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Tras las huellas

En 1892 se realizó la primera identificación criminal a través de las huellas dactilares. La argentina Francisca Rojas asesinó a sus dos hijos de seis y cuatro años y se hirió en el cuello para acusar del crimen a un supuesto asaltante nocturno. Al principio se incriminó a un vecino, pero Juan Vucetich, oficial de la policía de Buenos Aires, pudo demostrar que ella era la auténtica culpable gracias a las marcas que había dejado en una puerta con su mano ensangrentada.

A partir de ese momento, las huellas dactilares empezaron a utilizarse de forma regular en los procesos de investigación policial.

Personal e intransferible

Las líneas que se dibujan en nuestros dedos, pies y manos nos hacen únicos e irrepetibles. Hagamos lo que hagamos, nuestras huellas dejan rastro en todo aquello que tocamos. Por ello, su análisis se ha convertido en una herramienta muy útil para la identificación de personas. Este rasgo es diferente en cada individuo. De hecho, diversos estudios matemáticos realizados sobre este tema, como Fingerprints (1892), de Francis Galton, constatan que la probabilidad de que existan dos personas con huellas dactilares idénticas es tan ínfima que resulta prácticamente imposible.

Se conocen como dermatoglifos —del griego δερμα /dérma/, «piel», y γλυφω /glífo/, «cincelar»— los trazos de la piel en las palmas de las manos, las plantas de los pies y los dedos. Hay que destacar que, en una misma persona, la huella de cada dedo es distinta y, si bien dichas impresiones se encuentran en todos los humanos, existen casos extraordinarios en que están borradas, normalmente debido a una anomalía congénita. Estas líneas se forman entre la decimosegunda y decimosexta semana de desarrollo del feto y son inalterables a lo largo de todo el ciclo vital. Desaparecen después de la muerte, a medida que se descomponen los tejidos, salvo en los casos de momificación. Si una persona se daña una pequeña capa de la epidermis, el tejido se regenerará siguiendo exactamente el mismo patrón —siempre que la herida no sea muy profunda.

Tras exhaustivos estudios de comparación de las líneas de los dedos en varias generaciones de una misma familia, se ha determinado que las huellas dactilares no se heredan y, aunque se ha probado la tendencia a que se repitan ciertos patrones entre consanguíneos directos, no se ha podido establecer como
regla general.

Los gemelos idénticos, por ejemplo, poseen impresiones digitales distintas aunque tengan el mismo ADN. Esto ocurre porque el diseño de los dermatoglifos no está determinado estrictamente por el código genético, sino que intervienen otras variables, como los factores de crecimiento y los hormonales. Por otro lado, como sucede con los caracteres de herencia poligénica, es decir, aquellos en los que interfieren no uno sino varios genes, el desarrollo de las huellas dactilares también se puede ver afectado por causas ambientales. Debido a este hecho, las impresiones digitales se utilizan a menudo para medir las similitudes y las diferencias entre poblaciones y grupos humanos.

Durante los últimos años, además, se han realizado numerosas investigaciones con la intención de asociar los dibujos de las huellas dactilares con patologías congénitas. Así, se ha demostrado que las alteraciones de los diseños básicos de esos trazos permiten, en muchos casos, detectar determinadas anomalías cromosómicas, lo que ha llevado a los profesionales a prestar mucha atención a las huellas de los recién nacidos, para ayudar al diagnóstico precoz del Síndrome de Down o la esquizofrenia.

En cualquier caso, hoy por hoy, los científicos todavía no llegan a un consenso acerca de la función que desempeñan las huellas dactilares. Algunos expertos afirman que su objetivo es facilitar la descarga del sudor, aunque en la actualidad la teoría más extendida, a pesar de que no está corroborada por la comunidad científica, es que sirven, básicamente, para mejorar el sentido del tacto.

¿Los únicos?

La idea generalizada de que las huellas dactilares son exclusivas de los seres humanos es errónea, ya que los primates también cuentan con ellas. De hecho, algunos monos con colas prensiles1 tienen dermatoglifos en esa extremidad, que utilizan como si fuera una tercera mano. Esto corrobora la hipótesis de que los dibujos en la piel de los dedos, las palmas de las manos y las plantas de los pies facilitan el agarre y aumentan la sensibilidad, cualidades fundamentales en todos aquellos animales que se desplazan por las copas de los árboles.

En 1997, el antropólogo Maciej Henneberg, de la Universidad de Adelaida, en Australia, publicó un estudio en la revista Natural Science en el que explicaba que los koalas también poseen este tipo de marcas en la piel y que, curiosamente, sus patrones son casi idénticos a los de los humanos. Las huellas de estos animales son tan parecidas a las nuestras que Henneberg llegó a advertir a la policía sobre posibles confusiones. En este aspecto, los koalas se encuentran más próximos a la raza humana que, por ejemplo, los chimpancés, considerados nuestros parientes más cercanos. Hay que tener en cuenta que los marsupiales proceden del linaje de los primates,2 del que se separaron hace 80 millones de años. De hecho, los koalas son los únicos marsupiales con crestas papilares.3

Las impresiones dactilares de los 20 dedos son diferentes. Aunque matemáticamente sí existe la posibilidad de que se repitan, en realidad es de una en millones.

La dactiloscopia moderna

La historia de la dactiloscopia4 contemporánea comienza con Juan Vucetich, antropólogo y oficial de policía, que nació en Croacia y se nacionalizó argentino; ejerció durante años como jefe de la Oficina de Estadística de la Policía de Buenos Aires, donde aplicó su modelo de identificación de huellas, que establecía cuatro prototipos básicos de dibujos de crestas papilares y se basaba en los estudios de Francis Galton. De hecho, el propio Galton escribió a Vucetich el 22 de mayo de 1901 para dar su beneplácito a la palabra dactiloscopia, que define la práctica del examen de huellas dactilares.

Juan Vucetich publicó el libro Dactiloscopia comparada (1904) y fundó el Sistema Dactiloscópico Argentino, uno de los dos más importantes del mundo y el más utilizado actualmente en Latinoamérica. El otro gran procedimiento de identificación de huellas dactilares empleado en la actualidad es el de Sir Edward Richard Henry, jefe de la policía de Bengala, India, a finales del siglo xix, quien dictó una orden que exigía la toma de impresiones digitales a todos los detenidos.

Henry estableció su particular método de clasificación, que fue adoptado en el resto del mundo al cabo de poco tiempo. Aparte del de Vucetich, el sistema de Henry es el más utilizado para la identificación de huellas, especialmente en los países anglosajones. En 1901, Henry regresó a Inglaterra y ese mismo año fundó la primera oficina de huellas dactilares del Reino Unido: el Metropolitan Police Fingerprint Bureau de Scotland Yard.

Conoce acerca de los métodos desarrollados para reconocer a los criminales a lo largo del tiempo a partir de características físicas y de cómo la identificación de huellas llegó a ser parte crucial de las investigaciones en el artículo «Tras la pista de las huellas« de Anna Mosquera I Bondia en Algarabía 37.


Tomado de: Anna Mosquera I Bondia, «Tras la pista de las huellas», en «Conocer la ciencia» de Historia y vida 1, Barcelona: marzo 2006; pp. 57-63.

1. Extremidades que les sirven para asir o asirse, como a los elefantes su trompa. [N. del E.]
2. Los primates son mamíferos que suponen una organización superior y que tienen extremidades con cinco dedos, cuyo pulgar es oponible. Por su parte, los marsupiales son mamíferos cuyas hembras expulsan prematuramente de sus vientres a sus crías, para terminar de incubarlas en una especie de «bolsa» que contiene las mamas. [N. del E.]
3. Las crestas papilares son, propiamente, los dibujos o rugosidades que forman nuestras huellas digitales. [N. del E.]
4. Es decir, el estudio de las huellas dactilares o digitales. [N. del E.]

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