares se le llama coleccionar. Este pasatiempo está explicado en la fascinación constante y la admiración que el coleccionista siente por los objetos, así como el placer de poseerlos, de saber que son suyos.

Se puede coleccionar todo tipo de cosas —por lo que el dinero no es indispensable, aunque siempre ayuda—, desde piedras o publicidad de refrescos, hasta las formas más extravagantes de arte: la satisfacción personal es la misma. Una colección se inicia casualmente, a veces por mero sentimentalismo —¡mira, yo tenía uno igual cuando era niño!—, como cuando uno conserva un recuerdo de viaje a través de alguna mercancía exótica, como un artículo religioso o hasta erótico. Otras veces, la colección comienza por el irresistible impulso de comprar algo que se considera bello o interesante, y cuando después aparece un objeto similar que causa el mismo efecto alucinante que el primero, ha nacido un coleccionista; luego se suman a este impulso nuevos ingredientes como la antigüedad de la pieza, su procedencia, el tamaño, sus dueños anteriores, su escasez, los materiales de su elaboración, el autor y otras cualidades personales, reales o imaginarias.

Aunque algunas colecciones tienen un alto valor monetario, la mayoría de las veces presentan sobre todo un valor estético o subjetivo y sentimental que le imprime su propietario. Por otro lado, las colecciones son también importantes cápsulas del tiempo, pues los coleccionistas siempre han sido cuidadosos protectores y mecenas de los artistas. El coleccionismo permite al comercio tener una posibilidad muy amplia de negocios. De igual modo, algunas empresas son coleccionistas importantes, y hasta los gobiernos llegan a serlo indirectamente.

El ciclo del coleccionista

Coleccionar implica una gran cantidad de sentimientos interesantes que surgen a partir de distintas etapas. La primera y fundamental es el hallazgo, es decir, el enamoramiento visual, el deseo absoluto de poseer un objeto; la segunda, la revisión exhaustiva del mismo para verificar su autenticidad, y luego la decisión de compra, con su regateo o puja, que es un verdadero duelo de habilidades —sobre todo si hay otro interesado— en el que se enfrentan internamente el conocimiento, sensatez financiera y la plena seguridad de tener en las manos un tesoro. Una vez adquirido el objeto, el simple traslado a la colección es un deleite: ordenarlo y colocarlo en su nuevo sitio para admirar el conjunto o la nueva adquisición, justifica todo el pathos —la pasión y el sufrimiento interno que se tuvo antes de obtener la pieza—. El paso siguiente es la búsqueda de nuevos ejemplares y así, el retorno a la primera fase del ciclo.

Los criterios de selección de una colección —en otras palabras, decidir exactamente qué se va a coleccionar— están determinados por la imposibilidad de coleccionarlo todo; por lo general se elige un tipo de objeto que gusta mucho y se conoce bien; capítulo aparte es la restauración y mantenimiento de las piezas para conservarlas en el mejor estado posible. El buen gusto, el conocimiento especializado del tema y el amor a la pieza han conseguido colecciones valiosísimas.

Una parte importante del proceso descrito es precisamente la búsqueda de los objetos. El coleccionista acude con regularidad a los lugares más inusuales: tendajones en los barrios menos recomendables, locales donde venden cosas usadas, mercadillos, ferias, asociaciones y comercios más o menos especializados, anticuarios, ventas de las cosas de una abuela muerta antes de que derriben su casa para hacer condominios, sitios de Internet, casas de subastas y de empeño, y hasta de otros coleccionistas. La historia de la localización es parte del objeto y su disfrute. En México tenemos un vocablo que, de alguna forma, coloquialmente alude a dicha búsqueda: chacharear.


[1] v. «El otro, el mismo», Probaditas literarias, Colección Algarabía, México: Editorial Lectorum y Editorial Otras Inquisiciones, 2009, pp. 141-147.

 

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