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La braga de hierro

Hay instrumentos que pueden ponerle la piel de gallina a cualquiera: el cascacráneos, la «dama de hierro» —no Margaret Thatcher, sino la original del medioevo; aunque también hay quien se asusta con la ex primera ministra, con justa razón—, el «garrote vil» y otras múltiples variantes de artilugios que no parecen tener ninguna misión santa ni buena en esta vida. Pero, entre todos éstos, hay uno que tortura con «buenas intenciones», que, más que castigar, prefería «guardar y proteger». Me refiero al recordado cinturón de castidad, presente en algunas historias que hablan de cruzadas y damiselas en apuros.

«Las mujeres de mi pueblo usan calzones de hojalata / pero saben que en el fondo yo tengo un abrelatas / bara badum, badum, badum badum badero…»

Canción popular

Según la leyenda, el dichoso «sello de garantía» aparece en la Edad Media, con el fin de resguardar el honor y buen nombre de los cruzados, que tendrían que pasar largas temporadas fuera del hogar y, por lo tanto, dejar a sus abnegadas mujeres a merced de sabría Dios qué oscuros intereses. Así, los señores podían poner a sus mujercitas a buen resguardo, colgarse la llave al cuello y marchar en defensa de Jerusalén durante años, sin preocuparse ni por ellas ni por sus casas.

Algunos estudiosos nos advierten que más bien fueron los viajes a Oriente de los cruzados los que llevaron el dichoso cinturón de castidad a Europa, porque antes de ser conocido allá, gozaba de buena popularidad entre los seguidores de Mahoma. Mientras ambos bandos se ponen de acuerdo, cabría hacer aquí la mención de que, puesto que los romanos inventaron casi toda la cultura occidental, tampoco en este caso podíamos dejar de mencionarlos: entre los gladiadores, deportistas y artistas de Roma, existía la costumbre de utilizar fíbulas, una especie de calzones de cuero que impedían a todos aquellos que necesitaban conservar sus energías para los momentos importantes entregarse a los placeres del «autoconocimiento».

Las primeras referencias históricas que asociarían a la castidad con los cinturones —sin ser todavía «cinturones de castidad» que eviten el contacto físico, sino que más bien la simbolizan y representan— se pueden encontrar en la literatura del siglo XIV. El término como tal aparece ya en los textos de Régine Pernoud (1909-1998), historiadora especialista en la Edad Media, que explica cómo entonces utilizar un cordón alrededor de la cintura era un símbolo de castidad, justo como ocurre con aquellos que se entregan a la vida monástica. En la Épica de Guiguemar, escrita por Marie de France alrededor de 1180, se menciona ya que su amada, ante la inminente partida del héroe, se coloca un cordel a manera de cinturón y le jura que no conocerá —en sentido bíblico— a otro hombre que no sea él, «único capaz de desatar suavemente dicho lazo».

Este tipo de cintos eran un poco más sutiles que los modelos blindados, cuyas evidencias de existencia real se encuentran por primera vez en el lugar menos esperado —aunque el más obvio, hablando de blindajes—: un manual de guerra. En 1405, Keyser von Eichstad, un soldado retirado, decidió escribir un tratado acerca del arte de la guerra y las maravillas del equipamiento militar de la época. Este tratado, llamado Bellifortis, contiene un dibujo que representa un modelo de cinturón de castidad muy semejante a los que podrían verse en ciertos museos actualmente, con una inscripción explicativa que consistía más o menos en la frase: «Est florentinarum hoc bracile dominarum ferreum et durum ab antea sit reseratum» —«pantaletas de hierro florentino que se cierran por el frente».

Dichos cinturones de castidad, sin embargo, no eran sólo una garantía para maridos celosos y desconfiados, que no querían dejar solas en casa a sus mujeres, sino también un escudo para damiselas en apuros: las mujeres de Florencia solían utilizarlos para evitar las violaciones en tiempos de peligro —como en invasiones, viajes en carruaje por zonas despobladas, acuartelamientos militares en las ciudades, estancia en posadas, etcétera— y solamente por periodos cortos.

¿Por qué hacer hincapié en los periodos cortos? Colocarse el cinturón de castidad durante temporadas largas era como aceptar una condena de muerte. El contacto constante con el hierro de dichos «cinturones florentinos» causaba laceraciones y heridas, además de dificultades que suponía para la higiene personal y para el libre tránsito de los desechos corporales, lo que podían transformar al instrumento en una bomba tóxica para el organismo. Además, difícilmente podemos imaginar que existiesen tallas de cinturón de castidad, por lo que para las mujeres más corpulentas la molestia de usarlo debe haber sido doble —aunque bien pudieron haberse mandado a hacer el suyo a la medida con el herrero local.

Y no sólo las mujeres han disfrutado del privilegio de ver su sexualidad restringida: parientes cercanos del cinturón de castidad femenino y dignos sucesores de las fíbulas romanas son los cilicios de castigo que utilizaban algunos monjes, que reprimían la erección mediante técnicas disuasorias como púas o ahorcadores, previniendo así las «tentaciones de la carne».

Para conocer más de esta historia y de casos del uso de la braga de hierro en el mundo moderno, consulta el artículo “El cinturón de castidad” de María Magdalena Buenrostro Hernández en Algarabía 20, pp. 91-94.

Para conocer la VERDAD detrás de el MITO del cinturón de castidad, lee Algarabía 69, especial de sexo, donde se habla de este instrumento de control y tortura, que es más falso que real.

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