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«Libro de las profecías», Cristóbal Colón, 1504

Colón comenzó a escribir esta obra en 1502, con la ayuda de fray Gaspar de Gorricio, y lo terminó al regreso de su cuarto viaje a las Indias. La obra consta de 84 hojas, y cuyo título exacto es Libro o colección de autoridades, dichos, sentencias y profecías de la recuperación de la sancta ciudad y del monte de Dios, Sión, y acerca de la invención y conversión de las islas de la India y de todas las gentes y naciones, a nuestros reyes hispanos.

En el margen izquierdo superior del folio 1 se anota: «Profecías que juntó el Almirante Don Cristóbal Colón de la Recuperación de la santa ciudad de Hierusalem y del descubrimiento de las Indias, dirigidas a los Reyes católicos.»

En este libro, Cristóbal interpreta —a partir de la Biblia— cómo es que las Sagradas Escrituras decían que él descubriría una nueva ruta a las Indias. Así pues, cerca de 326 referencias del Antiguo Testamento y 59 del Nuevo —dice Cristóbal— le dan la razón. En sus profecías sostiene que la finalidad de sus viajes a Indias es doble: por un lado, conseguir oro para financiar la recuperación de Jerusalén y para lograr la evangelización de los indios.

Es importante señalar que el «descubridor» de América nunca se enteró que había llegado a un nuevo continente y siguió firme en su supuesta nueva ruta a las Indias —es decir, Asia—, donde, además identificó el Paraíso Terrenal. Dicha ubicación la plantea ya en el diario de su Primer Viaje, con fecha 21 de febrero de 1493. Bartolomé de las Casas en su Historia de las Indias, I, del f. 128, discute al respecto: «Concluyendo, dice el Almirante que bien dijeron los sacros teólogos y los sabios filósofos que el Paraíso Terrenal está en el fin de Oriente, porque es lugar temperadísimo. Así que aquellas tierras que agora él había descubierto, es –dice él– el fin del Oriente», y más adelante explica las razones por las que el almirante –en I, f. 140 – creyó que el Paraíso Terrenal estaba «en el golfo de la Ballena, entre la tierra firme y la isla de la Trinidad». Colón, por su parte, insistía en esta idea; lo podemos constatar en su carta al papa Alejandro vi con fecha de febrero de 1502: «Esta isla es Tharsis, es Cethia, es Ophir y Ophaz e Cipanga, y nos le havemos llamado Española [...] Creí y creo aquello que creyeron y creen tantos sanctos y sacros theólogos, que allí en la comarca es el Paraíso Terrenal[…]. Las Casas dirá que Colón murió creyendo, equivocadamente, que la isla Española era Ofir o Tarsis, de la que Salomón traía oro». Pero también hablaba muy bien de él: celosísimo era [Colón] en gran manera del honor divino; cúpido y deseoso de la conversión destas gentes y [de] que por todas partes se sembrase y ampliase la fe de Jesucristo; y singularmente aficionado y devoto de que Dios le hiciese digno de que pudiese ayudar en algo para ganar el santo sepulcro; y con esta devoción y la confianza que tuvo de que Dios le había de guiar en el descubrimiento deste orbe que prometía, suplicó a la serenísima reina doña Isabel que hiciese voto de gastar todas las riquezas que por su descubrimiento para los Reyes resultasen en ganar la tierra y sancta casa de Jerusalem –Historia de las Indias I, 2.

La idea, a lo largo de la Edad Media, rezaba que toda la historia del hombre estaba anunciada o vaticinada en las Sagradas Escrituras. Colón, creyente de estas ideas se convirtió en un asiduo lector de la obra cosmológica y geográfica Imago mundi –1410– del teólogo francés Pierre d’Ailly –1350-1420–. Entre las profecías que reúne Cristóbal de este libro, ésta es, por más, la que lo mueve con mayor fuerza: «la próxima llegada del último emperador romano que recuperará Jerusalén para la Cristiandad, etapa seguida de la del Anticristo y finalmente de la asunción del poder por parte del mismo Dios desde su Ciudad Santa». La interpretación de Colón es la siguiente: los encargados de liberar Jerusalén serán los Reyes Católicos, quienes podrían llevan a cabo su misión financiándola con el oro de las Indias:

«Yo soy el buen pastor y conozco a las mías, y las más me conocen a mí. Tengo otras ovejas que no son de este aprisco y es preciso que yo las traiga; y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño, y un solo pastor.» (Libro de las Profecías, f. 60 vuelto).

Cristóbal habla de sí mismo como el que llevara la palabra, así se demuestra en la carta del 7 de julio de 1503 a los reyes Católicos, en la cual emplea una seria de referencias bíblicas para presentarse como «Enviado de Dios». Pero no sólo él, De las Casas lo llama: Christum ferens, que quiere decir «traedor o llevador de Cristo» –Historia de las Indias I, 2.

Colón se identifica con distintas figuras bíblicas, en particular con el mensajero de Isaías, con el apóstol san Pablo, con el rey David, y por qué no, con Moisés. Sin más, Colón interpreta y «justifica» desde las escrituras que su descubrimiento tiene dos objetivos fundamentales: «la evangelización de las Indias y la recuperación para la Cristiandad de Jerusalén, financiada con el oro y riquezas extraídas de las nuevas tierras descubiertas».

Así, estos objetivos son interpretados por Colón en clave apocalíptica, ya que su cumplimiento precede el fin de los tiempos y la nueva venida del Señor.

Referencias:

ÁLVAREZ SEISDEDOS, F., Cristóbal Colón. Libro de las profecías; Testimonio Compañía Editorial: Madrid, 1984.

GIL, J., y VARELA, C. (eds.), Cartas de particulares a Colón y Relaciones coetáneas; Alianza Editorial: Madrid, 1984.

Fray Bartolomé de Las Casas. Obras completas. 8. Apologética Historia Sumaria III; Alianza Editorial: Madrid, 1992.

BRIGHAM, K., Cristóbal Colón. Su vida y descubrimiento a la luz de sus profecías; Editorial Clíe: Barcelona, 1990.

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