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Hoteles sobre ruedas

Habiendo ya inventado el wagon-lit —vagón con cama litera— y el vagón restaurante, George Mortimer Pullman, determinado a superar sus propios inventos, se lanzó a la tarea de inventar el vagón hotel o carro hotel. La intención era que una familia pudiese alquilar el vagón por todo un viaje y disfrutar de todas las comodidades de un gran hotel, incluida la cocina.

El señor Pullman diseñó los vagones, mismos que entraron en circulación cerca de 1865.

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Los periódicos acogieron la idea con entusiasmo no sólo por ser novedosa, sino también, porque las empresas ferroviarias trataban a los periodistas como si fuesen de la realeza con tal de que estos últimos hablasen maravillas de sus nuevos inventos; es por eso que los artículos contemporáneos sobre el tema eran tan generosos con sus comentarios acerca de la calidad de las finas carnes, lo bien que se servían los ostiones fritos y cuán sublimemente perfecta era la temperatura del champagne. La verdad del asunto es que debieron concretarse a emitir opiniones sobre el servicio del vagón hotel en su totalidad y no sobre la calidad de la cocina, ¡cosa que dependía del chef y no del equipo!

Los millonarios que 
podían darse el lujo 
de viajar en estos 
vagones llevaban 
consigo a sus 
sirvientes, incluido el
 chef. Se cuenta que en
 una ocasión, uno de
 estos millonarios
 mandó enganchar un
 vagón establo al tren
 para llevarse a sus
 vacas y seguir
 gozando de las 
bondades de la leche 
fresca durante el 
trayecto. Los
 millonarios que
 viajaban con su chef francés, obviamente mantenían el mismo nivel de lujos en su hogar sobre ruedas que en su residencia estacionaria. El galo Sylvain Goy, chef al servicio de familias americanas, describe en sus memorias las vicisitudes de una travesía de 15 mil kilómetros: «debía preparar todos los alimentos en el reducido espacio disponible, unos cuantos pies cuadrados dentro de la cocineta del vagón».

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A principios del siglo xx, este talentoso chef francés, desterrado y reubicado en los ee.uu., manejaba bien la situación y, pese a las deplorables condiciones de trabajo a las que era sometido a causa del vaivén del tren, siempre ponía la satisfacción de sus clientes en primer lugar.

En cualquier caso, aun cuando se agregase un vagón hotel al tren, sus pasajeros debían someterse a sus enfadosas paradas «buffet». Quien hubiese alquilado el vagón hotel disfrutaba de alimentos servidos en la privacidad de su carro; sin embargo, la única solución práctica para los demás pasajeros en un viaje largo era detenerse para tomar los alimentos, cosa que demoraba a todos en el tren, incluido el vagón hotel y su carga de pasajeros millonarios.

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Maurice Bensoussan es francés, experto en cultura gastronómica y culinaria. Este artículo fue publicado en inglés por la revista Slow, The International Herald of Tastes —Slow Food Editore—, en noviembre del 2001. La traducción y adaptación fue realizada por Algarabía, con la colaboración de Joyce Denton.

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