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Brecha generacional

Durante una reciente charla telefónica con Guillermo, un amigo de la infancia, en la que intercambiamos pormenores acerca de nuestros respectivos achaques, que cada uno de nosotros describió como fruición y minucioso detalle, caímos inopinadamente en el tema inagotable de «chavos».

Cuando un adulto —muy adulto— se refiere a los chavos, por lo general alude a todas las extravagancias y locuras en que incurren los miembros de una novel generación, que los veteranos criticamos acremente, comparándolas sin equilibrio con nuestro prudente, sesudo, equilibrado y, sin duda aburrido proceder, lo que ciertamente nos aleja y separa de la chaviza, suscitando lo que ha dado en llamarse la brecha generacional o «generation gap», como justamente la llamaría un chavo.

«Juventud, divino tesoro...»

Mi amigo y yo nos encontramos en nuestra séptima década de existencia, por lo que resulta pertinente 
aclarar el concepto de chavo que utilizamos. Aun cuando, estrictamente hablando, un cuarentón resulta muy joven para nosotros y, por ende, podríamos aludir a una persona de esa edad como un «chavo», quiero referirme en esta ocasión a los muchachos, de ambos géneros, que están llegando a la adultez, término resbaladizo que puede ser interpretado de maneras diversas.

Podríamos considerarla como un concepto legal, lo que implicaría la mayoría de edad que se alcanza, por disposición de la ley, a los 18 años, suficientes para votar, tener acceso a los antros y conducir automóviles con licencia, entre otras cosas; o, bien, una situación en la que se disfruta de independencia económica, lo que se puede ubicar entre los 25 y los 30 años. No podría dejar de argumentarse, sin embargo, como ejemplo de lo relativo de ciertas clasificaciones que antaño, la adolescencia se vivía entre los 12 y los 16 años y en la actualidad he conocido adolescentes de más de 30.

«¡Hey, pa, fuiste pachuco!»

Las diferencias generacionales son numerosísimas, por lo que aludiré tan sólo a unas cuantas que me vienen a la mente:

  • En cuanto a la apariencia personal, actualmente está de moda el desaliño deliberado. Los actores de cine y los modelos que aparecen en las revistas, en los comerciales televisivos y en los espectaculares, a los lados de las calles y las carreteras, han de lucir una barba de varios días para verse sexys. El rostro recién afeitado de la mañana y la rasurada previa a la cita o compromiso social nocturno, para borrar la sombra de las 5 de la tarde, están demodés.1 En desuso, pasados de moda o fuera de actualidad.
  • Hace ya algunos años que los jeans —que primero se usaron descoloridos y ahora también deben estar rotos, raídos y deshilachados— constituyen el atuendo «todo terreno» de los jóvenes y agregaría que parecen ser el uniforme reglamentario para toda ocasión imaginable.
  • En la década de los años 50 hicieron su aparición las bailarinas exóticas, con Tongolele a la cabeza, en la vida nocturna de la Ciudad de México.
 Se distinguían porque sus diminutos atuendos obviaban y dejaban a la vista 
el ombligo, así que pronto se les conoció como ombliguistas. En la actualidad, muchas chicas podrían ser llamadas así, pues sus jeans muy a la cadera y sus breves tops dejan al descubierto una generosa porción de vientre, ombligo incluido. Aunque una visión que poco se agradece la ofrecen aquellas muchachas que, a pesar de estar gorditas, no se resignan a mantenerse al margen de la moda y se atreven a lucir no el ombligo, adorno de un vientre plano, sino una serie de llantitas muy poco estéticas.
  • A propósito de las gorditas, hay que mencionar que pesa sobre ellas una reprobación casi generalizada que las condena al ostracismo social, pues la chaviza se empeña en lucir físicos de estilizada esbeltez.
  • Hace tiempo que las curvas generosas dejaron de juzgarse elegantes o atractivas, sobre todo a los ojos de los dictadores
 de la moda. Muchas chavas —además de legiones de mujeres mayores—, en la obsesiva búsqueda de la anhelada delgadez, caen en trastornos orgánicos como la anorexia, que ya ha cobrado víctimas entre algunas modelos profesionales.

¿Quieres conocer más diferencias generacionales? Consulta Algarabía 34.

Armando Sánchez Pérez es un potosino setentón, pero chilango de corazón. Se gana la vida como abogado, pero su verdadera vocación es la lectura, sobre todo la de temas históricos. Disfruta los viajes, la buena música y escribir «sus cosas». Y, por lo que se ve, es más chavo que muchos de 20.

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