Cursi es chido

No sabemos bien a bien lo que significa cursi; el DEM nos dice que es algo «ridículo y de mal gusto, pero con pretensiones de elegancia y distinción: una casa cursi del Pedregal, una señora cursi, un discurso cursi»; y en una segunda acepción: «que trata de expresar sentimientos o emociones supuestamente elevados, pero de manera vulgar, ridícula y de mal gusto: una telenovela cursi, un poema cursi». Muchas veces decimos que una persona, un artista o un escritor son cursis: Bécquer, o los poemas «Por mi madre, bohemios», «Mamá, soy Paquito, no haré travesuras»… y en ocurrencias más actuales, sabemos que se le dice cursi a una persona que presume de fina y elegante sin serlo, o de acuerdo a algo que, con apariencia de elegancia o riqueza, termina por ser kitsch, charra o naca.

 

El concepto se nos escapa, da vueltas, tiene matices, está lejos de ser absoluto, porque lo que es cursi para algunos no lo es para otros; lo que nos puede parecer de tal forma en un estado de conciencia, no lo es en otro —como cuando estamos enamorados, por ejemplo—; también cambia la percepción de generación en generación: lo que a nuestros padres les gustaba y lo sentían de moda y cool, a nosotros nos parece absolutamente cursi, y así seguirá. Lo cierto es que lo cursi, así como lo naco o lo kitsch, está en todos lados, pero nadie lo puede asir. Por eso, siguiendo los pasos de Botellita de Jerez que dijo en su día «naco es chido», me uno a las hordas de los cursis y proclamo a voces «cursi es chido», y en esta Algarabía hacemos gala de esta frase con un artículo sobre la tía de Agustín Lara, que era el epítome de lo cursi, siguiendo con las jitanjáforas, que podrían serlo, y con la lámpara Tiffany, tan del Art Nouveau que más de uno considera empalagoso.

 

Es obvio que los boleros de Álvaro Carrillo a muchos les parecen de lo más cursi —aunque después de tres tequilas los canten a coro—; lo mismo sucede con el verbo «acicalar»; la homeopatía —que cura y no cura— o las películas mexicanas en blanco y negro que pasan en el Canal 4; o los anglicismos que tanto usamos —desde smoking hasta downloadear—, o programas como Mister Ed o, peor aún, palabras como gerontocracia, talasocracia e idiosincrasia.

 

Pero por otro lado, hay cosas que aunque quieran ser cursis, no lo son: los vikingos y los dioses en los que creían; el DEM; Humboldt; la cantidad de botellas de agua que consumimos a diario y tiramos en el planeta; la tan vergonzosa práctica del greenwashing y el doctor Enrique Cabrera que —más bien directo— tuvo que expatriarse en Cuba por expresar sus ideas políticas.

 

Y así, entre lo cursi que nos rodea y que nos acecha, que nos disgusta y a la vez nos atrae, sale este número de Algarabía que tiene de eso y más; ojalá les guste. Me despido, pues, no si antes decirles que nuestro Tip del mes trata sobre lo más cursi de lo cursi: decir demasiado en vez de mucho: «Su revista me gusta demasiado» —o sea, ¿le disgusta?

 

 

María del Pilar Montes de Oca Sicilia

Los comentarios están cerrados, si tienes algo muy importante que decir acerca de este tema puedes enviarnos un correo.

También puedes comentar usando facebook: