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Los evangelios apócrifos

¿Cuántas personas en la antigüedad se preocuparon por dejar un testimonio escrito de la vida de Jesús de Nazaret?

Para quienes se interesan en los temas bíblicos, resulta llamativo saber que, aparte de los cuatro Evangelios incluidos en el Nuevo Testamento —Mateo, Marcos, Lucas y Juan—, otras colecciones de dichos y hechos sobre el profeta judío fueron compuestas durante los primeros 70 años del cristianismo. Sin embargo, la mayor parte se perdió y, por lo tanto, no está en la Biblia.

Más que una biografía, en origen los Evangelios eran interpretaciones religiosas de la vida pública de Jesús, que duró entre unos meses y tres años, dependiendo de a quién le preguntemos. Lo que es un hecho es que inmediatamente después de su muerte se produjeron varios documentos: el mismo Lucas dice al inicio de su libro que «muchos» ya habían escrito «las cosas que pasaron entre nosotros».

Algunos de esos textos apócrifos fueron tan populares y gozaron de tal difusión, que dejaron su influencia en el pueblo, incluso hasta nuestros días.

Los Evangelios más interesantes ya
 se perdieron debido a su antigüedad, aunque sabemos de su existencia por ciertas menciones en cartas antiguas; otros se encuentran en estado fragmentario y por ello conocemos sólo algunas oraciones; la gran mayoría, los menos interesantes por ser posteriores, se pueden adquirir en cualquier librería reunidos bajo el título de «Evangelios apócrifos», tomos que la curiosidad de los lectores convierte en éxitos de ventas.

Pajaritos de lodo

La palabra «apócrifo» viene del griego apócryfos, ‘escondido, oculto’. Hay entre 30 y 40 documentos —el Evangelio de Felipe, el Evangelio
 de Judas, el Evangelio Árabe de la Infancia y muchos más— que presumen de ser narraciones auténticas de las enseñanzas, hechos y vida de Jesús. A los aficionados a las teorías de la conspiración les encantan, porque creen que fueron excluidos de la Biblia para que no se supieran ciertas cosas.

El Evangelio de Felipe, por ejemplo, dice que 
Jesús amaba a María Magdalena más que a ningún otro discípulo, mientras que el Evangelio de Judas —supuestamente escrito por el apóstol traidor— dice que éste traicionó a su maestro porque él mismo se lo ordenó. Con mucha más inventiva, el Evangelio Árabe de la Infancia nos cuenta cómo el niño Jesús hacía pajaritos de lodo junto al arroyo y luego les soplaba para que salieran volando de sus manos.

En la Biblia no se mencionan los nombres de los tres Reyes Magos, de los bandidos Dimas y Gestas, ni la tradición de que José, el padre de Jesús, era viudo

Sin embargo —y aquí viene la primera desilusión para los curiosos—, todos ellos fueron compuestos entre 300 y 500 años después de la vida de Jesús. Su valor histórico es nulo. Sería como empezar a escribir ahora, con base en puros recuerdos, la biografía de Sor Juana. Por lo general, tratan de relatos fantásticos o llenos de verborrea cósmica cuyas ideas hubieran parecido extrañas a unos judíos rurales del siglo i, como lo 
eran Jesús de Nazaret y los pescadores que lo seguían.

Por eso, aunque sea buen material para Hollywood, su exclusión del canon no tiene nada que ver —¡ni modo! — con una gran conspiración de la Iglesia para ocultar aspectos de la vida de su fundador. De hecho, cuando ya casi se había establecido una colección definitiva, a mediados del siglo ii, muchos apócrifos todavía no se escribían.

Evangelios a pedido

La mayoría de los Evangelios apócrifos en circulación, incluyendo el de Felipe y el de Judas, son producto del gnosticismo, una religión y filosofía que floreció durante cuatro siglos a la par del cristianismo. Para los gnósticos, la salvación se obtenía a través de un conocimiento especial —gnosis— reservado a los elegidos.

En determinado momento, los gnósticos tomaron prestada la figura de Jesús para poner sus propias tesis en sus labios; también sucedió que, con el paso del tiempo, algunas comunidades cristianas se fueron pasando a las filas del gnosticismo y reescribieron sus viejos libros.

Las dos filosofías, cristianismo y gnosticismo, entraron en contacto a partir del siglo ii y escenificaron una especie de confrontación que tuvo como terreno
la producción literaria. Los gnósticos no tuvieron empacho en producir decenas de evangelios según se iban necesitando, con ideas tan ajenas al judaísmo, como que el mundo fue creado por dos semidioses malvados llamados Nebro y Saklas.

En ciertos casos se llegó al extremo de producir «evangelios» sólo para desprestigiar al cristianismo en general o a alguna de sus corrientes.

Además de tediosos, los apócrifos sufren de exageraciones y deforman hasta lo irreconocible a nuestro personaje en cuestión. Por ejemplo, el Evangelio más antiguo que se conoce, Marcos, nos presenta a un carpintero pobre de una aldea que nadie conocía, Nazaret; un predicador itinerante cuyos milagros consistían básicamente en sanaciones y que al final fue abandonado por sus propios discípulos y ejecutado en medio de la desesperación. En contraste, en los libros gnósticos Jesús es un semidiós al que nada le duele y que revela a sus apóstoles los secretos del cosmos.

Los fabulosos cuatro

Esto no significa que no hayan existido otros Evangelios más antiguos a los cuatro aceptados, y tal vez más cercanos a los hechos. Si de algo pueden estar seguros los estudiosos del Nuevo Testamento es que, después de la crucifixión, de inmediato empezaron a circular testimonios, algunos en forma hablada, otros por escrito.

Se trata de pedazos de antiquísimos papiros y códices que se conservan en museos y que no pasan, en algunos casos, de unos cuantos renglones.

La mayoría de los académicos rechazan las embellecidas fantasías gnósticas como fuente de información histórica sobre Jesús, pero conceden el beneficio de la duda a un puñado de textos más antiguos que se encuentran en estado fragmentario; su contenido es menos espectacular y no parece haber sido escrito para satisfacer la curiosidad de los lectores. Durante siglos desaparecieron del panorama y resurgieron, por lo general accidentalmente, en las arenas del Medio Oriente.

John Dominic Crossan es tal vez el más conocido
 de los estudiosos de la figura del Jesús histórico.
 Su reconstrucción admite, con reservas, cuatro documentos no incluidos en el canon, pero de indudable antigüedad, que pudieran preservar algunas enseñanzas auténticas de Jesús. Uno de ellos es un pedazo de papiro conocido como el Documento Egerton; el segundo es el Evangelio de Tomás; el tercero es el Evangelio de Pedro, también incompleto, y por último el llamado Evangelio Secreto de Marcos, descubierto accidentalmente en 1958 en un monasterio de Jerusalén.

Para conocer más documentos perdidos y reencontrados, junto con los verdaderos evangelios apócrifos, vean la edición 116 de Algarabía.

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