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El otro, el mismo

En 1886, Robert L. Stevenson escribió, entre estertores y bajo el influjo de diferentes sustancias,1 El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, una novela que todos deberíamos leer y cuya trama resumiré de la siguiente manera: el abogado Gabriel John Utterson investiga los extraños sucesos que ocurren en casa de su viejo amigo, el doctor Henry Jekyll, donde vive un extraño huésped, el repugnante —para quienes lo han visto— Edward Hyde.

El narrador —y, por tanto, el lector— no entiende por qué un hombre íntegro como Jekyll encubre y defiende a un ser despreciable como Hyde, pero en la trama se descubre que el doctor —a sabiendas de que la conciencia de cada ser humano se compone de dos aspectos complementarios: el bien y el mal, enzarzados en una lucha constante— ha realizado experimentos hasta obtener una poción capaz de transformar a una persona en la encarnación de su parte maléfica.

Al ingerirla, Jekyll disminuye su estatura, cobra un aspecto desagradable, adquiere la fuerza de doce hombres, aumenta su inteligencia y se entrega sin remordimientos a placeres prohibidos.2 El autor nunca describe con precisión cuáles son los placeres que Hyde obtiene en sus incursiones y se limita a decir que se trataba de algo «de naturaleza mala, lujuriosa y aborrecible» para la moral puritana de la época victoriana. Ya no es más él mismo, sino otro.

Con el tiempo, Jekyll se da cuenta de que su parte maléfica se ha tornado tan fuerte que sus transformaciones se producen espontáneamente y que cada vez le cuesta más volver a su yo original; al final, hay un testamento en el que Jekyll lega todos sus bienes a Hyde, una carta en la que se explica todo y el cuerpo inerte, no de Jekyll, sino de Hyde. Las interpretaciones son múltiples.

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Adelantada a su tiempo

Esta novela fue precursora de la fascinación por el dualismo que habita en todos los seres humanos, adelantándose a su época al prever lo que Freud plantearía dos décadas después sobre la dualidad: consciente/ inconsciente, y al presentar personalidades diametralmente opuestas: el ser y el deber ser, lo propio y lo impropio, lo correcto y lo prohibido, encarnadas en el decentísimo Jekyll y el libertino Hyde.
Es obvio que la idea del conflicto interior entre el bien y el mal no era nueva, ni en Stevenson ni en Freud, porque el alter ego —u otro yo, nuestra personalidad oculta, que es lo que somos y negamos o lo que queremos ser— ya estaba presente entre los griegos de la Antigüedad, que hablaban de Eros, del griego ἔρως, y Psique, del griego ψυχή —o Eros y Neikos— como las deidades que regían nuestras compulsiones hacia la vida y el placer, o hacia la muerte y el dolor; y que después Freud tomaría como representaciones de nuestras pulsiones como eros y thánatos.

Aun así, no deja de sorprender que Stevenson prefigurara de manera tan clara y tan plástica —diría yo— estas dos fuerzas de sustrato. Se dice que la novela estuvo influida por las investigaciones científicas de la época: el darwinismo social y las influencias biológicas en la moral humana —alcoholismo, drogadicción, homosexualidad y desórdenes de personalidad múltiple.

Sin embargo, lo deslumbrante y desconcertante de ella, es que en su trama se mezclan la alegoría, la fábula, la novela policiaca, el cuento diabólico tradicional y hasta la novela gótica medieval, pasando por la literatura del doppelgänger3 En alemán significa «doble que camina» y se basa en la noción de que las personas tenemos un doble que está junto a nosotros o vive una vida paralela a la nuestra, al cual a veces podemos ver, aunque sea por una sola vez. o «del doble» —que utilizaba otros recursos, como el de los gemelos—, presente en comedias como el Anfitrión (h. 187 a.C.), de Plauto, y que luego retomarían Molière, en el siglo xvii, y Shakespeare en obras como The Comedy of Errors (1595).4 Cuya premisa luego tomaría la forma de obras como El vizconde de Bragelonne (1850), de Alejandro Dumas, cuyo capítulo final hace alusión al «hombre de la máscara de hierro», o El príncipe y el mendigo (1882), de Mark Twain.

El doble literario

Es quizá durante el romanticismo que esta corriente tiene mayor auge, al hablar de la materialización de ese lado oscuro y misterioso del ser humano —lo que Jung llamará «la sombra»—. Esto es patente en gran parte de la literatura europea del siglo xix: están, por ejemplo, Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), de Mary Shelley, obra en la que el doctor Victor Frankenstein crea un ser contrahecho, que también puede verse como un desdoblamiento de sí mismo; la novela Los elíxires del diablo (1815) y el relato «Los dobles», ambos de E. T. A. Hoffmann, o, más tarde, en tono fantástico: El retrato de Dorian Gray (1891), de Oscar Wilde; El hombre doble (1891), de Marcel Schwob —autor de Vidas imaginarias, donde quizá también este autor se asegura sus propios dobles—, o el relato «El Horla» (1887), de Guy de Maupassant, que anticipa el terror sobrenatural de Lovecraft. Lo mismo encontramos en la novela rusa El doble (1846), de Dostoievski; en el relato «La sombra» (1847), del danés Hans Christian Andersen, y hasta en el romántico español José de Espronceda, en su poema «El estudiante de Salamanca» (1840).

El doble de Poe

El tema de la dualidad influiría también a la literatura estadounidense, en obras como La mascarada de Howe (1838), de Nathaniel Hawthorne, y —sobre todo y de manera soberbia— el cuento de Edgar Allan Poe inserto en Tales of Mistery and Imagination, llamado «William Wilson» (1840). El relato de Poe tiene la originalidad de que el doble no encarna la parte oscura del protagonista, sino la voz de su conciencia. En él, Wilson conoce a un chico con su mismo nombre, parecido a él y nacido el mismo día.

Si quieres saber qué pasa con William Wilson y más acerca de éste y otros dobles literarios, descúbrelo en Probaditas literarias.

Texto tomado de: Probaditas literarias, Colección Algarabía, tomo xviii; México: Lectorum y Otras Inquisiciones, 2009; pp. 141-147.

Referencias

  1. v. «El extraño caso del escritor enfermo», en De escritores, poetas y locos..., Colección Algarabía, tomo xvii, México: Lectorum y Otras Inquisiciones, 2009; p. 59.
  2. El autor nunca describe con precisión cuáles son los placeres que Hyde obtiene en sus incursiones y se limita a decir que se trataba de algo «de naturaleza mala, lujuriosa y aborrecible» para la moral puritana de la época victoriana.
  3. En alemán significa «doble que camina» y se basa en la noción de que las personas tenemos un doble que está junto a nosotros o vive una vida paralela a la nuestra, al cual a veces podemos ver, aunque sea por una sola vez.
  4. Cuya premisa luego tomaría la forma de obras como El vizconde de Bragelonne (1850), de Alejandro Dumas, cuyo capítulo final hace alusión al «hombre de la máscara de hierro», o El príncipe y el mendigo (1882), de Mark Twain.

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