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¿Todos los científicos son inteligentes?

¿Se necesita una inteligencia superior para ser científico? ¿Qué otras habilidades se requieren para incursionar en la ciencia?

«Un científico —nos dice el autor de este artículo1 Texto originalmente publicado en Consejos a un joven científico, traducción de Juan José Utrilla, México: FCE/CREA, 1984, (Biblioteca joven, 15) pp. 38-47.— no es un genio, sino un hombre o una mujer como todos, sólo que sus esfuerzos se dirigen a la búsqueda de la verdad». En la aceptación de esa condición humana, un eminente científico analiza un concepto que se asocia y da por sentado si de ciencia se habla: la inteligencia.

Una angustia que puede asaltar a algunos principiantes […] es la idea de si tendrán inteligencia suficiente para lograr un buen desarrollo en la ciencia. Es una angustia que pueden ahorrarse, pues no se necesita ser terriblemente sesudo para desempeñarse bien como científico.

Para ser científico no es necesario tener una inteligencia superior; es más importante tener una gran curiosidad y enfocar los esfuerzos en la búsqueda de la verdad.

La antipatía o una indiferencia total hacia la vida del espíritu y la intolerancia ante las ideas abstractas suelen considerarse como contraindicaciones, desde luego, pero en la ciencia experimental no hay nada que exija grandes hazañas de raciocinio o un don sobrenatural para el razonamiento deductivo.

No se puede prescindir del sentido común, y mejor nos irá si poseemos algunas de aquellas anticuadas virtudes que, inexplicablemente, parecen haber caído en descrédito. Quiero decir, la aplicación, la diligencia, el sentido de propósito, el poder de concentrarse, de perseverar y no dejarse vencer por la adversidad al encontrar, por ejemplo, después de una larga y trabajosa investigación, que una hipótesis —que nos era cara en gran medida— es errónea.

Una prueba de inteligencia

Para no dejar nada en el tintero, interpolaré una prueba de inteligencia, cuyo desempeño diferenciará el sentido común de las intelecciones vertiginosamente altas que
 a veces se cree que los científicos son capaces de hacer, o tienen que hacerlas. A ciertas personas, algunas de las figuras —particularmente de santos— en los cuadros de «El Greco»2 Doménikos Theotokópoulos (1541-1614) conocido como «El Greco» —El Griego—. Originario de Candía, hoy Grecia, se trasladó a Italia y luego a Toledo, España, donde maduró sus obras y se consagró como pintor. les parecen altas y delgadas de forma antinatural. Un oftalmólogo, que no citaré, supuso que habían sido pintadas así porque «El Greco» padecía de un defecto de la vista que le hacía ver a las personas de tal manera y, así como las veía, las pintaba.

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¿Puede ser válida semejante interpretación? Al plantear esta pregunta, a veces ante grandes públicos académicos, he añadido: «Cualquiera que pueda ver instantáneamente que esta explicación es absurda, y que es absurda más por razones filosóficas que estéticas, es indudablemente brillante. Por otra
 parte, quien no pueda ver que es 
absurda aun cuando se le explique
 por qué es absurda, ha de ser un 
tanto obtuso». La explicación
 es epistemológica; es decir,
 se relaciona con la teoría del
 conocimiento.
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Supongamos que el defecto
 de visión de un pintor fuera —lo
 que no es difícil— la diplopía, que
 consiste en verlo todo doble. Si la 
explicación del oftalmólogo fuera 
correcta, entonces semejante pintor pintaría
 sus figuras dobles; pero de hacerlo así, entonces, al inspeccionar su obra, ¿no vería cuádruples todas las figuras, y acaso sospechara que algo anda mal?

Si se trata de un defecto de visión, las únicas figuras que pueden parecerle naturales —es decir, representacionales— al pintor, también deben parecernos naturales a nosotros, aun si nosotros también padecemos defectos de 
visión; si algunas de las figuras de «El Greco» parecen antinaturalmente altas y delgadas, así lo parecen porque tal fue la intención del pintor.

No deseo menospreciar la importancia de las capacidades intelectuales en las ciencias, pero prefiero menospreciarlas que exagerarlas hasta un grado que puedan amedrentar a sus futuros reclutas. Las diversas ramas de la ciencia exigen capacidades distintas, de todos modos, pero, habiendo negado la idea de que existe eso que llaman el científico, no debo hablar de la «ciencia» como si fuese una sola especie de actividad.

El estereotipo del científico con bata blanca y encerrado en un gran laboratorio nos hace pensar que se requiere un gran intelecto para acercarse a la ciencia. Sin embargo, no existe un sólo tipo de científico, sus características depende de su área de estudio.

Coleccionar y clasificar escarabajos requiere cierta habilidad, talento e incentivos totalmente distintos —no digo inferiores— a los de dedicarse a la física teórica o a la epidemiología estadística. El escalafón dentro de las ciencias —esnobismo muy complicado— ciertamente coloca a la física teórica por encima de 
la taxonomía de los escarabajos, quizá porque en el coleccionar y clasificar escarabajos se considera que el orden de la naturaleza nos evita tener que hacer grandes hazañas de juicio o intelección; ¿no hay una casilla esperando a que en ella quepa cada escarabajo?

¿Inteligentes o no tanto?

A pesar de todo, cualquiera de tales suposiciones no es sino mitología inductiva, y un taxónomo o paleobiólogo experimentado asegurará al principiante que una taxonomía bien hecha requiere gran reflexión, considerables poderes de juicio y un buen olfato para discernir afinidades que sólo pueden venir con la experiencia y la voluntad de adquirirlas.

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Sea como fuere, generalmente los científicos no se consideran como personas de inteligencia muy brillante; algunos, al menos, gustan de declararse bastante estúpidos. Sin embargo, ésta es una transparente afectación, a menos que un incómodo reconocimiento de la verdad los tiente a buscar cierto respaldo. Ciertamente, muchos científicos no son intelectuales. Yo, por mi parte, no conozco ningún filisteo,3 De poco conocimiento y sensibilidad artística o literaria. a menos que —en un sentido muy especial— sea filisteísmo dejarse impresionar tanto por los juicios de los críticos estéticos y literarios que se les tome a éstos mucho más en serio de lo que merecen.

Como tantas ciencias experimentales requieren el uso de capacidades manipulativas, ya es parte de la sabiduría convencional declarar que la predilección o una buena capacidad en materia de actividad mecánica o constructiva anuncia una aptitud especial para las ciencias experimentales. También suele considerarse significativo cierto amor a la experimentación baconiana.4 Alude a sir Francis Bacon (1561-1626), pionero de la utilización del método científico. [N. del E.]

Por ejemplo, un insistente impulso interior a descubrir qué ocurre cuando se les prende fuego a varias onzas de una mezcla de azufre, salitre y carbón finamente molido. No podemos saber si la triunfal realización de tal experimento realmente esté anunciando una buena carrera de investigador, porque sólo llegan a ser científicos los que no lo descubren. Inventar algunos medios de evaluar si estas creencias tradicionales se sostienen es labor para los sociólogos de la ciencia. Empero, no creo que un principiante deba apartarse de la ciencia por cierta torpeza o inhabilidad para reparar radios o bicicletas.

Estas habilidades no son instintivas; se pueden aprender, al igual que la destreza. Un rasgo sin duda incompatible con una carrera científica es considerar el trabajo manual como indigno o inferior, o creer que un científico sólo ha triunfado
 cuando se aparta de los tubos de
 ensayo y platos de cultivo, apaga el
 mechero de Bunsen y se sienta ante
 un escritorio, elegantemente vestido.

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Otra idea que puede incapacitarnos para 
la ciencia es la de creer que puede efectuarse la investigación experimental dando órdenes a «mortales inferiores» que corren hacia aquí y hacia allá siguiendo nuestras indicaciones. Lo incapacitador en esta creencia está en no comprender que la experimentación es una forma de pensar así como una expresión práctica del pensamiento.

Si quieres conocer más sobre los científicos, consulta Algarabía 83.

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