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#115 Del mes

De manteles largos: degustaciones literarias

En este número estamos de manteles largos, por eso lo invitamos a sentarse con nosotros a la mesa para hacer un recorrido culinario a través de ciertos pasajes de la literatura universal

En este número estamos de manteles largos, por eso lo invitamos a sentarse con nosotros a la mesa para hacer un recorrido culinario a través de ciertos pasajes de la literatura universal, los cuales, dispuestos en un menú de varios tiempos, prometen complacer, incluso, al paladar más exquisito. No tenga empacho, éntrele con ganas a estos platillos literarios que seguramente lo dejarán harto satisfecho.

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

Miguel Hernández, «Nanas de la cebolla»

No sólo los poetas –como Miguel Hernández con sus versos tristes a la cebolla o Pablo Neruda con su «Oda a la alcachofa», entre otros– han encontrado en la comida, en el pan de cada día, una inspiración para escribir. Son muchos los escritores que han hecho poderosos pasajes recurriendo a este motivo, que es a la vez 
una necesidad y un placer. Por ejemplo, recordemos en la mitología griega, escrita 
a voces, el banquete siniestro de Tiestes —cuando, sin saberlo, saborea a sus tres hijos—; o en la Biblia, el episodio de la Última Cena, en el que Jesús se reúne con sus doce discípulos para compartir una austera y simbólica comida, constituida por pan y vino; o la famosa tragedia de Shakespeare en la que Tito Andrónico rapta a los hijos de su enemiga y los sirve de cena. En esta selección elegimos algunos de los platillos más generosos y extravagantes de la literatura, que esperamos sean de su provecho.

Empezamos nuestro menú con un primer tiempo bien servido traído directito de la Edad Media; se trata de un texto de tradición caballeresca, del autor Chrétien de Troyes: Perceval o el cuento del Grial (1180). En el capítulo «En el castillo del Grial», el recién nombrado caballero Perceval cena con el Rey Pescador —protector del Santo Grial en las tradiciones artúricas—; se trata de un banquete elegante, propio de reyes y caballeros.

El primer plato fue una pierna de ciervo con grasa y pimienta picante. No les faltó vino claro, de gusto suave, bebido en copas de oro. Un paje, que había cogido la pierna de ciervo en pimienta y la había puesto en el plato de plata, la trinchó delante de ellos y les ofreció los pedazos encima de un pastel muy cabal. [...] En la mesa no se escatiman los vinos y los manjares, que son gustosos y agradables. La comida fue buena y sabrosa; aquella noche al prohombre y al muchacho que estaba con él les fueron servidos alimentos propios de reyes, condes y emperadores. Después de haber comido, los dos hablaron en la sobremesa; y los pajes prepararon las camas y las frutas para la noche, de las que había muchas y de gran precio: dátiles, higos, nueces moscadas,
 clavo, granadas, y finalmente electuarios: jingebrada alejandrina, pliris arconticón, resumptivo y estomaticón.

Si quieres conocer más sobre este recorrido culinario, no te pierdas Algarabía 115.

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