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Curiosidades

Accesorios «de pelos»

Describir el pelo en la poesía y nombrarlo como un atributo de belleza es recurrente.

Y es que no solamente es protección para el cuero cabelludo; el pelo también es adorno y materia prima para metáforas.

Se trenza, se peina, se tiñe, se alacia, se riza, se esponja. Peinada o enredada, una cabellera siempre será atractiva, llamativa y hasta excitante; es símbolo de fuerza, sabiduría y belleza; es sensual y sexual, al grado de que la búsqueda del recato y la modestia religiosa hacen que la Halajá —normativa del judaísmo— prohíba a las mujeres casadas llevar la cabeza descubierta y la cabellera a la vista de otro varón que no sea su marido.

«En tu pelo tengo yo el cielo; en tus brazos, el calor del sol», dice una melodía.

Por todo esto, la pérdida de cabello significa, también, la pérdida de autoestima y el llevar a cuestas el estigma de «calvo», por lo que se han buscado mejores soluciones para recuperar la cabellera. Entre todos los tratamientos, remedios y trucos que existen actualmente, uno de los más socorridos consiste en usar peluca, bisoñé o «chuchuluco».

En busca del marco perfecto

Pero la historia de la peluca es larga, pues, desde la antigüedad, se consideró símbolo de estatus y fue un factor estético esencial en el arreglo de hombres y mujeres. Si revisamos lo que ha significado para diferentes culturas, hallaremos que ha sido una herramienta importante en el intento de alcanzar la tan anhelada belleza o en el afán de diversificar la apariencia.

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Encontramos los primeros vestigios de su uso en la cultura egipcia, formadora de grandes artesanos de pelucas. La iconografía de su arte evidencia que estos postizos eran parte esencial de la indumentaria: recordemos esas cabelleras oscuras de corte cuadrado con un fleco que enmarcaba los rasgos de la cara. Gracias a investigaciones arqueológicas, se ha descubierto que las elaboraban en su mayoría con cabello natural y fibra vegetal por debajo, para darles volumen.

Accesorios prohibidos

El culto a la perfección, y la admiración que los griegos profesaban al cuerpo, los llevó a cuidar con devoción sus cabelleras; incluso, algunos datos muestran que con ellos surgen las primeras academias de peluquería y que proliferaron los peinados con muchos detalles: melenas largas, onduladas, recogidas y trenzadas en complejas estructuras.

En realidad, las pelucas fueron introducidas al resto de las culturas por los romanos y se asegura que los cabellos utilizados en su fabricación eran de los extranjeros a quienes el portentoso imperio obligaba a vivir en esclavitud.

En la historia griega y romana también hay antecedentes de estos añadidos de pelo.

Por su parte, se dice que a Calígula le gustaba usar un postizo amarillo cuando visitaba los prostíbulos; por ello, las pelucas rubias se volvieron el distintivo de las meretrices romanas. Se dice que esto llevó a la Iglesia católica a prohibir su uso, al grado de negar la bendición a quienes las portaban. De hecho, el Concilio de Constantinopla excomulgó a quienes se rehusaron a quitárselas.

La moda europea

A pesar de todo, la peluca se popularizó con el paso del tiempo y renovó sus estilos. Su verdadero apogeo ocurrió a finales del siglo xvii —cuando fueron introducidas nuevamente por el rey Luis xiii para esconder su calvicie— y durante el siglo xviii en la corte de Versalles, donde la realeza ostentaba largas melenas ensortijadas y empolvadas con talco, que les llegaban a la cintura. Así, la peluca pasó de ser un simple accesorio a un símbolo de poder aristocrático y ¡ay de aquel caballero que se preciara de serlo y saliera de casa sin ella!

Originalmente, las pelucas se elaboraban con pelo natural, pero los requerimientos de la moda llevaron a buscar nuevos procesos de fabricación.

Siguiendo con las modas europeas, en el Londres del siglo xviii, las pelucas formaban parte fundamental de la indumentaria de abogados, jueces y magistrados, pues eran símbolo de sabiduría. Y aunque los ingleses dedicados a las leyes usan hasta la fecha estas claras y largas cabelleras como emblema de autoridad, hoy lo hacen sólo en los recintos donde ejercen su profesión; mientras que, anteriormente, se portaban aun en las calles y llegaron a ser tan valiosas que los ladrones de postizos proliferaron por toda la ciudad.

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Los delincuentes arrancaban la extensión de pelo de la cabeza del noble en plena vía pública y echaban a correr, dejándolo asustado y en ridículo, con la calva al aire.

Y más cerca de nuestra época, en las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado, las pelucas poblaron el orbe y se mostraron orondas y coloridas en las cabezas de las mujeres de prácticamente todo el mundo occidental…

Conozcan la larga historia de la peluca en el libro Causas y Azares de Algarabía Editorial.

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